EL desánimo que produce opaca la auténtica dimensión de la miseria que acumula la imagen de María Corina Machado forzando una sonrisa ante la satisfacción de Donald Trump, que atenaza con ambas manos la medalla del Nobel de la Paz al que se hizo acreedora la tenaz opositora venezolana. Se diría que la mano que apenas apoya en el marco la que ha sido reserva ética de las esperanzas de democracia para Venezuela es el inseguro gesto de aferrarse al salvavidas que permite a ese sueño seguir flotando en la corriente cuya dirección sigue sin poder determinar la ciudadanía soberana.
Trágico entramado para la dignidad y el derecho se está construyendo en el que los desesperados solo pueden elegir a merced de quién quedar. Ante quién humillarse para eludir la derrota o el exterminio. A María Corina Machado la quiere más el pueblo que su presunto libertador. Es una cuestión de utilidad y la Administración estadounidense no lo esconde: Delcy Rodríguez seguirá mientras sea útil y la democracia volverá a Venezuela si llega a ser necesaria en el proyecto del imperio trumpista. Hoy no lo es.
Enterrando la inundación
Investigación de la dana. Sorprende cómo algunos siguen secos pese a la inundación que se llevó por delante a 230 personas en Valencia. A José Manuel Cuenca, exjefe de gabinete de Carlos Mazón, el hombre al que todos señalan como la voz y el filtro del presidente entre lo importante y lo prescindible, aún no se le ha movido un pelo y es imposible conocer su papel como nexo de Mazón en la tarde maldita porque ha formateado su móvil y su cruce de mensajes de un año es irrecuperable. Se saben los que cruzó con otros por sus teléfonos, pero los determinantes están enterrados bien profundo.
La insultante salva de aplausos que la corte dedica a su emperador celebra la muerte del derecho: del internacional y del interno. No nos engañemos: no hace falta formar brazo o puño en alto para carcomer la democracia. Los populismos no nacen con Trump sino con una sociedad dispersa que los naturaliza como alternativa a la convivencia. Es el ‘yo’ disfrazado de ‘nosotros’ que sitúa las dificultades para resolver los problemas en la responsabilidad del ‘vosotros’ y la frustración por los anhelos insatisfechos culpa a la esfera del ‘ellos’.
Un salto de dos siglos y medio al pasado, donde los seres humanos han vuelto a no nacer iguales en derechos y libertades por su condición de personas y, como dijo el cerdo Napoleón en la granja que describió George Orwell, “algunos animales son más iguales que otros”. A costa de ellos.