La primera edición de Leonora se publicó en la editorial Olalla. La portada era preciosa, negra con el nombre de Leonora en relieve y al lado una magnífica reproducción de Nuda Veritas de Gustav Klimt. Regalé libros a los amigos. Después se publicó en Ediciones EMCE, con tapa dura y un bonito fondo amarillo. En la portada, el mágico cuadro de El beso. Años después, con el mismo formato, se editó en Salamandra y la última edición es de Random House Mondadori en su colección Best Seller. De todas las ediciones –no tengo ninguna– me gustaba especialmente la primera. Mi hijo Dani la encontró en Internet y la pidió. Le dijo a la vendedora: “Es para mi madre que es quien la escribió, pero no tiene ningún ejemplar. Me hace ilusión regalársela”. Leonora llegó y se quedó entre los libros de mi mesa de trabajo. Pasaron unos días y, cuando iba a ponerla en la librería, se cayó al suelo una carta.

Hola Carmen, empezaba la carta.

¿Quién me decía hola Carmen? Busqué en la papelera y aún no había tirado el pliego con que estaba envuelto el libro. El remite era de un pueblo de Valladolid, lo enviaba una tal Ruth y decía:

Klimt está en mi vida desde que era una adolescente, está incluso tatuado en mi espalda. Este, tu libro, ha sido uno de mis favoritos durante décadas. Gracias por escribirlo.

Acabo de salir de una relación de pareja y en la mudanza he revivido mi pasado, tanto en cuanto a los objetos como en lo emocional.

Tenía una dedicatoria.

Si este libro me lo hubiera comprado yo seguiría conmigo.

Me hace enormemente feliz que vuelva a ti.

“Cuando estuvo frente al cuadro comprendió (pagina 194 de mi novela Leonora) que en aquella mujer entregada, adormecida por la ternura de un beso, se contenía todo lo que debía de significar el amor”.

Es hora de que ese sea el amor que elija.

Un fuerte abrazo

Ruth.

Estuve unos segundos sosteniendo la carta fascinada. Hacía 26 años que había escrito Leonora. Contesté a aquella Ruth desconocida y ahora nos hemos hecho amigas. Amigas de una semana, pero amigas para siempre. Me contó que sus dos relaciones anteriores habían sido tormentosas. El maltrato continuo, físico y de palabra, llenó un tiempo desesperado que terminó hace muy poco tiempo. La semana pasada hablamos y las heridas estaban abiertas, pero las decisiones totalmente cerradas.

Cuando empecé a pensar en terminar mi última relación de maltrato (ultima en todos los sentidos, se terminó y no volverá a haber otra) pensé que “soltar, dice la RAE, es dejar o dar libertad a quien estaba deteniendo el paso. También dice: Empezar a hacer algo. Así que soltar es libertad para absolver al próximo y al mismo tiempo, emprender un nuevo camino”. Y, en ese momento de tristeza, salió la vena poética de la víctima. Ruth es periodista y poeta y, de aquellas lágrimas, nacieron versos.

Y he ahí/ la belleza de soltar/ que abarca tanto/ la redención como la reinvención. 

Lo que soy ahora/ no lo define mi destino, /no está trazada a fuego/ la travesía de mi biografía;/ si me abro a abandonar/ la cárcel de mis limitaciones y me atrevo a cruzar/ el umbral de mi nuevo sendero,/ sin temor a abrazar / enteramente el misterio.

Entonces y sólo entonces/ seré una con el todo/ y en esa infinitud/ podría parecer que errante/ transito por este mundo,/ mas sin embargo/ categóricamente afirmo,/ que nunca me sentí mas dichosa/ por que en aquellos momentos/ fui soberana y libre, / un paso, tras otro, / Viví.

Estos versos y vivencias que, increíblemente, me ha traído Leonora, quisiera escribirlos a fuego para que los lean las mujeres que, en este mismo momento, están sufriendo maltrato de sus maridos. Ya basta. Seguir el ejemplo de Ruth y VIVIR.

Ruth y yo hablamos, hablamos y hablamos. Todavía se siente cansada, “porque aún estoy volviendo a mí, recordando quién soy y qué es vivir. Es triste el destino de muchas mujeres que sufren tanto en manos de los que, presuntamente, aman. Ese amor equivocado de Ruth que destrozó el puzle delicado de su vida. Ahora, en un ahora doloroso, está buscando cada pieza para unirla otra vez y ser feliz.

No es suficiente poner un policía a una mujer maltratada. Un descuido. Solo un descuido termina en un asesinato. Las estadísticas hablan. Es la duplicidad del amor, esas dos caras que esconde el maltratador y hace a la víctima confundir las rosas con los golpes y con los insultos. Ruth me dice que se equivocó por segunda vez, de nuevo un maltratador. Tuvo que tener mucha fuerza para romper esta situación tóxica. “Tardé casi un año en hacer caso a mi alma. Ahora he entendido el mensaje que brilla dentro de mí y casi una premonición de cómo me siento hoy. Digo casi porque aún estoy volviendo a mí, recordando quién soy”. Quisiera escribir otra Leonora y todas las leonoras necesarias para sentir, desde lejos, la sonrisa de una lectora que yo no sabía que existía.