Soy abertzale (y IV)
Diálogos sobre el ayer, hoy y mañana, del nacionalismo vasco, texto a exponer en unos cursos de reflexión en tierras hispanas no muy cercanas por cierto
Soy abertzale, nacionalista vasco, de EAJ-PNV. Continuaré trasladando el por qué. Dialogaré conmigo mismo sobre el ayer, el hoy y el mañana del nacionalismo vasco y de su (mi) contenido. Reflexiono sobre la Euskadi del siglo XXI. No hay otra. Es el camino en la búsqueda de un nuevo estatus para Euskadi. Sin juegos florales ante la galería. Sumando sinergias, con pragmatismo complementarios a los principios programáticos. Sin infantilismos ni experimentos. Y quien proponga algo diferente que asuma previamente la responsabilidad de responder del fracaso y la frustración, de su imposibilidad práctica. No creo en la irresponsabilidad de ofrecer pólizas de frustración de futuros utópicos y alejados de la realidad. Afirmo que no son responsables los cantos de sirena que ofrecen caminos imposibles de transitar. Creo que es falso deducir que pragmatismo y realismo político por un lado y principios ideológicos y doctrinarios por otro son excluyentes e incompatibles. Creo que son perfectamente compatibles y complementarios. Creo en una Euskadi en la que los diferentes sentimientos de pertenencia de quienes componemos la sociedad vasca convivan compartiendo un proyecto de País.
Creo que en política tan importante como alcanzar acuerdos y consensos es saber cómo gestionar el desacuerdo, cómo diseñar una estrategia que permita avanzar pese a las dificultades evitando los bloqueos. Pues no es posible negociar ni llegar a acuerdos si una de las partes se encierra en sí misma. Hoy más que nunca hace falta capacidad de prospección para gobernar el futuro, templanza, ausencia de estridencia, dosis de responsabilidad, profesionalidad, puntos de encuentro y no de disputa, hoy hace falta construir puentes y no zozobra ni enfrentamiento, sí, hacen falta puentes, y no diques.
Creo en una Euskadi en la que la voluntad mayoritaria a sea la base de la mutua convivencia y en la que los acuerdos lo más amplios posibles entre diferentes sirvan para afrontar los retos del futuro. Creo en una Euskadi en la que nuestra plural identidad vasca se construya en base a valores en un mundo cada vez más abierto y complejo y en el que el amor a lo propio no nos lleve a construir el futuro contra nadie. Creo en Euskadi nación y su capacidad de escribir su historia.
Y respecto a una Europa que siempre ha significado para los vascos mirada y horizonte, su historia es la historia de las culturas y de las tradiciones de sus naciones, historia de la huella y de la vocación de sus pueblos, de los grandes y de los pequeños, de los sometidos y de los sometedores, suma poliédrica y peculiar de aciertos y errores, de bellas y gloriosas páginas pero también de vergonzantes y oscuros nubarrones. Suma de anhelos y frustraciones. Culturas diversas, europeas todas ellas, reflejo de conflictos, constatación de existencia de naciones, pueblos y estados que generan comunidad. Comunidad formada por múltiples relaciones y comunicaciones, tela de araña gigante y tejida por muchos hilos, relaciones solidarias, encuentros y desencuentros colectivos, fracasos de convivencia y lazos vecinales confusos. Europa se ha ido haciendo en todos y cada uno de esos estados, naciones, pueblos y regiones. Europa, argamasa de historias, balance histórico, pasado, presente y futuro, debe y haber, de lo que se dio y recibió. Historias y proyectos, culturas grandes y pequeñas, poderosas y humildes, solidaridad vecinal, abiertas y permeables a otras historias y culturas.
Vivimos en una Europa de identidades compartidas, de pertenencias múltiples, de dependencias dispersas, de soberanías complejas con perfiles difuminados. Europa ha sido en los últimos cuatrocientos años solar, testigo, concierto y conflicto. Europa, de serlo, lo será como consecuencia del diálogo, hija del respeto y de la tolerancia, producto de la igualdad y fraternidad entre sus pueblos, de sus culturas, de sus historias y de la conjunción armoniosa entre la diversidad de sus paisajes. Y entre ellos, el variopinto de Euskadi. El de una Euskadi compleja pero de cultura e identidad propias acuñadas en el transcurso de su larga y azarosa historia. Una Euskadi, por cierto, en la que hasta el 1 de enero de 1993, año en que entró en vigor el tratado de Maastrich, los vascos vivíamos divididos por una frontera que hoy por el contrario empieza a ser algo inexistente en las relaciones entre Iparralde y Hegoalde.
Habrá que promover el respeto, el interés y el valor de todas las culturas y lenguas, así como la legitimidad de los diferentes referentes simbólicos. Será imprescindible implementar un discurso que verse sobre vínculos libremente aceptados en una Europa percibida como ventana abierta por una ciudadanía que habita este trozo de mundo. Una Europa en la que ciudadanos y ciudadanas independientemente de su color, raza, origen, lengua o creencia religiosa, tengan un trabajo digno. Un continente acogedor y lleno de papeles para los sin. Europa social y solidaria, adalid del imperio de la Ley, ejemplo de DDHH y en la que pueblos, naciones y estados se mirasen en el espejo del respeto mutuo. Una Europa beligerante ante la injusticia, la guerra, el abuso, el hambre y la explotación impune del poderoso. Una Europa capaz de tejer un ordenado tapiz cual calidoscopio multicolor, en el que todos y cada uno de los fragmentos, conservando y desarrollando su identidad compartan el conjunto.
Algo debe quedar claro, la Constitución Europea no es impedimento en sí para las reivindicaciones del nacionalismo vasco, pues se limita a declarar el principio básico-tradicional de la arquitectura política en la UE basado en la autonomía institucional de sus estados miembros. La UE agrupa en su seno a estados de estructuras territoriales muy diferentes y ha declarado que la decisión sobre distribución territorial interna de los estados miembros es una decisión a adoptar por cada uno de ellos, sin interferencias de la UE. Euskadi sí puede tener su sitio en Europa. La apuesta de lo vasco, la afirmación y la proyección política de Euskadi como nación, el futuro de la cultura vasca dependen fundamentalmente de nosotros mismos, de que sepamos circular por los raíles de un tren que nos lleva en busca de un destino en enrevesada construcción llamado Europa. Que el viejo pero vivo y joven euskara acierte a navegar listo y hábil por esos bravos mares asegurando su salud. Apuesta por Europa, por harto difícil, complicado y a veces descorazonador sea.
El futuro de Euskadi nos impele a actuar con coraje e inteligencia acordes con la realidad, demanda pulsar la actualidad, interpretar, leer voluntades, ideas y sentimientos simbólicos, culturales, ideológicos y sociales de la sociedad. Hoy, igual que ayer y mañana, el futuro de Euskadi lo va a determinar la voluntad de seleccionar y acertar objetivos que configuren próximas etapas y es que la historia del Pueblo Vasco no es tan sólo la historia de un “yo” que se va explicitando en el tiempo, sino también la de un fenómeno evolutivo que recibe la mayor parte de su impulso, contenido y orientación en interrelación con otros.
¿Por qué no aceptar, con naturalidad, que el nacionalismo vasco, o el catalán o el gallego responden a las voluntades democráticas de amplias capas de las sociedades respectivas? ¿Qué problema hay en abordar con naturalidad que puede haber percepciones y voluntades diferentes en aspectos jurídicos y políticos que abordan cuestiones tan enredadas históricamente entre “lo vasco o lo catalán”, y el concepto unívoco de la España Constitucional?
¿Por qué no puede haber percepciones diferentes, todas legítimas y con el mismo calado democrático, en referencia a aspectos socio-políticos que definen los diferentes grados de conciencias nacionales?
Guste o no, la existencia de los nacionalismos periféricos sigue pendiente, el déficit de su encaje en lo constitucional español persiste. No hay otro camino, la política debe transitar por los principios del diálogo, el compromiso y la garantía para ofrecer soluciones a los problemas de la sociedad, una sociedad como la vasca que ha comprobado en los años del lehendakari Urkullu al frente del Gobierno Vasco la validez del diálogo. Acabo, el nuevo estatus político de Euskadi, el nuevo marco de relaciones entre Euskadi-España deberá basarse en una relación de bilateralidad plena y efectiva, respeto y lealtad correspondida evitando la intervención unilateral del Estado vía leyes básicas y/o sentencias políticas-arbitrarias.
Y hoy y ahora, en este nuevo eslabón de una larga cadena que nos ha traído hasta aquí, en este nuevo reto a abordar, en este recién estrenado 2026 y en esta nueva e ilusionante etapa y era de EAJ-PNV donde milito, de la mano esta vez de nuestro nuevo presidente Aitor Esteban y nuestro nuevo lehendakari Imanol Pradales miro firme y orgulloso al futuro vasco que son mis cuatro nietos/as Noa, Natale, Eki y Kai. Y sí, continúo afirmando que sí, que soy, y que seguiré siendo nacionalista y militante del PNV. Soy abertzale.
