El jueves falleció a los 73 años Uliana Semenova, la gigantesca –2,13 metros– exjugadora de baloncesto soviético-letona, aquejada de nacimiento de acromegalia y que dominó las canchas en los años 70 y 80. Doble campeona olímpica, podría haberlo sido cinco veces si el basket femenino no hubiera comenzado su andadura tan tarde –en 1976– y de no mediar el boicot de la URSS en 1984. Además, diez veces campeona de Europa, once veces por clubes y un breve paso por la Liga Española ya en el final de su carrera, concretamente en el Tintoretto de Getafe en 1987, con el que quedó subcampeona. Limitada lógicamente de movimientos, Semenova poseía no obstante un buen tiro con su mano izquierda y su bondad y aspecto amable le hicieron ganarse el corazón de los aficionados, algo que también pasaba con su homónimo masculino, el también gigante soviético Vladimir Tachenko, otro que combinaba su tamaño con su bonhomía.

Circula por las televisiones un reportaje sobre Semenova que en cierta forma parte el alma, ya que su vida estuvo en buena medida lastrada por su altura, enfermedades y, por supuesto, por las exigencias de la férrea vigilancia soviética, que le impidieron ganarse la vida al nivel que se la hubiese ganado en casi cualquier otro lugar. Recordaban en Getafe que del millón y pico de pesetas mensuales que le pagaban, solo 52.000 eran para ella y el resto iba destinado a la Federación Soviética de Baloncesto, una situación en la que se vieron envueltos algunos jugadores soviéticos y yugoslavos hasta la caída de los regímenes, especialmente los soviéticos, con jugadores destacadísimos en los 70 y 80 que solo a finales de los 80 pudieron comenzar a salir de su país para labrarse un futuro al nivel de su talento. Una leyenda que muere y que ha tenido que recibir ayuda económica de excompañeras francesas y españolas y aficionados para pagar sus gastos en los años finales de su vida.