Tribuna abierta

Pornocracia real

01.09.2020 | 00:23
Pornocracia real

Ser comprensivo con el latrocinio es una traición al entendimiento y rendir esto a una forma de poder cínica, ladrona y manipuladora es también una traición al corazón. Lamento concluir de esta manera pero no atisbo una III República en el horizonte político español

el duque de Alba representó a Felipe II por poderes en su boda con la adolescente Isabel, 14 años, hija del rey Enrique II de Francia. Y no solo en la ceremonia nupcial sino también, aquella misma noche, en la consumación del matrimonio. Lo detallaba ante su gobierno el embajador veneciano, como reproduce en su Historia de Venecia el historiador británico John Julius Norwich: "La reina se retiró a sus aposentos y tras ella, a la luz de numerosas antorchas, entró el rey, su padre, en compañía del Duque de Alba. El duque, previamente descalzo de un pie, alzó un extremo de las sábanas de la cama de la reina y, tras insertar el susodicho pie bajo ellas, lo extendió hasta que entró en contacto con la piel desnuda de la reina. De este modo se entendió que había quedado consumado el matrimonio del rey Felipe mediante la intervención de una tercera persona: algo que nadie luego habría de saber o comprender". Yo tampoco, pero la gazmoñería monárquica de aquel entonces poco tiene que ver con la pornocracia real que se instaló en el reino de España y que alcanzó su nadir con la muerte de Carlos II el Hechizado, último de la Casa Austria, quien no gobernó durante los 35 años que duró su reinado (1665-1700), hasta el punto de que los historiadores (extranjeros) definen el periodo como monarquía sin monarca. Ni gobernó ni dejó descendencia, circunstancia que no podemos achacar a su agotamiento laboral sino a su agostamiento líbido. Solía decir "mataré con este puñal a quien me acuse de infidelidad" y mientras tanto los cortesanos murmuraban entre dientes€. "si no puede, si no puede".

Con la llegada de los Borbones, la cosa se animó mucho. Felipe V, el primer Borbón, sufría un trastorno bipolar que en fase de euforia se convertía en apetito sexual desaforado. Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre si su primera esposa, María Luisa de Saboya, murió de un carcinoma uterino, de los excesos carnales de su esposo o de ambas cosas a la vez, pues el monarca insistió en practicar el coito hasta en el lecho de muerte de la reina. De su segundo matrimonio con Isabel de Farnesio queda todo dicho si sabemos que fue tan complaciente en los juegos sexuales que practicaba con su esposo como entrometida en el gobierno del reino, que era la moneda de cambio para que este le dejase mangonear a su antojo hasta la locura final, cuando creyó convertirse en rana y acabó tragándose su propia lengua muriendo de asfixia. De su sucesor, Fernando VI, poco podemos decir en materia sexual, pues una enfermedad genital le impedía eyacular y tener descendencia. Casado y profundamente enamorado de Bárbara de Braganza –"Fea, pobre y portuguesa, chúpate esa", decía el pueblo de Madrid de quien dejó como legado el Museo del Prado–, la muerte de esta le llevó a la demencia, que solo atemperaba el opio que consumía.

Carlos IV resultó el reverso de la medalla de los borbones machos asaltacamas. Su esposa y prima carnal, María Luisa de Borbón y Parma, quien tuvo catorec hijos, confesó al canónigo Almaráz: "Ninguno de mis hijos e hijas lo es de Carlos IV y, por consiguiente, la dinastía Borbón se ha extinguido en España". La confesión llegó a oídos de su hijo, el ya rey Fernando VII, que recluyó al fraile de por vida en el castillo de Peñíscola para que no se pusiera en duda la legitimidad de los Borbones posteriores, y de paso la suya propia.

Fernando VII, el rey Felón por sus constantes traiciones, bien podía haber pasado a la historia como el rey Falón por su descomunal pene, que el escritor francés Prosper Mérimée describió "fino como una barra de lacre en su base, y tan gordo como el puño en su extremidad, además tan largo como un taco de billar". Se casó sucesivamente con tres sobrinas y solo con la última, y gracias a un cojín perforado que funcionaba como acoplador, pudo engendrar a su heredera, que reinaría como Isabel II. Para ello hizo pública la Pragmática sanción que impedía reinar a su hermano Carlos María Isidro, dando lugar a las guerras carlistas.

Isabel II resultó Borbón hasta las chancas. La casaron con su tío Francisco de Asís de Borbón y Borbón. "¡No, con Paquita no!", dicen que dijo Isabel, conocedora de la homosexualidad del candidato. Valeriano y su hermano Gustavo Adolfo Bécquer son los presuntos autores de Borbones en pelota, el más corrosivo panfleto del siglo XIX. No existe un ejemplar completo del mismo, pero queda para la posteridad el ripio que hace honor a Francisco de Asís: "Paco Natillas es de pasta flora y mea en cuclillas como una señora". Más creíble resulta su esposa la reina tras su noche de bodas: "¿Qué puedo decir de un hombre que lleva más puntillas que yo?" Lo lamentó cada día, pero se congratuló cada noche pues casi seguro que sus cinco hijos –cuatro mujeres y un varón– eran de cinco padres diferentes. En concreto, su heredero Alfonso XII era hijo de un americano de nombre McKeon, asistente de dentista, si bien algunos historiadores otorgan la paternidad al militar Enrique Puigmoltó, del Cuerpo de Ingenieros. Fuera como fuese, se evitaron problemas de consanguinidad generados por tanto tráfago de borbones en la cama. Alfonso XII, viudo y vuelto a casar, falleció a los 27 años dejando atrás un gran número de amantes y un hijo póstumo, Alfonso XIII, que nació ya rey, el primero en cinco siglos. Gran copulador y aficionado al cine, encargó el rodaje de películas pornográficas para su exclusivo disfrute. Como rey fue un desastre. Dejó un legado de cuatro hijos ilegítimos y un país con una guerra civil a cinco años vista. Murió exiliado en Roma, donde nació el luego rey Juan Carlos I, hijo de dos Borbones: Juan de Borbón y Battenberg y Mercedes de Borbón y Orleans. Nuevamente, las sábanas se enredaban entre las piernas de los Borbones. Juan Carlos (Juanito) nació guapo, pobre y romano, chócame la mano. Los psicólogos insisten en que en los primeros cinco años de la vida es cuando todo se decide. Aprendió Juanito que la apostura y la galanura es mucho en la vida pero lo esencial, lo que de verdad lo puede todo, es el dinero. Casado con Sofía de Grecia, su mujer a remolque, se entregó a infinidad de aventuras amorosas conocidas en el mundo cortesano por políticos, periodistas, etc, y vistas con comprensión como versión actualizada de los Borbones en pelota. Corinna Larsen, su ahora contrariada amante y antes socia en retro-comisiones, ha declarado que su desmedido amor al dinero –"contaba los billetes en una máquina disfrutando como un chiquillo"– tal vez tuviera que ver con una juventud a dos velas. Pero la pareja presuntamente delincuencial suponía una novedad en la historia de la pornocracia borbónica. Esta vez, lujuria y codicia caminaban de la mano y acabaron deslustrando el metal de la Transición, la reversión del golpe de estado del 23-F, la integración en Europa€ La mayoría del sistema –grandes empresarios y banqueros, ejército, partidos políticos–, y lo que es peor, gran parte de la ciudadanía que bastante tiene con sobrevivir en estos tiempos está dispuesta a olvidar las fechorías de Juan Carlos I, en ignorado paradero hasta que sepamos fehacientemente dónde reside mientras se nos dice que vive en el colmo de la suntuosidad. Es todo un retroceso a lo más rancio de la pornocracia, con pleno conocimiento de causa y en contra de todo sentido común. Algo grave está ocurriendo al identificar la verdad con la razón de Estado: ser comprensivo con el latrocinio es una traición al entendimiento y rendir esto a una forma de poder cínica, ladrona y manipuladora es también una traición al corazón. Lamento concluir de esta manera pero no atisbo una III República en el horizonte político español.Abogado