Tribuna abierta

Entre relatos

29.12.2020 | 00:23
Entre relatos

El Estatuto de Gernika pudo haber sido un buen instrumento para llegar a la legitimación constitucional, junto al desarrollo de la Disposición Adicional Primera. Ocurre que, a día de hoy, 41 años más tarde, el Estatuto sigue sin cumplirse en partes esenciales. Por lo mismo, podría concluirse que Euskadi sigue en Transición

Un relato posible. En 1936, las Cortes generales aprobaban un Estatuto de Autonomía que se sumaba al sistema de Concierto que regía en lo que hoy llamamos territorios forales (los cuatro). En 1937, tras consumarse la conquista de Euskadi por los rebeldes (el término "conquista" fue empleado por el nada sospechoso José María de Areilza), la autonomía quedó en suspenso y se suprimió el Concierto para Bizkaia y Gipuzkoa. Durante los cuarenta años exactos de dictadura (no se olvide que ese régimen se mantuvo casi dos años más tras la muerte de Franco), la reivindicación de la autonomía fue una constante. En los días que siguieron a la desaparición del dictador, el lema más repetido era aquel de "libertad, amnistía, estatuto de autonomía". En todo esto, por cierto, ETA tenía poco que ver.

La dictadura que nace en la guerra civil es, valga la redundancia, una dictadura perfectamente homologable a las dictaduras del siglo XX, basada fundamentalmente en la represión (es decir, en la violencia), en la corrupción y en un adoctrinamiento basado en la imposición de un consenso (aquella "placidez" de la que hablaba Mayor Oreja). Para quien quiera adentrarse en este asunto, no estaría mal repasar las obras de Antonio Cazorla (Miedo y Progreso), Julio Arostegui (Franco: La represión como sistema), de Julián Casanova (Morir, matar, sobrevivir. La violencia en la dictadura de Franco). En esta última, que es una obra colectiva (publicada por Crítica), se habla de "oposición democrática guerrillera". Hay que resaltar, por otro lado, que la dictadura estuvo matando hasta el último minuto. Por ejemplo, la Semana Pro Amnistía de mayo de 1977 dejó siete muertos (que, evidentemente, no tienen consideración de "víctimas del terrorismo"). La cosa, por otro lado, no acabó de repente. Se produjeron, por ejemplo, sucesos como el saqueo de Errenteria y los incidentes de los sanfermines de 1978 con la muerte a tiros de Germán Rodríguez.

Todo este periodo coincide con una crisis económica devastadora que, en el caso vasco, se prolongó casi dos décadas. Como herencia, el franquismo dejó la economía en el lugar más negativo de los países desarrollados. Hay un librito de José Luis García Delgado y Julio Segura (Reformismo y crisis económica) que ayuda bastante a comprender lo de la "herencia" industrial, empresarial, fiscal€ de la dictadura, adobada con una sucesión de casos de corrupción como Matesa, Sofico, Redondela (que harían palidecer a algunos de los que más nos suenan hoy en día). La guinda a la crisis económica la pusieron, por un lado, la reconversión industrial; por otro, la negociación para el ingreso en la entonces Comunidad Económica Europea. En la década de los 80, en algunas comarcas del País Vasco el desempleo superaba ampliamente el 30% (la media de la comunidad superaba el 20%). A esto, habría que sumar la plaga de las drogas (la heroína).

En mayor de 1977 se produce un intento, impulsado por ETA militar (Argala) y Monzón, formalmente por la Koordinadora Aber-tzale Socialista (KAS), para que las fuerzas abertzales no participasen en las elecciones o, como mucho, presentaran candidaturas conjuntas al Senado. Las últimas reuniones se celebraron en el camping de Txiberta, entre Baiona y Angelu. Acudieron todas las organizaciones abertzales más el Partido Carlista (EKA). Para entender mejor este asunto, resulta interesante releer las memorias de Natxo Arregi con un asombroso prólogo de Mario Onaindia (Memorias del Kas). Todos los partidos que asistieron, excepto ETA m y HASI, participaron en las elecciones con suerte diversa. Para Natxo Arregi, "Argala dejó un carro sin frenos" (refiriéndose a ETA m y a su "entorno").

Las elecciones generales de 1977 no se celebraron en plenitud democrática. Por un lado, no todos los partidos políticos fueron legalizados (por lo que hubo que buscar fórmulas imaginativas para hacerlo). Por otro, resultaba curioso que fuesen los gobiernos civiles (y el Ministerio de Gobernación) de la dictadura los que legalizasen o no los partidos. Por otro lado, no todas las fuerzas salían en las mismas condiciones. Aun así, aquellos comicios fueron el primer paso hacia un régimen democrático homologable. En aquellas elecciones, el PNV fue la fuerza más votada y el conjunto de las fuerzas abertzales –eran los días en que Onaindia todavía escribía cosas como aquello de "la causa de la libertad e independencia de los pueblos es tan sublime que no necesita de mitificaciones" (sic)– sumaba casi el 40% de los sufragios. Se inició de forma inmediata el proceso autonómico –con la constitución de la Asamblea de Parlamentarios Vascos y el Consejo General Vasco– y la elaboración de una constitución.

Desde el primer momento, se produce un doble fenómeno. Para los "milis" y su entorno, el PNV y, desde entonces, Euskadiko Ezkerra, eran "traidores". Para adentrarse en este tema puede ayudar el ensayo Polvo de ETA, de Joseba Zulaika. Por otro lado (y del otro lado) se inicia un proceso que llega hasta hoy mismo de arrinconamiento persistente del nacionalismo vasco. Esto ha supuesto, de hecho, que durante los últimos cuarenta años la minoría mayoritaria en el país haya sufrido una doble y agobiante opresión. La de los "milis", sangrienta (y fascista), y la de aquellos que creen que o se es español como ellos dicen o no se tiene derecho a nada (o a poco). En estos últimos cuarenta años, unos y otros convirtieron al nacionalismo vasco en lo que los navarros llaman "capacico de las hostias".

Trataré de ir rápido. El PNV fue marginado del grupo que redactaba la Constitución (por las razones que fuesen). La única opción que se le daba era la de los mirones en el mus ("se callan y dan tabaco"). Aun así, sus representantes presentaron algunas enmiendas que no fueron aceptadas. Se inclinó entonces por pedir la abstención. La Constitución española fue aprobada por el 30% del censo con más del 50% de abstención. Esto haría que Juan José Linz hablase de déficit de legitimidad constitucional en Euskadi (Conflicto en Euskadi). El Estatuto de Gernika pudo haber sido un buen instrumento para llegar a la legitimación constitucional, junto al desarrollo de la Disposición Adicional Primera como recordaban en su día Ernest Lluch y Miguel R. Herrero de Miñón (Derechos históricos y constitucionalismo útil). Ocurre que, a día de hoy, 41 años más tarde, el Estatuto sigue sin cumplirse en partes esenciales. Por lo mismo, podría concluirse que Euskadi sigue en Transición.

La negociación del texto del Estatuto no estuvo exenta de dificultades. Hay algunas cuestiones a resaltar. Primera: durante la redacción del texto seguían en activo los llamados "padres de la Constitución" lo que garantizaba que este estaba dentro de los cánones establecidos por ellos. Segunda: en el Estatuto, ETA m y su entorno no tuvieron nada que ver, simplemente porque se oponían a la autonomía. No está de más repasar de vez en cuando el texto de los hermanos Tamayo (Fuentes documentales y normativas del Estatuto de Gernika) que ayuda a disipar muchas dudas. Tercera: parecía claro que, desde el primer momento, los socialistas iban a poner difícil el proceso autonómico vasco. Había una especie de acuerdo por el que serían los diputados vascos los que acordasen el texto final del Estatuto, pero los electos vascos de UCD y del PSOE acabaron siendo desautorizados por sus jefes en Madrid, y el texto fue lijado por Alfonso Guerra y Fernando Abril Martorell. Por fin, fue aprobado el Estatuto que se convirtió en la ley orgánica 3/1979. Se iniciaba así un largo calvario que aún no ha concluido.

Luis Ramírez (Luciano Rincón) dejó escrito (Del posfranquismo a la predemocracia) que el PSOE no es que fuese centralista, sino que era (es) la esencia misma del centralismo (a pesar de su reivindicación de federalismo). La manipulación del proceso autonómico ha generado cuatro décadas de tensiones que han generado un clima de recelos que se ha enquistado y ha propiciado, por un lado, la división entre dos comunidades; y, por otro, las dificultades impuestas para la institucionalización del país contribuyeron a enquistar la cuestión terrorista. Era preferible esto a que se sentasen las bases para consolidar el autogobierno. Llegó el bloqueo estatutario con incidentes como el de la Loapa (una ley que, con la perspectiva del tiempo, pretendía minar las posibilidades de autogobierno en Euskadi y Catalunya donde se habían consolidado las fuerzas nacionalistas) y tampoco debe olvidarse el retraso intencionado en las transferencias en materia de Industria para que el PSOE pudiese imponer su modelo de reconstrucción industrial de trágicas consecuencias en Euskadi (paro, pobreza, desesperación).

Para justificar todo esto, era preciso elaborar un relato. Patxo Unzueta, un antiguo miembro de ETA VI, iba marcando el camino desde las páginas del diario El País, convertido en el gran escaparate del felipismo (algunos de sus artículos están recogidos en Los nietos de la ira). La idea que se vendía entonces era que "el PNV era incapaz de trasladar su ideario al terreno de la gestión política una vez conquistada la hegemonía institucional". En los días del espíritu de Ermua, lo que hasta entonces era un goteo se convirtió en una orgía. Había que dar hostias al capazo y, de esta forma, recibir premios y prebendas. Jon Juaristi llegó a situar a Sabino Arana como responsable último del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Hoy, para que la cosa no decaiga, tenemos Patria que, guste o no, es una historia de parte. Para que no quepan dudas, está recibiendo la jarreada de parabienes y premios por parte de esos medios que no se diferencian mucho del cura trabucaire que aparece en la novela de Fernando Aramburu. La serie me parece tan insufrible (y mediocre) como Ocho apellidos vascos, que ya es decir.

Periodista