Mi señora esposa tiene una pelea titánica con los mosquitos que cada mañana se apoderan de nuestra cocina nada más hacer el zumo de naranja del desayuno. Trapo de cocina en mano, sacude a los mosquitos con tal fuerza que, más allá del peligro que corren los muebles y la vajilla, acabará más pronto que tarde con un desgarro muscular dado que el esfuerzo es, a todas luces, sobredimensionado con respecto al objetivo que se pretende que no es otro que acabar con los molestos bichitos.

La cuestión no es nada baladí y la traigo a colación por el momento delicado que vive la ganadería actual, con las numerosas, continuas y persistentes enfermedades animales que traen a los ganaderos por la calle de la amargura con tanto mosquito, de un lado a otro. Llevamos los últimos años inmersos en una enfermedad permanente. Cuando no es la lengua azul, y elija usted mismo el serotipo que más le guste, es la enfermedad hemorrágica epizoótica que tantas vacas mandó al matadero.

Y si no, mientras escuchas que en el norte de Europa andan alarmados por la gripe aviar, aquí descansamos, pero no demasiado dado que, para cuando le coges gusto al sillón, te informan de que vía Francia entra la dermatosis nodular contagiosa en Cataluña, con esos nódulos, bultitos, que tanto asco dan sólo mirarlos, y que en caso de afectarte te aboca al vacío sanitario. Finalmente, cuando no se ha levantado el pie del freno por la dermatosis, nos vemos envueltos en la locura de la gripe aviar. ¿No quieres taza? Toma, taza y media.

Quizás sea apresurado decir eso de finalmente, puesto que mucho me temo que para cuando empiece a calmar lo que tenemos entre manos, o antes incluso, tendremos sobre la mesa una nueva virosis, un nuevo serotipo o una intrigante mutación de los mosquitos que vaya usted a saber qué consecuencias tienen para la ganadería.

Todo esto en un continente, el europeo, en un Estado, el español, donde conviven múltiples modelos productivos y donde cohabitan modelos de comercialización radicalmente diferentes, con unas explotaciones, las más modestas, orientadas a un mercado más cercano al punto de producción y a una venta al menos en parte directa o de comercio tradicional; y por otra parte con otras explotaciones más grandes, dirigidas a la industria agroalimentaria y comercializados en la distribución organizada. Parte de esta ganadería, además, está dirigida principalmente a los mercados exteriores y/o exportación.

Estas últimas son las que generan la macroeconomía, las que sustentan los siempre grandilocuentes números de la exportación para un Estado que, en muchos subsectores ganaderos (porcino, cebaderos de vacuno para carne, aviar, etc.) es excedentario y que, por lo tanto, su mejor carta de presentación ante esos países importadores es su calificación sanitaria.

El trapo de cocina de mi señora

Es comprensible, por tanto, que la sanidad animal, para todos los modelos pero muy especialmente para los volcados en la exportación, sea clave, dado que en el hipotético caso de un cierre de fronteras en alguno de los países importantes (China, Magreb…), el castillo de naipes se derrumba en un santiamén y consecuentemente, es un aspecto que los responsables políticos tienen muy presente.

En este contexto sanitario e integrados como estamos en un estado eminentemente exportador, muchas ganaderías tienen la sensación de que se atajan los problemas sanitarios a la tremenda y, a similitud de mi señora, matando moscas a cañonazos.

Es difícil, lo sé, buscar el equilibrio y adoptar medidas que sean proporcionales a la realidad diversa del campo pero también creo que, mientras la gran política europea nos empuja a reducir la capacidad productiva, a dejar nuestra soberanía alimentaria en manos de países terceros a los que venderemos coches, trenes o tecnología, a incrementar los estándares de bienestar animal eliminando jaulas y empujando a los animales a salir al campo a pastar, aumentando el espacio disponible por animal, complicando los requisitos del transporte animal, etc. , simultáneamente las normas sanitarias nos llevan en dirección contraria, a recluir el ganado en naves de forma permanente, a cerrar las instalaciones como si fuesen instalaciones de alta seguridad, a que todos los vehículos que se acerquen desinfecten sus ruedas y remolques, a que ninguna persona ajena a la explotación entre y/o en su caso, si entra que entre pertrechado de buzo, botas de seguridad, guantes y protección respiratoria, gafas, etc., o sea, como si fuese un operario que va a retirar el amianto de un edificio.

Imagino que, una vez más, no todo es ni blanco ni negro y que entre calvo y 4 pelucas hay una distancia considerable donde cabe el punto central y los matices que, como siempre, serán los que posibiliten que los productores puedan seguir trabajando sin volverse locos.