Tribuna abierta

Una generación que soñó todos los sueños

04.09.2020 | 01:09
Una generación que soñó todos los sueños

Es verdad que sembramos todas las semillas, pero no recogimos todas las cosechas. No importa. Sin embargo, logramos algunos frutos estratégicos en la esfera de las libertades civiles y políticas que configuraron una nueva realidad más progresista y moderna

cuarenta años después de la sustitución del franquismo por un régimen democrático todavía débil y asediado por enemigos internos, son muchas las reflexiones abiertas. Una de ellas me resulta de particular interés: la participación activa de una parte de la juventud de los años 70 y 80 en la épica de transformar la sociedad. Lo veo así, porque creo que en la experiencia de esa generación hay lecciones que podemos aprender. También, porque es de justicia recordar a quienes hicieron de la victoria necesaria sobre la dictadura un modo de vivir.

Los que fuimos jóvenes antifranquistas en los años 70 y 80 fuimos una generación destronada, en la medida en que los cambios políticos y económicos por los que luchamos quedaron en el camino. No obstante, la vida nos permitió soñar todos lo sueños y participar en todas las batallas. Sin pedir nada a cambio, con un desinterés que roza la santidad, no perdimos la oportunidad de influir cuanto pudimos en la construcción de una sociedad más libertaria y solidaria. Tal vez, un tanto inocentes, habíamos deseado una revolución que nunca llegó, pero con todo, errores incluidos, la generosidad y la entrega nadie nos la pudo ni nos la puede discutir.

Muchos formamos parte de partidos pequeños, ensoñadores. Fuimos a menudo voces críticas, buscadores de caminos, devoradores de libros desde el deseo de saber más. Digo que éramos muchos jóvenes, en el entendido que al mismo tiempo éramos minoría dentro de toda una generación.

Hicimos lo que pudimos. Vivimos en la clandestinidad con frecuencia, esperando que una patada en la puerta turbara la noche. Arriesgamos nuestra seguridad regando de octavillas subversivas las calles y plazas de nuestros pueblos. Y nuestras vidas se vieron alteradas al vivir bajo la amenaza de la brutal represión policíaca.

Tras la época oscura de la dictadura franquista, esta generación que pisó tantas comisarías y sufrió torturas contribuyó a difundir el sueño del cambio, siendo probablemente una de las mejores generaciones del siglo XX y de lo que llevamos del siglo XXI. Entiéndase, no digo que fuimos de los mejores por un atributo genético o per se, pues fueron las circunstancias de una dictadura que ni elegimos ni quisimos, las que nos obligaron moralmente a comprometernos y a vivir vicisitudes impuestas por la realidad.

Vivimos la esperanza de un cambio, pero también su caída. Entre nosotros, en nuestros partidos sin recursos, no hubo corrupción, solo había afán y anhelo por dejar una sociedad mejor a nuestros hijos e hijas. Corrimos riesgos personales, familiares, en nuestras cuadrillas, pero nada nos hizo renunciar a nuestra terquedad libertaria. Pasamos por todo, sueño, miedo, heroísmo, gloria, derrota, vértigo, encanto y desencanto, ilusión y desilusión.

La generación de luchadores, hombres y mujeres, de los 70 y los 80 fue brillante, intensa, anduvo todos los caminos, estuvo en todas partes, dio y recibió lecciones, quiso tocar con sus manos la gloria de sus ideales de juventud. Cierto que no lo conseguimos, pero estuvimos ahí, donde la vida nos pedía estar. Al hacerlo, nos permitimos vivir una vida plena, llena de sentido, poco dada a la pérdida de tiempo. Había que andar deprisa.

Nunca hemos buscado refugio en el pasado para contar batallitas o lucir victimismo. Tampoco nos ha interesado minimizar nuestra derrota a manos de la transición. En cambio, reivindicamos la lucha frente al fatalismo y la resignación, es el destino que nos construyó como seres humanos. Y de esta reivindicación es de donde nace nuestro orgullo. Es verdad que sembramos todas las semillas, pero no recogimos todas las cosechas. No importa. Sin embargo, logramos algunos frutos estratégicos en la esfera de las libertades civiles y políticas que configuraron una nueva realidad más progresista y moderna.

No se puede explicar el movimiento feminista sin el esfuerzo heroico de mujeres de esta generación de los 70 y 80; también fue importante en aquellos años la objeción de conciencia que consiguió suprimir el servicio militar obligatorio; mujeres y hombres homosexuales se jugaron la integridad abriendo caminos reivindicativos de sus derechos y mostrando a la sociedad su orgullo; aquella generación impulsó asambleas y métodos de autogestión en el ámbito sindical y en el político; dio impulso a las luchas por los derechos civiles, a la ley del divorcio, a la ley de aborto; impulsamos los conceptos de igualdad y de justicia; la conciencia medioambiental, las asociaciones de vecinos, en fin, muchas conquistas ya logradas y que los jóvenes de hoy viven como algo normal, son resultado de un esfuerzo abnegado que data de hace 40 años. Otros objetivos no los logramos, cierto, pero la misma denuncia de hoy a la monarquía tiene sus orígenes en las luchas de aquellos años. No importa si no logramos suprimirla, ese tiempo también llegará. Como he dicho, más allá de balances de errores y aciertos, lo principal es que estuvimos ahí, donde la vida y la sociedad nos demandaban.

Muchos y muchas seguimos participando en batallas por Otro Mundo Posible. Y es que, en palabras del escritor nicaragüense Sergio Ramírez, sabemos que la libertad se pierde puertas adentro sino se defiende puertas afuera.

No es este un artículo para el lucimiento de una generación comprometida contra la dictadura. Fue la vida misma la que colocó a esa generación en un lugar en que hubiera sido preferible no estar. Dictadura o libertad era el dilema. Lo que hago en este pequeño ejercicio de escritura es recordar y hacer honor a las mujeres y hombres antifranquistas, la inmensa mayoría seres anónimos de una gesta.