Tribuna abierta

Reflexiones sobre la situación de la pandemia

08.10.2020 | 00:14
Reflexiones sobre la situación de la pandemia

Pensando que al llegar la mal llamada 'nueva normalidad' se podría volver a vivir con tranquilidad, la situación actual se percibe como un retroceso sin saber hasta cuándo se estarán dando pasos hacia delante y hacia atrás, pensando los más mayores que ya nunca vivirán como estaban viviendo

En todo caso, muchas voces discrepaban sobre la necesidad de un confinamiento como el que se hizo en la mayoría de países: las consecuencias económicas iban a ser terroríficas y no solucionaría la pandemia. El confinamiento ha destruido la economía en España y en el mundo; según Naciones Unidas, habrá 130 millones de personas más que sufrirán hambre como consecuencia del mismo; 130 millones más expuestas a enfermedades causantes de un aumento de muertes que empequeñecerá el número de fallecidos por covid-19. Otros modelos de confinamiento con menor impacto sobre la economía eran posibles; que afectasen a menor número de personas, a menos actividades económicas y durante menor tiempo. Por ejemplo, el modelo sueco dio resultado aunque no quiera reconocerse; casi ningún medio recoge la situación actual en Suecia, con una tasa de mortalidad por covid de 569,16 fallecidos/millón de habitantes frente a 684,24 fallecidos/millón de habitantes en España. Y su economía se ha preservado más que la española. En España se optó por un estricto confinamiento, que generó miedo a la población, con la idea de proteger al sistema sanitario y la salud de las personas; pero este segundo objetivo, al menos en parte, no se ha logrado. Durante el confinamiento, la mortalidad por otras causas aumentó: el miedo impedía acudir al médico, se retrasaron diagnósticos de enfermedades graves (infartos de miocardio, ictus, cáncer€ ), se agravaron enfermedades mentales en adultos y niños... Este modelo de confinamiento evita que la población entre en contacto con el virus e impide que se cree inmunidad de rebaño. Al acabarse el confinamiento, la población vuelve a vivir situaciones en las que el contacto con el virus es inevitable y aquellas personas que iban a enfermar antes del confinamiento lo hacen después. Un confinamiento estricto sólo sería útil, permítase el absurdo, si se confinase al virus en lugar de a las personas.

Si además la desescalada no es adecuada, se crea el caldo de cultivo de lo que está ocurriendo. Se dijo que en cada fase había que permanecer un mínimo de 14 días para analizar cómo evolucionaba la pandemia, y era lógico, pero lamentablemente no se cumplió. Llegaba el verano, era necesario abrir España al turismo y ninguna comunidad quería ser la última en alcanzar la nueva normalidad para no evidenciar sus vergüenzas. Por ejemplo, la fase 3 en Madrid y Cataluña no existió; y si existió, no se cumplió. Para justificar esta anomalía se acuñó un nuevo concepto: la desescalada asimétrica. Realmente, lo que debía haber sido asimétrico fue el confinamiento. No se pueden tratar igual situaciones demográficas y de la propia enfermedad muy diferentes; no se puede confinar de igual modo en ciudades en las cuales se hacina la población en transportes urbanos que en el entorno rural€ Pero se hizo. El confinamiento lo único que hace es retrasar la aparición de casos, pero no evita que aparezcan, porque por ahora no hay nada que pueda evitarlo. Realmente, ahora en España se está viviendo un confinamiento asimétrico, con confinamientos limitados a una u otra población en función de la tasa de contagios. ¿Nadie se pregunta si hubiese sido posible hacerlo así en marzo?

Estamos viviendo una situación grotesca. La falta de información veraz y clara está provocando una nueva ola de pánico en la población, como la vivida en marzo, cuando la situación no es ni tan siquiera parecida. Las autoridades y los medios, cuando presentan cifras, hablan de casos; estas cifras son las que llegan a la población y le hacen pensar que estamos como en marzo, pero en absoluto es así. En estos casos, diagnosticados mayoritariamente o confirmados por PCR, se incluyen contagiados, infectados y enfermos, y parecería necesario que las autoridades sanitarias aclarasen que no todos estos casos detectados son enfermos, ni tan siquiera infectados. Una persona contagiada es aquella a la que se le ha trasmitido una enfermedad (puede ser asintomática, incluso no desarrollar nunca la enfermedad); una infectada es aquella que se ha contagiado y en la que los patógenos (en este caso el virus) se están multiplicando en ella (todavía puede ser asintomática o escasamente sintomática); y una persona enferma es aquella que ya presenta la enfermedad con mayor o menor gravedad. La PCR tiene una alta sensibilidad, por lo que detecta cantidades mínimas de material genético del virus; todos se incluyen como casos, pero no todos son lo mismo. Cuando queremos comparar la situación actual con la de marzo, quizás sería más correcto comparar el número de ingresos de entonces con el de ahora.

En vista de los resultados podría no tener sentido realizar PCR de forma indiscriminada. En la CAV, en torno al 6% son positivas, en Navarra, en torno al 10%; pero al parecer la mayoría son asintomáticos o presentan síntomas leves. Evidentemente, cuantas más PCR se realicen, mayor número de afectados habrá; pero la cuestión no es el número de casos sino a quiénes afecta la enfermedad. Realizar PCR a quienes sabemos que la enfermedad revestirá escasa gravedad, carece de sentido. Por el contrario, dejar de hacerlas a las personas en situación de riesgo elevado es una irresponsabilidad. Deben hacerse en residencias geriátricas porque su diagnóstico precoz les va a beneficiar en estos momentos en los que ya se conocen algunos tratamientos eficaces en fases precoces. Pero si se realizan PCR masivos en colegios lo único que se conseguirá es asustar a la población. Las pruebas en medicina sólo deben usarse si su resultado cambia el tratamiento del paciente.

Por otro lado, los medios de comunicación, cumpliendo con su labor de información, repiten las cifras dadas por las autoridades, pero apenas mencionan una realidad. El número de afectados y fallecidos por covid-19 en números absolutos es, sin duda, muy elevado, pero se debe tranquilizar a la población informando que en España los algo más de 716.000 casos son el 1,56% de la población, que no todos los casos son enfermos, que hay muchos asintomáticos o escasamente sintomáticos y que la mortalidad ocasionada por el covid-19 (31.232 fallecidos a día de hoy) supone el 0,06% de la población y el 4,36% de los casos. En España, la gripe 2017-2018 afectó a 800.000 personas, 15.000 fallecieron, y no provocó la oleada de pánico que actualmente se está produciendo.

La inseguridad de los ciudadanos se agrava ante la actitud de políticos que, buscando un rédito partidista, se olvidan de ellos. Falta determinación política para adoptar medidas necesarias; se lanzan mensajes como "hay que tomar medidas", "seremos contundentes", "extremaremos la vigilancia", "durante las no fiestas pedimos responsabilidad" (lamentable idea ésta de las no fiestas que ha provocado que haya actos festivos incontrolados), etcétera, pero van pasando los días sin que nada nuevo se haga. Los ciudadanos asisten atónitos, y asustados la mayoría, irritados los más críticos, y todos ellos decepcionados, al enfrentamiento entre la clase política, utilizando su salud con espurios intereses partidistas. Bochornoso espectáculo en el Parlamento; lamentable lo acontecido en la Comunidad de Madrid. Escenificación entre banderas de algo parecido a un acuerdo entre gobierno central y madrileño; nombramiento de portavoz del Grupo covid-19 al Dr. Bouza, que acepta el cargo porque ingenuamente creía que le iban a dejar trabajar pero dimite en pocas horas. El Gobierno de Madrid confina zonas básicas de salud (¿alguien conoce los límites de su zona básica de salud?), pudiendo darse el caso de que una persona no pueda ir a una calle adyacente a su domicilio pero pueda desplazarse al trabajo hacinado en el metro haciendo tres transbordos. Medidas absurdas y que parecen, a priori, poco eficaces.

Estas circunstancias generan incertidumbre, inseguridad y miedo en la población, posiblemente en mayor medida que durante el primer confinamiento, porque ya está cansada. Pensando que al llegar la mal llamada nueva normalidad se podría volver a vivir con tranquilidad, la situación actual se percibe como un retroceso sin saber hasta cuándo se estarán dando pasos hacia delante y hacia atrás, pensando los más mayores que ya nunca vivirán como estaban viviendo. La clase política tiene la obligación de generar seguridad y confianza en la ciudadanía y eso se consigue con medidas adecuadas debidamente justificadas para que se entiendan, en un ejercicio de transparencia apoyado en una comunicación veraz. Transparencia y comunicación, esenciales en la clase política, pero que lamentablemente no siempre se practican.

Doctor en Medicina y Cirugía; Eexconsejero de Salud del Gobierno de Navarra