Homenaje de un belga a Joseba Arregi

29.09.2021 | 00:50
Joseba Arregi

Con mi pobre nivel de castellano –cierto alcalde donostiarra me llamaba gringo–, quiero expresar mi admiración por uno de los pocos, poquísimos, hombres verdaderamente grandes que he conocido en mi vida.Nos conocimos en 1989. Mi amigo Mikel Ibarrondo, Kokolo para los amigos, le había convencido para que me propusiera organizar un acto de apoyo al Festival de Cine de San Sebastián. Y así, una mañana de domingo, Joseba Arregi, acompañado de algunos colaboradores, llegó para mi gran sorpresa a Zaragoza, donde yo participaba en un congreso sobre el desarrollo de la producción audiovisual en Europa. Escuchó con mucha atención mis explicaciones sobre la problemática de los productores independientes y la distribución de los documentales, y al final de la reunión nos dimos la mano... y ese fue el comienzo de una colaboración que nunca sufrió la más mínima tormenta ni el más mínimo sirimiri, como decimos en Euskadi.Un año más tarde, se celebraron los Donostia Screenings, un mercado de producciones documentales en el Palacio Miramar, sobre la playa de La Concha, y un centenar de responsables de televisiones vinieron de toda Europa a comprar películas.Este gran éxito se debe casi exclusivamente a Arregi, que no escatimó esfuerzos para superar la oposición de los tecnócratas de Bruselas a este proyecto, y que entendió desde el principio que sería beneficioso para los cineastas de su país y para el festival. Pasaron unos meses cuando, para mi gran sorpresa, me llamó por teléfono para ofrecerme la dirección del festival de cine, cuyos resultados habían sido bastante decepcionantes durante varios años.Y así tuve el placer y el honor de dirigir el Festival de San Sebastián junto con mi amigo Koldo Anasagasti. Durante los dos años que Koldo y yo desarrollamos el festival, Arregi fue un ministro muy activo, en contacto permanente con el equipo del festival, apasionado y vigilante de la calidad de nuestra acción. Con su apoyo, el número de espectadores se duplicó en el primer año y, como resultado, a principios de 1992 las revistas de cine más importantes (Variety, Screen y Hollywood Reporter) situaban al Festival en el cuarto lugar del mundo, después de Cannes, Berlín y Venecia.Hombre íntegro y creativo, Arregi no se contentó con acompañar el desarrollo del Festival, especialmente apoyando la creación de una sección de cine documental, sino que fue también, como algunos parecen querer olvidar, el principal impulsor del Museo Guggenheim, y recuerdo con emoción el día que me mostró la maqueta del museo y su entusiasmo por este proyecto, en el que pocos creían entonces. A pesar de los buenos resultados del festival, el alcalde de Donostia entró en conflicto con el equipo – probablemente soñaba con estrechar la mano de Rambo y besar a Kim Kardashian, en lugar de dar la bienvenida a los artistas del cine independiente–. Arregi obviamente nos defendió, pero por presión política de Madrid tuvo que ceder... Y Koldo y yo nos fuimos a otros proyectos. Con profunda tristeza me enteré de la muerte de este gran hombre, profundamente vasco y profundamente democrático, que me había brindado su amistad.

Rudi Barnet, delegado general del Festival de Cine de San Sebastián (1991 y 1992)

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