María Jesús Zapirain forma parte, quizá sin haberlo buscado nunca, de la memoria viva de la enfermería en Gipuzkoa. Durante más de dos décadas al frente del Colegio Oficial de Enfermería de Gipuzkoa (COEGI), supo navegar entre tensiones internas, transformaciones legislativas, resistencias históricas y un sistema sanitario en plena mutación. Su libro, 'Así lo viví yo', es más que un repaso documental: es el testimonio íntimo de una profesión que pasó de la invisibilidad a la reivindicación, y de unos colegios profesionales que tuvieron que reinventarse para sobrevivir. Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, Zapirain repasa su trayectoria con honestidad y firmeza, consciente de que las conquistas de la enfermería se sostienen sobre años de persistencia silenciosa. Hablamos con ella sobre liderazgo, conflicto, vocación, sacrificio y futuro.
¿En qué momento decidió escribir ‘Así lo viví yo’? ¿Lo hizo con algún objetivo?
Lo decidí hace aproximadamente unos cuatro años, y el objetivo que yo tenía en aquel momento al pensar en escribirlo fue de alguna manera poner en valor a los colegios, la utilidad de los colegios profesionales y aportar un poco los hechos más relevantes de esa época. Creo que los archivos tienen que existir en las instituciones y de alguna manera mantener la memoria de la organización.
En cada página se puede percibir cierto sentimiento del deber. ¿De dónde sale esa ambición de querer “estar al frente” de una situación tan compleja?
Todo comenzó recién colegiada, en 1967. Acabé la carrera, y me di cuenta de que me colegié porque me obligaban a ello, pero rápidamente fui consciente de que la institución donde me colegié nunca daba señales de vida. No sabía qué pasaba por ahí. Yo sabía que tenía que pagar una cuota y nada más. Después, a partir de una información que me llegó de un congreso que iba a haber en aquella época, tuve la oportunidad de hablar con otra gente. En aquella época dependíamos en teoría de un Consejo Nacional de Madrid, el Consejo General, y fue allí cuando conocí a esa gente e hice muchas preguntas.
¿Como cuáles?
Me entró mucha inquietud enseguida, y fui al grano. Pregunté por nuestro colegio, ¿Aquí en este colegio, en Donostia, quién está y cómo funciona? Me dio la sensación de que era algo que realmente no funcionaba, porque además en aquella época había muchas personas que eran de falanges y las ideas eran muy distintas. Es ahí cuando entra un poco mi inquietud. Empecé a enredar y a enterarme de las cosas poco a poco, y entonces, en la medida que fue pasando el tiempo, me adentré más en el mundo y me coincidió a mí como presidenta todo el tema de la transformación de la profesión.
¿Cuál fue el proceso?
En aquel momento, los colegios, actualmente los de enfermeras, no funcionaban como ahora, estaban divididos en secciones. La de practicantes, de ATS masculinos, por otra parte la sección de enfermeras, por otra parte la sección de matronas... Poco a poco empezaron a intentar modificar las leyes y, en concreto, se cambió una ley en la que a partir del año 77 se obligaba a que esas secciones diferentes de colegiales para una misma profesión se convirtieran en una. En ese momento, yo llevaba dos años como presidenta en Gipuzkoa, y nos tocó esa unificación de colegios.
Tarea compleja para una recién llegada.
Así es, era una recién llegada. La curiosidad se me despertó muy pronto en aquel congreso, y después se me invitó a que crease una candidatura y me presentara en las elecciones para la Junta de Gobierno. Fue hacerlo y llegar el proceso de unificación de colegios, que supuso mucha dificultad, porque coincidió además con una época muy tensa en el país. Una vez de que ya se hizo la unificación de colegios, bueno, se empezó con el tema de las escuelas de enfermería.
¿Cuál fue el proceso de transformación de los colegios en esa época?
En los 70 los colegios estaban fragmentados (practicantes, ATS masculinos, enfermeras, matronas). En 1977 una ley obligó a unificarlos en un solo colegio por profesión. Ese proceso fue complejo y coincidió con tensiones políticas del país.
Conversión
¿Cómo vivió la conversión de la escuela de ATS en escuela de diplomados en 1977?
La transición supuso un cambio enorme. Cuando en 1977 la escuela de ATS pasó a convertirse en la escuela de diplomados universitarios, todas las enfermeras tuvimos que convalidar nuestros títulos académicos. La nueva estructura formativa incorporaba asignaturas completamente distintas a las que habíamos estudiado hasta entonces como estadística, bioquímica, ciencias de la conducta o fundamentos de enfermería, y exigía una preparación adicional.
¿Qué papel asumió el colegio durante esa transición académica?
El colegio asumió un papel fundamental organizando cursos que ayudaran a las compañeras a afrontar estos nuevos contenidos y los exámenes necesarios para la convalidación. Pasada esta etapa, que se prolongó durante varios años hasta que todo el mundo logró colegiarse y adaptarse al nuevo modelo, el colegio comenzó a centrarse en la formación continuada de las enfermeras. Aquella experiencia inicial, en mi caso desde el cargo de tesorera, fue la que me llevó a implicarme profundamente en la vida colegial y marcó el comienzo de mi trayectoria dentro de la institución.
¿La obligatoriedad de colegiación generó problemas?
Sí, y estuvo “en el aire” durante varios años. Aunque siempre fue obligatoria, hubo momentos tensos porque no todas las autonomías funcionaban igual. En Euskadi, con el paso de competencias al Gobierno Vasco y la creación de Osakidetza, surgieron debates autonómicos y nacionales sobre por qué la colegiación debía ser obligatoria. Las administraciones no querían esa obligatoriedad e incluso impulsaron proyectos para hacerla voluntaria, primero para todas las enfermeras y luego solo para las de la sanidad privada, alegando que en la pública podrían hacerse cargo ellas mismas. Los colegios profesionales entendíamos que no tenía sentido dividir una única profesión en dos entes distintos, especialmente porque el colegio vela por la ética y la deontología. Hubo mucho trabajo durante años, con múltiples proyectos de ley que defendían posiciones enfrentadas hasta que, con el tiempo, el debate fue perdiendo fuerza. Fue una etapa complicada, marcada por la resistencia tanto de administraciones como de profesionales, pues a nadie le gusta la obligatoriedad.
"Muchas veces las enfermeras hacen más de lo que pueden por compromiso, por falta de regulación".
Entre tanta tensión e incertidumbre, ¿pensó dejarlo en algún momento?
Hubo muchos momentos malos en los que pensé en marcharme porque la situación no era agradable. En 1980, con la obligación de convalidar los títulos, fueron momentos muy difíciles. La gente no quería asumir esa obligación, se rebelaba y las asambleas eran muy tensas. También la unificación de colegios fue delicada. Con las transferencias, en el 79 la autonomía, en el 80 las competencias sanitarias y en el 83 la creación de Osakidetza, tuvimos que explicar a nuevas personas problemas como el intrusismo profesional o las competencias de enfermería, y eran situaciones complicadas. Pero, aunque pensara que no podía soportar más problemas, los retos eran muy importantes. Como soy una persona a la que le gustan los retos, siempre quería terminar uno y seguir con el siguiente, y así nunca se acababan.
¿Hay ahora mismo alguna reivindicación que hicieron que sigue vigente o que no se ha conseguido terminar?
La carrera de enfermería por ejemplo ha cambiado muchísimo, pero todavía quedan reivindicaciones pendientes. Una de ellas es el desarrollo completo de las especialidades, ya que aunque el decreto se aprobó en 2005, en 2025 aún falta por aprobar al menos una especialidad prevista en la ley y, además, las ya existentes no tienen reconocimiento laboral ni económico. Las enfermeras especializadas no cobran como tal ni acceden por OPE específica, salvo casos como el de las matronas. La otra reivindicación es la reclasificación de los grupos funcionales. Las enfermeras siguen en el grupo A2 por venir de la diplomatura, mientras que otras titulaciones de grado están en el A1. Esto no solo afecta al ámbito económico, sino que impide acceder a puestos que requieren pertenecer al grupo A1, como podría ser la dirección de un hospital, pese a tener la titulación necesaria. Estos son los dos temas importantes aún pendientes.
Decisiones
¿Ha tenido que tomar decisiones por responsabilidad institucional más que por convicción personal durante todo este camino?
Sí. Representar a un colectivo obliga a ponderar lo legal y lo conveniente para la profesión. No siempre puedes actuar solo por convicción personal. Por ejemplo, en cuanto a recursos que tengas que hacer por una oferta de empleo. Tienes que valorar qué puede interesar a la profesión o no, en base a que, igual por norma sí podría ser, pero por conveniencia pues no.
"Hay que dar valor a nuestro trabajo, y no hacerlo de cualquier manera por estar dirigido al público, que demanda atención constantemente".
¿Cree que la identidad profesional de las enfermeras ha cambiado?
Mucho. Hemos pasado de una formación técnica, en ocasiones subordinada y dirigida por médicos, a una disciplina académica y autónoma, cuyo valor la ciudadanía reconoce cada vez más. Este cambio también se refleja en la percepción sobre el papel de los colegios profesionales. Aunque no se puede decir que la transformación haya sido total, sí es evidente que hoy existe una mayor conciencia sobre su utilidad y el aporte que pueden ofrecer. Los colegios ponen a disposición de las enfermeras numerosos recursos, desde apoyo profesional hasta servicios como la cobertura de responsabilidad civil. Sin embargo, aprovecharlos depende en gran medida de cada persona, porque es necesario tener interés en informarse para comprender realmente todo lo que estas instituciones pueden ofrecer. El colegio aporta mucho, pero también requiere que quienes forman parte de él se acerquen y conozcan sus funciones y beneficios.
¿Qué “espinas” o asuntos pendientes lamenta no haber cerrado?
Creo que se han conseguido cosas muy importantes, pero todavía faltan algunas otras. lo que para mí era más importante yo creo que ya está. Por ejemplo, lo que haría falta es que realmente la enfermería, es decir, la administración sanitaria llegase a considerar a las enfermeras en su realidad y que no costara tanto esfuerzo conseguir las cosas y que de alguna manera se pusieran las enfermeras en su sitio, porque, hasta ahora se las ha ido utilizando mucho como comodín.
¿Siente que las enfermeras son el “comodín” a día de hoy?
Si, y eso genera sobrecarga y falta de tiempo para cuidados de calidad. Muchas veces las enfermeras hacen más de lo que pueden por compromiso, por falta de regulación. En ese aspecto, creo que debe ser la propia enfermera quien reivindique sus derechos. Hay que dar valor a nuestro trabajo, y no hacerlo de cualquier manera por estar dirigido al público, que demanda atención constantemente. En alguna ocasión, he escuchado a enfermeras decir ¿para qué vamos a pedir más gente si ya han hecho el trabajo? Ese es el error, no reconocer y valorar como se debe el trabajo de enfermería.
"La ciudadanía cada vez reconoce más el valor de las enfermeras"
Trayectoria
Volvamos a los comienzos. ¿Cómo valora su paso por la presidencia? ¿Qué le ha aportado?
Muy positivamente. Creí en lo que hacía, viví de primera mano la transformación de la profesión, adquirí mucho conocimiento y me enriqueció profesional y personalmente. Fue una etapa intensa y muy valiosa, que me permitió de alguna manera vivir en primera línea todo el proceso de la profesión. Además, he tenido posibilidad de contactar con muchísimas personas, tanto de la profesión como de otras profesiones en las que me he tenido que relacionar, con lo cual mi balance es muy positivo.
¿Ha dado consejos a quien la sucedió?
No di consejos concretos, porque cada persona tiene su estilo y no me pareció oportuno hacerlo. Creo que pueden seguir el camino de una manera distinta a la mía, pero que puede ser igual de eficaz. Les ofrecí mi disponibilidad al 100%, eso sí, y les dije que hicieran su propio camino. Si necesitan ayuda, estaré dispuesta a ayudarlas siempre, por supuesto.
¿Qué mensaje daría a las nuevas generaciones de enfermeras?
Que valoren su formación y su papel. Reclamen reconocimiento y recursos: la profesionalidad y la calidad de los cuidados dependen de ello. Que no dejen que la costumbre de “hacerlo todo” impida reclamar lo necesario para ejercer la profesión con seguridad y dignidad.