Marcelino, pan y vino. O Marcelino, qué bien nos vino. De villano a amargado. En un mundo tan fluctuoso como es el fútbol, puedes pasar de una etiqueta a otra en cuestión de una jugada, de un partido o, lo que es mejor, de una final que además ganas. Retrocedamos en el tiempo, Marcelino siempre ha sido tipo un áspero y antipático. Entre otras cosas porque no se puede negar que es un gran entrenador, porque le tenía tomada la medida a la Real y porque, al ser consciente de esto último, siempre le gustaba lanzar dardos en la sala de prensa que, dicho sea de paso, acababan por sacarnos de quicio. Tras el triunfo en el derbi el día de Nochevieja en el ensayo general antes de la gran final disputado en San Mamés gracias a un gol de Portu (¡vuelve pronto!) Imanol tomó buena nota de cómo le podían hacer daño al Athletic, que esa noche estuvo entrenado por última vez por Gaizka Garitano, ya que después le despidieron. Fue es en ese momento cuando decidieron ponerse en manos de un especialista para intentar ganar El Partido o como él mismo lo definió: “El de sus vidas”. Un profesional que parecía poseer la kryptonita que liquidaba a la Real, que no había sido capaz de vencerle jamás en un encuentro de Liga (sí lo había hecho en un descafeinada eliminatoria inicial de Copa con los realistas y el Zaragoza en Segunda). Cómo en la película de Marcelino, pretendían solicitar ayuda divina, la verdad es que la necesitaban, pero ni por esas. La historia la conocen todos de sobra. La Real se impuso 1-0 y apenas se jugó mucho más, porque a pesar de que el árbitro no quiso pitar un penalti claro y le perdonó ya de forma escandalosa la roja a Iñigo Martínez, ya que Imanol era plenamente consciente de que si se aplicaban el peso de la lógica y marcaban primero, con cederles el balón y evitar su presión para recuperar en posiciones avanzadas les iba a ser suficiente para no pasar el más mínimo apuro. Como así fue.
El manual del mal perdedor
Todo el mundo lo vio claro, salvo, al parecer, uno. El mismo que quiso resistirse a la evidencia. El único. El especialista. A partir de ese momento no tardó sacar el manual del mal perdedor que merece la pena rescatar de vez en cuando para no olvidar la categoría humana del personaje y porque sus palabras deberían ser gasolina para todos nosotros como fuente de motivación para volver a ganarle. Ahí van algunas de sus lindezas, preparen el estómago: “Fue un partido malísimo, muy mal jugado por la Real, muy mal jugado por el Athletic y muy mal dirigido por el árbitro (lo que hay que leer, no tiene remedio)… Ganó el equipo que se aprovechó de una equivocación del rival. Un partido impropio de una final de Copa”. “Si no hubiera sido por el penalti la final podría haber terminado 0-0, podríamos haber estado jugando durante dos años y haber terminado empate a cero. Probablemente será la primera vez en la historia que un equipo gana sin haber lanzado a puerta”. “La Real está contenta porque ha ganado, pero no por cómo ha jugado. Aunque el fin justifica los medios”. Niños, apunten, esto es lo que nunca hay que hacer cuando se pierde una final. Y no una cualquiera, la final para siempre.
Alguno se preguntará con razón, y esto a qué viene, pues bien, si en el planeta de los ofendiditos muchos no han perdonado a Imanol por su entrañable forofada en la sala de prensa al defender, ojo al dato, que lo hizo porque era el Athletic (fue para su gente porque su Real había ganado un título 34 años después), por qué no podemos recordar nosotros lo realmente vergonzoso que trató empañar aquel día de gloria txuri-urdin.
Aunque en los últimos años Marcelino ha adoptado un papel mucho más comedido con nuestro equipo, solo es una pose. El demonio sigue dentro. No hay más que seguir sus últimas declaraciones tras ganar al Mallorca y perder en Dortmund. Yo en un caso como éste soy muy de Kloop al compartir al 100% su teoría: “Me parece un gran técnico, pero no me gustaría ser como él ni un segundo de mi vida”. Siempre he sido muy fan de esta cita…
Brais
Marcelino regresa a Anoeta al volante de un flamante deportivo. No es el mismo club al que llegó Brais Méndez en edad juvenil para formar parte de su cantera. Es cierto que le pudo la saudade y regresó pronto a casa y al club de su corazón. Porque aunque a nosotros nos encanta que la gente de fuera quiera mucho a nuestra Real, el equipo de Brais es y será el Celta, como, por ejemplo el de Merino es Osasuna. Aquí no tratamos de imponer nada a nadie. Pero solo con su salida al Villarreal Brais ya demostró que tiene personalidad y un hambre voraz de éxito. De ahí se entiende mejor lo que le pasó en verano. Él pensaba que, vistas las últimas salidas, era un buen momento para dar un paso adelante en su carrera. El problema que se encontró es que solo hubo un equipo que vino con una cantidad que convencía a la Real y al jugador, pero procedía de un conjunto de una liga árabe. Y para tomar esa decisión, hay que tenerlo muy claro. Imagino que Brais se veía jugando en un buen equipo de la Premier, pero esa llamada nunca existió. Y tampoco me extraña que lo creyera así, porque su rendimiento como txuri-urdin ha sido muy bueno. Siempre ha respetado al club y nunca ha dicho una mala palabra sobre él. Los futbolistas tienen un componente de egoísmo cuando están en activo, por eso era normal que le costara esconder sus pretensiones y, por qué no decirlo, sus frustraciones. Podemos entender hasta su continuo rictus serio antes del cierre de mercado. Pero cuando el balón echó a rodar y fue consciente de que no se iba a mover, ya no se le puede reprochar nada. Lucha como el que más, recibe palos sin parar, se lesiona y es el primero en levantarse y, para los amigos de las estadísticas como mi buen amigo Eneko Pikabea, las suyas son irreprochables. Sin alcanzar su mejor nivel, ya lleva tres goles y tres asistencias.
Un futbolista distinto
Brais no lo pasó bien en Vigo, donde incluso llegó a casa llorando en varias ocasiones por los reproches de su propia gente, y en Anoeta, aunque ha disfrutado de momentos extraordinarios, también ha sufrido como con aquel penalti ante el Mallorca en la semifinal de Copa que siempre le perseguirá. Pero en la tierra de los mediapuntas, con un nuevo entrenador y desde que se marchó Silva, Brais sigue siendo el rey. Un fichaje amortizado y que confiemos en que todavía no haya dado lo mejor de sí como txuri-urdin. Porque el gallego sigue siendo ese futbolista distinto que aprecian los paladares que entienden de fútbol. Ojalá firme un año redondo, vuelva a la selección para el Mundial y después decida lo mejor para todos. Pero su vitola de gran futbolista y mejor fichaje por el dinero que se pagó permanecen inmunes. Un intocable. Qué bien juega Brais. ¡A por ellos!