El año comienza con un terremoto político en el Palacio de Navarra. La presidenta María Chivite se dispone a acometer una profunda remodelación de su Ejecutivo en uno de los momentos más delicados de la legislatura y cuando resta menos de año y medio para la celebración de las próximas elecciones forales. No se trata de un simple reajuste técnico ni de un relevo puntual, sino de la primera gran crisis de Gobierno que Chivite afronta en las dos legislaturas que lleva al frente de la Comunidad Foral.
Los cambios afectan directamente al núcleo duro del ala socialista del Ejecutivo y se traducen en la salida de, al menos, dos de las figuras con mayor visibilidad política e institucional: el vicepresidente primero del Gobierno y la portavoz, Félix Taberna y Amparo López. Ambos cargos no solo concentran una enorme proyección pública, sino que desempeñan un papel clave en la dirección política y en la comunicación de la acción del Gobierno.
Uno de los movimientos más significativos es el cese de Félix Taberna, hasta ahora vicepresidente primero y consejero de Presidencia e Igualdad. Su salida supone un golpe directo al corazón del Gobierno, tanto por el rango del cargo como por el papel que había desempeñado en los últimos años como uno de los principales apoyos políticos de la presidenta. Chivite lo había promovido a la vicepresidencia —en la legislatura anterior ejerció como asesor— y, desde esa posición, Taberna se había convertido en uno de sus principales apoyos políticos dentro del Gobierno.
Junto a Taberna, también abandona su cargo Amparo López, portavoz del Gobierno y consejera de Interior, Función Pública y Justicia. Su salida también tiene una fuerte carga simbólica, ya que implica prescindir de la voz oficial del Gobierno foral, una de las figuras más reconocibles por ser quien explica la acción del Ejecutivo semanalmente ante los medios de comunicación. A diferencia de Taberna, la trayectoria de López dentro del Ejecutivo había estado marcada por algunas diferencias internas con otros miembros del Gobierno.