La muerte y la vida están en poder de la lengua, decía el rey Salomón. Al hilo de esta sentencia del célebre monarca de Israel, he recordado una anécdota de la que fui testigo directo.
Ocurrió hace ya varios años –no sabría precisar cuándo–, al final de mi jornada laboral. Sonó el teléfono y, al contestar, no recibí respuesta alguna por parte del interlocutor. Sin embargo, identifiqué con claridad a un colaborador, conocido para mí, que mantenía una conversación con otra persona. En el transcurso de esa charla apareció mi nombre y comenzaron a hablar sobre mí.
Todo indicaba que se trataba de una llamada accidental, probablemente con el teléfono móvil en el bolsillo y sin bloquear.
El episodio no tendría mayor relevancia si no fuera porque en aquella conversación se estaban arrogando una especie de justicia sumaria. Más concretamente, me estaban poniendo a caldo. No puedo negar que aquello me produjo una notable sensación de indefensión y una profunda perplejidad al comprobar cómo me despellejaban verbalmente, llegando casi al insulto personal.
No quise escuchar demasiado. Bastaba con percibir cómo el monólogo iba subiendo de tono para comprender el alcance de lo que allí se estaba diciendo.
Esta actuación, que no es otra cosa que el deporte nacional profesionalizado del que todos somos practicantes activos, recibe el nombre de maledicencia.
Somos maledicentes impenitentes, propagadores de rumores profesionalizados, aficionados a golpear a nuestro prójimo sin piedad cuando no está presente. La palabra no es solamente un don, sino también un arma. Esta doble condición de la palabra –capaz de herir y de proteger– fue formulada lucidamente por Shlomo ibn Gabirol: “Mi espada está en mi boca, mi dardo en mi lengua, y mi labio es mi escudo y mi rodela”.
No somos conscientes de ello e infrautilizamos esta herramienta, que genera zozobra y daño sin buscarlo de manera dolosa en la mayoría de las ocasiones.
Pecados capitales
Desde antiguo se ha escrito mucho acerca de los pecados capitales. Qué se ha considerado como un pecado capital ha evolucionado a lo largo de la historia.
Actualmente todos conocemos los siete pecados capitales que nos han enseñado en el catecismo de la Iglesia católica. Los pecados capitales tienen antecedentes en tradiciones griegas y romanas precristianas. Según esta tradición, no se hablaba de siete, sino de ocho vicios o pensamientos malvados.
¿En qué momento dejaron de ser ocho los pecados capitales?
Parece que fue con Gregorio I, papa y antiguo monje, quien, tras una gran plaga, reelaboró ese listado dejándolo en siete, más acordes –según su criterio– con la sensibilidad moral de su tiempo. Pero ¿cuál fue el octavo que dejó de ser pecado? La tristeza. Fue la tristeza el vicio que dejó de figurar en la lista de conductas inapropiadas y deleznables.
Y, por una vez, no puedo estar más de acuerdo con la Iglesia; en este caso concreto, con Gregorio I. Resulta excesivamente duro –y sería grave– que alguien que padece tristeza fuera además culpabilizado por ello. No parece razonable considerar la tristeza como un vicio al que la naturaleza humana se halle especialmente inclinada.
Si intentamos actualizar el concepto de pecado y hacerlo más usable, quizá debamos referirnos a aquellas actuaciones que manifiestan una desconexión en las relaciones humanas. Es decir, a comportamientos que pueden causar heridas y daños a las personas con las que convivimos: cuando dañamos al otro sin razón, por gusto o por falta de responsabilidad.
En este contexto, la maledicencia –el acto de hablar mal de otras personas, difundir chismes en su ausencia o a sus espaldas– puede alcanzar situaciones claramente peligrosas y dañinas. Basta pensar en determinados casos de violencia en el trabajo.
Las palabras pueden golpear como puños. Y, paradójicamente, los golpes más duros no siempre se dan en un enfrentamiento abierto, sino en una charla amistosa, en una confidencia de oficina, en el secreto de una conversación frívola y aparentemente distendida.
No hay nada que llame más la atención que los chismes, quizá porque suelen presentarse como una confesión sobre alguien que no está presente y que, en la mayoría de las ocasiones, no se formula ya ni siquiera como comentario superficial, sino con una apariencia de neutralidad y sin intención explícita de zaherir. Conviene recordar, sin embargo, que nada de lo que se dice es inocuo: todo tiene consecuencias.
El Deuteronomio (libro del Antiguo Testamento) reformula, en clave normativa y moral, un conjunto de leyes y advertencias destinadas a regular la convivencia social, recoge esta idea de forma especialmente contundente en su capítulo 27, versículo 24, y expresa con contundencia: “Maldito el que hiera a su vecino secretamente”.
Golpear al otro a escondidas es como lanzar una flecha sabiendo que puede hacer blanco; durante su trayectoria deja un rastro que no es, en modo alguno, inocente, sino que produce efectos y repercusiones.
Veneno en las palabras
El veneno en las palabras bien podría constituir ese octavo pecado capital. Dejando a un lado el catecismo cristiano, la maledicencia supone un exceso que debiéramos corregir, pues atenta contra el respeto que debería regir nuestras relaciones interpersonales y supone una vulneración directa de ese vínculo.
La situación actual, marcada por una constante zozobra personal –e incluso generacional, me atrevería a decir–, favorece que nos veamos impelidos a tomar partido por algo o por alguien, a alinearnos con los postulados que unos y otros promulgan y difunden, tanto en nuestro entorno social más cercano como en el ámbito público. Y ello en un sentido de lo político que se aleja del concepto defendido por Hannah Arendt, para quien la política era ante todo un espacio de palabra y acción compartida, y que hoy corre el riesgo de diluirse en una mera contienda de bloques.
La moderación es una herramienta que nos hace menos previsibles y menos dóciles. Permite enlazar de manera más dúctil nuestras relaciones con los demás y evita la adhesión acrítica a las mal llamadas verdades escandalosas, que no siempre lo son por el mero hecho de resultar llamativas. Estas, de forma bulliciosa, nos aproximan al chisme, a la maledicencia, a la simplificación y a la demonización; nos empujan a la reacción antes que al razonamiento, a la adhesión a un bando y a salir del carril del análisis, precisamente porque nos vemos impelidos a ello.
Esta crisis se manifiesta también en el ámbito de la política. En este contexto, los prejuicios se oponen a la comprensión teórica de lo que debería ser la política y favorecen que se asuma, casi de forma acrítica, que su fin último es la violencia y que su concepto central sea la dominación.
Los prejuicios se originan, en buena medida, en la desconfianza hacia la política. En este caldo de cultivo, los discursos pivotan en torno a la necesidad de adoptar postura, de optar por el radicalismo y de abrazar una posición concreta. Es ahí donde la maledicencia cobra protagonismo, pues encaja perfectamente con esa lógica de “tomar partido”: estar a favor o en contra, conmigo o contra mí, dejando de lado cualquier espacio para la tibieza o la moderación.
Cuando cualquier posición en la vida social se reduce a una disyuntiva simple entre dos opciones, surge inevitablemente la tentación de demonizar una de ellas o, al menos, de caricaturizarla.
El pensamiento lineal, la pereza intelectual o la incapacidad argumentativa nos empujan, unas veces, a adoptar posiciones rígidas y, otras, a valernos de la maledicencia para desacreditar posturas, ideologías o tendencias.
La moderación es la única herramienta que permite frenar la maledicencia, tanto en la política como en cualquier otro ámbito de nuestra vida social. No es solo una virtud, sino un modelo de interacción: una forma de relacionarnos con los demás que nos permite defender nuestras opiniones personales admitiendo que nuestros argumentos pueden ser erróneos, sin recurrir al descrédito del otro.
La maledicencia, en cambio, suele ser el último recurso para sostener una postura y revela, a su vez, una profunda incapacidad argumental.