[A por ellos] "Tranquilidad y buenos alimentos", por Mikel Recalde
"No se me ocurre mejor consejo para este derbi. Con calma y sin miedo a casi nada, como los irreductibles de la aldea gala"
El mago. Yo me preguntaba por qué le llamaban así a un hombre de mediana edad, gordito, con poco cuerpo de deportista y poco virtuoso con la pelota una vez comenzado el partido. Ese día me estrenaba en esas pachangas que se siguen disputando, ya con otros protagonistas, aunque haya supervivientes, en el campo de Puio los martes y jueves al mediodía. Llegué al vestuario, pregunté al que tenía más confianza y me dijo que era mago de verdad. De los que hacen trucos. No tardé mucho en comprobar, además, que era un tipo estupendo, muy buena gente. Tanto que le pedí si podía hacer una función para mi sobrino Iñigo en su cumpleaños. Aceptó encantado y dio una exhibición tremenda, no solo de magia, sino también porque hizo reír a todos los presentes. Jamás olvidaré la cara de mi sobrino, con el pecho hinchado de orgullo.
He tenido jefes de todo tipo. Desde el de ahora, que es amigo mío de los de verdad, hasta los que tuve en el As, con ilustres como Juanma Trueba o Tomás Roncero. Recuerdo que este último me vio celebrar un agónico gol de Kovacevic al Sevilla rodando por la alfombra de la redacción. Me dijo, muerto de la risa: “Tú estás muy loco. Eres tan de la Real como yo del Madrid”. Por supuesto. Ése es precisamente el problema que muchos por aquí cerca no entienden: que uno pueda amar tanto a sus clubes como ellos, considerarlos los más grandes, aunque no lo sean en realidad, y uniques of the world, como consideras siempre a los tuyos, aunque no seas único en nada en especial más que en conquistar tu corazón.
En Madrid me impresionó la personalidad de muchos periodistas deportivos. Estaban los que no podían quedarse quietos y volvían loco a cualquiera, como Tomás Guasch, que entraba a las oficinas a las 15.00 horas, en un silencio absoluto (nada que ver con la era web actual), al ritmo de Groucho Marx y gritando “la situación es caótica una vez más” sin poder evitar acompañarlo con una carcajada metros después. También había los que te enseñaban sin alardes, como Luis Nieto. Era la tranquilidad personificada. Algunos días, cuando el planillo de páginas daba miedo y el equipo era joven (algunos tocados por la resaca casi a diario), asignaba las tareas y cerraba la reunión de las 16.00 horas con un característico: “Tranquilidad y buenos alimentos”.
No se me ocurre mejor consejo para este derbi. Con calma y sin miedo a casi nada, como los irreductibles de la aldea gala. En la ida quedó demostrado, una vez más, que Astérix y Obélix somos nosotros y no los que dependen de ayudas institucionales o colegiadas. Digo bien “casi nada”, porque todos recordamos lo que pasó en el Bernabéu, cuando robaron a la Generación de Oro el que iba a ser su primer título de Liga: “El miedo escénico no era por el campo, era por los árbitros”. Lo dijo Arconada con cara de pocos amigos, y solo Dios sabe cómo se contuvo aquella noche. Esperemos que hoy la atmósfera nos proporcione energía positiva, porque Anoeta promete ser una olla a presión, y nos libre de más amenazas.
Por mucho que la mayor plaga de guipuzcoanismo haya sacudido estas semanas (hasta el punto de que yo mismo salí escandalizado del vestuario del tenis gritando “sois todos unos cenizos”), no hay razón para dejar de creer. Ni para rebajar el suflé que elevó de forma justa y merecida el equipo txuri-urdin en Bilbao. Si hay un punto de partida para esta vuelta, ese es el pitido final de la ida. Y quien no lo vea, allá él; tiene más que ver con masoquismo que con realidad. La Real cerró cualquier resquicio de duda en su victoria ante el Mallorca tras el duelo ante Oviedo. ¿Alguien puede dar un argumento para no confiar hoy en día en el equipo de Matarazzo?
Como solía repetir Zurutuza cuando le irritaba el tema: “Es mentira que juegan con más intensidad”. Hace tiempo que todo se ha igualado en el fútbol. Que aprieten más o ganen más duelos es más leyenda urbana que una certeza. Los números lo demuestran, como los del encuentro de ida en San Mamés, con dos penaltis no pitados en una semifinal de Copa, que eso sí que fue casi único de verdad en la historia.
Dicen que nunca se rinde es el lema del Sevilla. El mismo que volvió a llevar su equipo hasta su última expresión para salir con vida del estadio de la final con cerca de 70.000 béticos y teniendo un equipo peor. ¿Saben cuál es la diferencia? Que a día de hoy nada nos invita a pensar o a constatar que la Real sea inferior a su visitante. Es más, le hemos visto jugar mucho mejor y ser superior en los dos partidos seguidos disputados en Bilbao marcados por el mismo denominador común que no pienso volver a repetir. Digo yo que al menos como referencia nos debería de servir…
Esta Real nunca se rinde. Lo ha demostrado. Tampoco pedíamos tanto. Cuenta con calidad individual, potencial, fuerza, velocidad, nivel, personalidad, desequilibrio y, la madre del cordero, fútbol como para pensar que va a ser capaz de hacer valer la ventaja que se trajo del territorio comanche. O al menos para no desconfiar ni lo más mínimo. Y cuando juega ante su parroquia entra en ebullición, se convierte en un rival temible y capaz de enfrentarse a quien sea. Que se lo pregunten al Barcelona…
Lo importante antes de un partido así es conocer al enemigo y no caer en sus trampas. Ellos han tratado de menospreciar todo lo que rodea al envite, conscientes de su desventaja inicial. Ahora han recuperado piezas fundamentales y están convencidos de que pueden remontar en Anoeta (lo están). Cuidado: si ganan, pasará de ser la peor batalla que se recuerda, como nos han querido vender, a algo épico, como Star Wars o Leónidas y sus 300 espartanos en las Termópilas. Esperemos que no lo tengamos que comprobar.
Mi declaración es clara y directa, no esperen mensajes demasiado bélicos, más bien un reconocimiento a mi plena confianza. Parecido a la charla de Del Bosque antes de la final del Mundial: “No dependen vidas de su actuación. Solo van a jugar el partido más importante de su profesión”. Siempre con el cuchillo entre los dientes, obvio, defendiendo a muerte sus murallas, luchando como los escoceses contra las injusticias de los abusones ingleses, pero siendo conscientes de que lo más difícil era salir vivos de su guarida con todo lo que conlleva. Ahora salgan a nuestro campo a jugar, compitan y disfruten. E intenten saldar la deuda pendiente que mantienen con su gente y llevarle hasta una final porque se lo merecen. Creemos y tenemos fe en vosotros desde aquí hasta Sevilla. No os pedimos milagros, solo que seáis vosotros mismos, que juguéis como sabéis y que volváis a dignificar el escudo. Pero con la calma del que es consciente que puede y conoce el camino, de quien domina la escena, el relato y la situación. Así es como se ganan los grandes combates.
El mago murió hace unos meses. Demasiado joven. En vísperas de batallas así, es cuando te acuerdas de los que no están y los que están listos para ocupar su localidad en el tercer anfiteatro. En el show que le preparó a mi sobrino comprendí que hay un factor que es mucho más poderoso que cualquier magia y es la capacidad para transmitir y hacer feliz a la gente. Y eso sí que está en vuestras manos. Lograr que estén en las buenas y en las malas, en las noches grandes, cuando se ganan más adeptos, y en las funciones rutinarias, cuando reclutas a los más fieles. Gora Reala! Contigo siempre hasta el final. ¡A por ellos!
