Rutas por Euskal herria

Foz de Peñalba, rocas de un viejo mar

19.08.2021 | 00:05
Carpinteros, rapaces, cantoras... abundan las aves.

En Turtzioz –Trucios, Bizkaia–, entre los perfiles abruptos de las montañas atlánticas de Enkarterriak, el arroyo Peñalba se abre paso creando una pronunciada foz sobre la que unas viejísimas rocas calizas parecen vigilar el paso del caminante.

Vamos a caminar por una de las mejores muestras geológicas de este territorio. La geografía abrupta de sus cuatro grandes valles está formada por rocas calizas que se formaron bajo un viejo mar. Una bajada repentina del nivel oceánico y los movimientos terrestres dejaron una gran plataforma rocosa a la vista y después la erosión aprovechó las superficies más frágiles de la caliza y los desplazamientos del terreno o fallas para ir horadando su dureza pétrea hasta perfilar el paisaje.

Llegados a Turtzioz (Bizkaia), comenzamos por la zona baja del arroyo, en el barrio de Laguanaz, junto a la plaza de toros situada al pie de la iglesia de San Pedro de Romaña. El arroyo Aguanaz es el eje urbanístico que ordena el barrio. Las casas a sus orillas hablan del poblamiento ancestral, como muestra el caserío de Laguanaz, una de las viviendas rurales más antiguas de Bizkaia, con más de 500 años de antigüedad.

Testimonio de una vida apegada al paso fluvial son los viejos molinos que existieron en sus inmediaciones, la mayoría desaparecidos; solo uno fue rehabilitado por la Diputación de Bizkaia, frente a dicho caserío, donde se ubica la depuradora de una piscifactoría de alevines que se nutre con las aguas limpias del arroyo.

Tras el último caserío, junto al que se encuentra la principal surgencia que alimenta el arroyo, la del Ojo la Fuente; la pista remonta la cañada hasta atravesar un paso ganadero. Ahora, la roca y lo más angosto del cañón vigilan el sendero, junto al discurrir alegre del arroyo. Junto al cauce será fácil contemplar a la lavandera cascadeña o al mirlo acuático. La pista no deja de salvar desnivel para adentrarse en el rincón más hermoso del paraje de Peñalba, la Peña del Sol, mientras deja el cauce a la derecha. Se acerca al roquedo donde anidan el halcón peregrino, el buitre leonado y el alimoche por lo que es un enclave protegido ante la escalada. Veremos que llegó a ser un valle cerrado de circulación endorreica en el que el río finalmente logró abrirse paso cincelando la roca. En su superficie quedan las huellas de aquel antiguo mar, con fósiles que asemejan corales de animales que vivían fijados en el fondo del mar como los lirios de mar o crinoideos, o los briozoos, pequeños animales marinos de comportamiento colonial y que vivían filtrando la corriente de agua.

Una plantación forestal de pino delimita la orilla izquierda de la pista. Durante el recorrido abandonamos a veces el trazado por el camino que, aunque poco transitado, se distingue perfectamente paralelo al cauce, lo que nos permite oír el arroyo, envuelto por el bosque mixto de alisos, robles y fresnos. Una de las mejores recompensas es divisar al pito negro o picamaderos negro. Su gran tamaño, cercano al medio metro de longitud, y característico tono negro del plumaje, coronado en la parte superior de su cabeza por una mancha roja, lo hacen inconfundible.

Mientras los roquedos surgen como islas de roca ladera arriba y divisamos a la derecha el pico El Somo (622 m). Los hayedos se extienden bajo él con el anaranjado de la roca componiendo el bello anfiteatro que confina el valle culminado por el monte Castro Alén (804 m) junto al que se encuentran los restos de la que fuera la mina Federico. Cuando aquel arcaico mar se retiró, la porosidad de la roca se fue rellenando por areniscas y fluidos en los que abundaban minerales como hierro, plomo y zinc. Esta rica mineralización en las fracturas de la caliza fomentó un aprovechamiento extractivo secular en dichos yacimientos mantenido hasta tiempos recientes.

Cuando el sendero junto al río se hace intransitable finaliza la ruta junto a la pista, que entra en el pinar. Si decidimos tomarla remontando la monotonía vegetal del bosque plantado coronaremos el barranco con amplias vistas del valle. La pista se bifurca dirigiéndose hacia la derecha al área extractiva. Por el contrario, hacia la izquierda y en la siguiente desviación a la derecha, permite el acceso al barrio de Gordón. Si en este último cruce continuamos recto, volvemos al punto de partida entre prados y plantaciones forestales por la zona alta del desfiladero.

los primeros moradores

La ocupación del territorio se remonta a tiempos prehistóricos cuando la zona era habitada para el pastoreo. Los castros en las zonas altas lo atestiguan, este es el caso del barrio de Gordón, uno de los más bonitos, asentado sobre un arcaico castro para vigilar el paso por el valle. A su vez, las ermitas y los cosos taurinos son testimonio de remotos cultos paganos asociados a la tribu autrigona de la presencia romana. Las herederas de las villas romanas levantadas en el camino por el fondo del valle hacia Guriezo son hoy las numerosas casas-torre que posee el valle. También destacan los palacios, como el de Villafuerte, situado junto entre el puente y la iglesia, o el de Llaguno, barroco, en la zona alta del barrio.

FICHA TÉCNICA

Tipo de recorrido: Ida y vuelta o circular, dificultad baja.

Punto de partida: Turtzioz, barrio Laguanaz junto a la plaza de toros.

Distancia: 5,6 km.

Tiempo: 2 h.


Rutas por Euskal Herria



DEL LIBRO: Rutas a foces, gargantas y desfiladeros

AUTOR: Mar Ramírez y Juan Carlos Muñoz



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