Vivimos tiempos de zozobra en el escenario político internacional: secuestros de dictadores latinoamericanos, amenazas no veladas sino directas contra las democracias de México y Colombia e intentos de usurpación soberana en el Ártico de la Unión Europea a cargo del Tío Sam; lanzamiento de misiles balísticos y anexión de territorios ucranianos (Crimea, Donbas) por parte del nuevo zarismo de Putin; asentamientos ilegales judíos en Cisjordania y prácticas genocidas en Palestina ordenadas en virtud del proyecto sionista del gobierno Netanyahu; imperialismo económico no declarado (pero imperialismo al fin y a cabo) de China en África y maniobras navales cerca de Taiwán porque todo sirve para hacer realidad la célebre frase de Den Xiaoping de que “no importa que el gato sea rojo o negro mientras cace ratones”.

El mundo de la geopolítica parece sumirse en un contexto de voladura no controlada, donde el nuevo orden de paz creado por consenso tras las guerras mundiales (Sociedad de Naciones 1919, ONU 1945, OTAN. 1949) cae como un castillo de naipes. Un nuevo panorama mundial donde la nueva clave de bóveda es el concepto de expansión y cuya justificación se busca, en no pocas ocasiones, en la instrumentalización de una historia debidamente manipulada : expansión estadounidense por América en base a la Doctrina Monroe de 1823 (que, en realidad, trataba de limitar la influencia europea occidental en dicho continente); expansión judía por Palestina en base a supuestas tradiciones bíblicas que olvidan que diferentes pueblos moraron desde antiguo en la región (filisteos, arameos) y expansión de Moscú por el Oriente europeo tomando como referencia el objetivo de la ampliación del poder marítimo ruso que Pedro I el Grande buscó en el siglo XVII o la idea de la reunificación de facto de los antiguos territorios de la comunista URSS. 

Quizás sea este el contexto perfecto (si es que en un clima violento hubiera algún atisbo de perfección), para dedicar unas pocas líneas a una vieja institución vasca: el Árbol Malato.

Según Antonio Trueba y de la Quintana, cronista y archivero general del Señorío de Vizcaya en el siglo XIX (1819-1889), el Árbol Malato se encontraba en Luyando, “dos leguas más arriba de Arrigorriaga”. En puridad, este concepto que aparece en el Título I del Fuero de Bizkaia y cuya denominación, según el erudito andoaindarra Manuel Larramendi –autor de El imposible vencido. El arte de la lengua vascongada– indica lozanía, hace referencia “al límite dentro del cual los vizcaínos venían obligados al cumplimiento de deberes militares sin sueldo ni haber”, límite que los vascos debían respetar en el uso de las armas para rechazar al invasor: “Al llegar a él, debían clavar sus armas en su tronco, respetando en su propio solar al enemigo vencido”.

Siguiendo al historiador guipuzcoano Esteban Garibay, cronista real del siglo XVI (1533-1599), que narró las vicisitudes de las guerras por las posesiones de Rioja y Bureba (ocupadas por las armas por los castellanos), Manuel Irujo Ollo (1891-1981), relataba de esta manera lo acontecido en tiempos de Sancho VI el Sabio de Navarra en su lucha contra Alfonso VIII de Castilla: “Cuando el ejército victorioso se retiraba hacia el centro de Nabarra, el Abad de San Pedro de Cardeña, sepulcro del Cid y de su yerno el infante Don Ramiro de Nabarra, tremolando en sus manos el estandarte del Cid, vino al rey para pedirle que, no tan solo fueran respetadas las tierras de los vecinos –las de Castilla–, sino también los ganados que los soldados victoriosos llevaban como trofeo y botín. El trofeo y el botín eran incompatibles con el sentido moral y jurídico de la filosofía en que se basa la tradición de Árbol Malato, y Sancho el Sabio, accediendo a los requerimientos del abad, obligó a sus soldados a que devolvieran los ganados aprehendidos”. 

El político abertzale estellés, ofreció en su obra Instituciones Jurídicas Vascas, tomando nuevamente como fuente la obra de Garibay Compendio historial de España, un nuevo relato sobre estos hechos de guerra: “Sancho el Sabio de Navarra los reconquistó en 1160 ya reinando en Castilla Alfonso VIII el de las Navas. Al llegar victorioso hasta Atapuerca, lugar situado a 20 kms de Burgos, clavó sus armas en un árbol, al propio tiempo que afirmaba: ‘hasta aquí es el reino de Navarra”. 

Los criterios de moralidad vascos Irujo significaba el concepto del Árbol Malato (o Malastu) como “la aplicación remarcable de los principios de moral que forman parte de la civilización vasca desde el origen de su idioma” y observaba, en una apreciación no objetivable, que el respeto a esta institución pudo haber sido la causa del retroceso territorial de los territorios vascos: “Es posiblemente la mejor explicación de que, tan antiguo pueblo [el vasco] sea no obstante uno de las más pequeños de Europa”.

Con todo, el exministro republicano se mostraba orgulloso de esta antigua tradición, que demostraba que el acervo político-institucional vasco nunca ha tenido afanes expansionistas y se ha basado en criterios de moralidad. Como decía en su obra sobre las grandes instituciones del país del euskera, “Sancho el Sabio de Navarra, al clavar sus armas en el tronco del árbol de Atapuerca (último poblado de Navarra), a la vista de la llanura de Castilla abierta a sus ejércitos triunfantes, decidió hace ocho siglos el sentido auténtico de la tradición vasca del Árbol Malato, tal como ha llegado a nuestros días: la renuncia al derecho de conquista y a la guerra como instrumento de política nacional”. 

Poco más se puede decir sobre lo que resulta meridianamente claro. Tan sólo añadir, ya que al principio del artículo me he referido a varias grandes justificaciones históricas, que si hay alguna doctrina estadounidense con la que me puedo sentir más identificado, esta es la Doctrina Wilson, contenida en los famosos Catorce Puntos propuestos en 1918 por el presidente Woodrow Wilson (1913-1921), que, entre otras cuestiones, abogaba por la reducción armamentística, una diplomacia internacional más transparente, la autodeterminación de los pueblos sometidos por el poder colonialista o la creación de un organismo internacional de naciones (antecedente directo de la Sociedad de Naciones).