Tribuna abierta

El mañana es hoy, cambios que vinieron para quedarse

01.05.2020 | 01:31
Una barrera de la policía alemana en el distrito berlinés de Kreuzberg en este Primero de Mayo.

la pregunta es mundial: ¿cómo será la nueva sociedad, una vez pasada la crisis de la pandemia? Seguro que habrá cambios. Algunos han venido para quedarse y convivir con nosotros y otros serán nuevos, de adaptación a las nuevas condiciones de vida. Cada país los manifestará según su idiosincrasia.

Tendremos que acostumbrarnos a convivir con el nuevo virus que ha venido para quedarse y, dadas las circunstancias que le rodean, su erradicación de la sociedad se presume tardará bastante.

Las elites económicas asistidas por el Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional han neutralizado al Estado tratando de minimizarlo mediante privatizaciones del sector público y la conversión en mercancía de las necesidades vitales como los alimentos, la educación, la sanidad y la vivienda.

El Estado debe garantizar los servicios públicos, el control de líneas estratégicas como la energía, la tutela sobre las necesidades básicas de la población, interviniendo sobre los alquileres, la soberanía alimentaria y los sistemas educativo y sanitario.

Los sistemas económicos se han sucedido en la Historia de forma natural como consecuencia de cambios técnicos que modificaban la sociedad. Así, la Edad Contemporánea sucede a la Moderna y ésta a la Edad Media. Bien es verdad que cada cambio llevaba violencia en su adaptación. La única vez que se ha intentado cambiar un sistema conscientemente, de forma racional, por parte de los humanos, fue la revolución socialista que se pretendió a partir de una estructuración filosófica y no funcionó porque los humanos no estamos preparados para este tipo de pensamientos tan evolucionados.

Al margen de este intento, los sistemas económicos han funcionado siempre solos. El capitalismo no lo hizo nadie. Es de ignorantes hablar de refundación del capitalismo porque no lo fundó nadie. Ahora tenemos una oportunidad para implantar un sistema desde la lógica y no desde el azar. Si no lo hacemos nosotros, será el propio desequilibrio social el que generará un sistema nuevo. El mundo cuenta con 7.000 millones de habitantes pero tiene un máximo al que se llegará rápido vistas las tasas de crecimiento. La supervivencia de la especie humana exigirá entonces cambios estructurales a los que desconocemos si nos podremos adaptar.

Respecto a la sanidad, el miedo se ha adueñado de la sociedad mundial. La sanidad posiblemente experimente una reversión positiva hacia la sanidad pública, visto el descalabro producido por tanto recorte y privatización. Se abrirán nuevos nichos de negocio en la investigación y producción de elementos en el campo sanitario. Los Estados tendrán que asumir el coste de los nuevos medicamentos, accesorios y procedimientos sanitarios.

Desconocemos las consecuencias sociales y psicológicas del confinamiento domiciliario y del aislamiento mantenido durante mucho tiempo. El aislamiento continuado es contrario a la socialización de la persona humana y tiene su influencia en aspectos sociológicos y psicológicos. La pandemia ha puesto al descubierto las deficiencias del sistema en que vivimos, y cuya erradicación exige unidad de acción a escala mundial.

No sabemos si se alterará la manifestación de las relaciones sociales actuales. Sin duda, mientras no haya una vacuna efectiva contra el virus, el temor a una recidiva retraerá las relaciones humanas. Quienes gocen de un sistema público fuerte podrán vacunarse. Habrá millones de personas en el mundo, de países sin sistema público, que no podrán hacerlo pues será un negocio privado. Y el caso es que todas y todos merecemos la vacuna.

El estado del bienestar se caracteriza por la reducción de la dependencia del individuo respecto del mercado. Si la salida de la crisis va por el lado de someter a las mayorías a políticas financieras depredadoras, con el mercado como instrumento central, las consecuencias serán tremendas: más desigualdad, más pobreza, más racismo, más fascismo, más apartheid social.

La participación del ejército colaborando con el poder civil en la lucha contra la pandemia ha existido en todos los países. Sin embargo, la notoriedad que ha alcanzado en España no se ha dado en ningún otro país, salvo en China, su presencia omnímoda se mantendrá en la sociedad civil española. Durante la crisis sanitaria apareció el ejército como pieza importante en labores asistenciales e informativas en los medios de comunicación. Era desalentador ver en la televisión al principal equipo informativo sanitario, formado por dos o tres militares, un general de la Guardia Civil, un médico y un funcionario del gobierno.

Consecuentemente, el ejército con la UME (Unidad Militar de Emergencias) puso de manifiesto la vital necesidad del ejército en la vida civil española. El espíritu patrio de los socialistas (año 2005, José Luis Rodríguez Zapatero). Crearon esta unidad de intervención para casos de catástrofes, grave riesgo, calamidad u otras necesidades públicas y demás desgracias. Su creación en su día fue ampliamente discutida por el Partido Popular por considerarla innecesaria. Quedó integrada en el ejército y no se les ocurrió que podía ser un cuerpo civil autónomo, con presupuesto propio, o bien integrado en el cuerpo de bomberos.

En fin, el espíritu patrio heredado y mantenido hace que el ejército español intervenga a efectos propagandísticos, como una ONG, en labores humanitarias internacionales. Se compara con otros ejércitos que también actúan internacionalmente con la falsa pretensión de humanidad, cuando lo que hacen es defender los intereses económicos de sus países. Lo difícil y comprometido es explicar comparativamente la utilización del ejército español en el extranjero.

El control de la sociedad civil por parte de los poderes fácticos se mantendrá o aumentará mediante técnicas modernas actualmente ya en uso. Se dice que es por nuestro bien, dadas las "conductas incívicas" de algunos ciudadanos que no respetan las indicaciones gubernamentales.

A efectos preventivos es fundamental la localización espacial del ciudadano. Para ello contamos con drones, teléfonos móviles y análisis facial automático por fotos. Sólo nos falta que el DNI lleve un chip localizador. En todo momento el personal está localizado, parece un cuento de miedo pero ya está en vigor. En tiempos de catástrofe, este tipo de dispositivos de vigilancia recibe el apoyo popular. No obstante, cuando se vuelve a la normalidad no desaparecen y quedan coartando la libertad democrática ciudadana.

El Gran Hermano vive en nuestra sociedad mediante el control de la información, comunicaciones telefónicas, mensajería, redes sociales, radio, prensa, televisión, etc.

Esta tecnología que aparentemente nace para ayudar a la población, se convierte en una herramienta policial de control de uso político. Así, es humano oír a espíritus sensibles "si no has hecho nada malo, no tienes nada que temer", y se quedan tan frescos.

En París hay drones que vigilan las zonas de acceso prohibido; en Corea del Sur hay sensores que alertan a las autoridades cuando la temperatura de un habitante representa un peligro para la población; en Polonia, los habitantes deben elegir entre instalar una aplicación de verificación de la cuarentena en su teléfono móvil o recibir visitas imprevistas de la policía en sus domicilios.

Los posibles cambios que hubiera en la sociedad son decisiones políticas, y la política es una profesión. La preocupación de los políticos, como la de cualquier trabajador, es que no peligre su puesto de trabajo del que sacan sus beneficios.

Resulta de espíritus pusilánimes escuchar: "La política no me interesa". Son decisiones políticas las que obligan a los médicos a elegir qué enfermos van a intentar salvar y cuáles tienen que sacrificar, por falta de material sanitario. Esta crisis no es sólo sanitaria, sino también política. Los medios de comunicación y los ciudadanos no deberían dejarse distraer totalmente con la epidemia.

Somos nosotros quien tenemos que decidir cómo será el futuro. Las sociedades de las próximas décadas dependerán de las decisiones que tomemos en el futuro inmediato.

Controlemos lo que los políticos hacen ahora, porque quien gobierne en los próximos años no podrá revertir lo que ahora se decida.

Las actuales medidas políticas significan inmensos experimentos sociales con centenares de millones de personas, industrias enteras han pasado a trabajar desde casa, universidades y escuelas han pasado a la enseñanza online, los gobiernos están inyectando billones en la economía, considerando aspectos como la renta básica universal. Un nuevo orden emergerá y se solidificará, por tanto, el momento de influir en la dirección de la historia es ahora.

No se trata de discutir el modelo de desarrollo vigente en nuestro mundo sino de cambiarlo.

La reconversión de la estructura económica será total, en la producción y distribución, en la capacitación laboral, etc. Los nuevos materiales y la nueva tecnología permitirán un salto adelante del sistema capitalista que palie la contradicción entre el aumento de la productividad, la disminución del empleo y la necesidad de crecimiento ilimitado del consumo para la supervivencia del sistema.

El trabajo domiciliario de las empresas aumentará con lo que conlleva de cargas de trabajo doméstico, sistemas de control, sistemas de salarios, conciliación familiar, etc. Lo que parece una ventaja puede convertirse en una esclavitud.

El coste económico de todos estos cambios y el mantenimiento de la estructura socioeconómica vigente tienen su reflejo en la deuda pública. Una deuda pública impagable para unos países en beneficio de otros, con lo que las desigualdades y desequilibrios aumentarán. Respecto a los eurobonos, se comprende el rechazo de alemanes, holandeses y austriacos a mutualizar riesgos con unos países que no han hecho sus deberes de sanear las cuentas tras años de crecimiento. "No se fían".

Las medidas económicas que en crisis anteriores no dieron resultado, ahora se trata de repetirlas. Si hacemos lo mismo, cómo podemos esperar resultados diferentes. Así como en medicina se desconoce el coronavirus, en economía se desconocen las medidas eficaces a adoptar para solucionar la crisis. Los griegos pagaron el precio más alto del último rescate. Ignoramos lo que hay que hacer, pero si sabemos lo que no hay que hacer. Falta conciencia y voluntad política.

Los países están compitiendo entre sí para la producción y distribución de equipos médicos. La producción es ineficaz y la distribución es injusta. Necesitamos un acuerdo global para racionalizar la producción y para asegurar que los equipos van a los países que más lo necesitan, en lugar de ir a los países que pueden pagar más.

Los pequeños negocios por riesgos de contagio han cerrado sus puertas en todo el mundo. No disponen de servicios de entrega a domicilio ni ventas on line. Tras la crisis, cuántos abrirán y en qué condiciones, quizás se esté perfilando una nueva sociedad sin contactos personales.

El resultado inmediato comprobado en este corto periodo de paralización de actividad y de confinamiento, ha sido la mejoría del medio ambiente. No creo que se saque lección y se cambien comportamientos dado que la estructura productiva y mental es contaminante.

Todo el mundo conoce el coste para el planeta de las deforestaciones, las deslocalizaciones, la acumulación de residuos y la movilidad permanente que supone el turismo como fuente contaminante.

Ahora, el proteccionismo, la ecología, la justicia social y la salud están vinculados entre sí. Se trata de los elementos clave para una coalición política antisistema lo bastante fuerte como para exigir, desde ahora, un programa de ruptura.

El sistema que estamos viviendo en la Tierra, este capitalismo viejo, caduco y acabado, no es capaz de solucionar los problemas que genera. Entonces, ¿qué sentido tiene que se tomen medidas solo para hacer frente a los efectos de la pandemia a la espera de que acabe y volver a rehacer la situación anterior? Parece mentira que todos estos cambios y situaciones se diga que provienen de un problema sanitario y que tienen como finalidad la defensa del género humano, cuando lo que se pretende es mantener la estructura social intacta, como ocurre en El Gatopardo.Doctor en Ciencias Económicas (EHU/UPV)