El VAR llegó como una herramienta revolucionaria cuya implantación propiciaría un fútbol más justo. O eso se empeñaron en asegurar los dirigentes y cabezas visibles de este deporte. Como el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, quien ha asegurado que el videoarbitraje “está ayudando al fútbol y no lo está dañando” y que ha servido para “limpiar” el deporte, o el Jefe de Arbitraje de la UEFA, Roberto Rosetti, quien ha valorado el impacto del VAR como “absolutamente positivo”. Extécnicos reconocidos de los dos equipos más grandes de la Liga, como no podía ser de otra manera, también han ensalzado esta nueva tecnología: Zinedine Zidane, ex del Real Madrid, ha afirmado que el VAR “siempre va a ayudar”, mientras que Pep Guardiola, ex del Barcelona, ha llegado a decir que “será mejor en el futuro” a medida que se perfeccione. Y, no me escondo, yo también lo creía así. Hasta que se han producido los últimos episodios en San Mamés y en el Santiago Bernabéu, confirmados además por los consiguientes neverazos (castigos) a sus responsables. Ahora me quedo más bien con la sentencia que ha puesto de moda el técnico Pacheta: “Un periodista dijo que el VAR arregla un montón de problemas, pero solo los que quieren”. Mientras tanto, en la planta noble de Anoeta se han decantado por no alzar la voz. Consideran que es la mejor opción para los intereses de la Real Sociedad. Veremos...