Este 14 de diciembre se cumplió una década de un hito notable para la historia reciente de la Iglesia vasca y el mundo del cooperativismo. En 2015, el Papa Francisco autorizó la promulgación del decreto que reconocía las virtudes heroicas de José María Arizmendiarrieta (1915-1976), otorgándole el título de Venerable. Este paso, previo a la beatificación, no es un mero trámite administrativo en la causa de canonización: constituye la confirmación eclesial de que su vida fue un ejercicio heroico y ejemplar de las virtudes evangélicas.
A menudo, al hablar de Arizmendiarrieta el foco tiende a centrarse en la magnitud sociológica y económica de su obra: la Experiencia Cooperativa de Mondragón. Es tentador quedarse en las cifras, testimonio de un gran trabajo y de sus numerosos frutos. Sin embargo, este décimo aniversario nos invita a rescatar el origen más desconocido de dicha obra: su identidad sacerdotal. El lema que le acompañó durante toda su vida, aprendido en el seminario de Vitoria y grabado a fuego en su ministerio, es inequívoco: “Siempre sacerdote, sacerdote en todo, sólo sacerdote”. Arizmendiarrieta comprendió que la transformación del mundo de la empresa para poder así transformar la sociedad formaba parte de su misión evangelizadora.
Esta peculiar manera de vivir el ministerio sacerdotal fue guiada por la providencia y no por los deseos del joven marquinés. Tras su ordenación, Arizmendiarrieta quiso estudiar Sociología en la Universidad de Lovaina. Sin embargo, la obediencia a su obispo le destinó en 1941 como coadjutor en Mondragón, un pueblo aún dividido por las heridas de la Guerra Civil. Esa decisión, que truncó sus planes académicos, constituyó el germen de todo lo posterior. Paradójicamente, ese puesto de coadjutor fue su único empleo formal hasta su muerte. Su liderazgo no fue desde la dirección empresarial, el sindicato o la política, puestos aparentemente más idóneos para la transformación social, sino desde un ministerio sacerdotal que supo trasladar la Doctrina Social de la Iglesia a la práctica, convirtiéndola en Evangelio vivo dentro de las estructuras económicas.
A pesar de una apariencia de éxito, su vida no estuvo alejada de la cruz. Los testimonios recogidos en su proceso de beatificación describen una entrega que evoca un martirio incruento. No fue un sacrificio de sangre, sino de desgaste diario: reuniones interminables, viajes agotadores, incomprensiones tanto dentro como fuera de la Iglesia y una austeridad personal radical. Vivió pobre, dependiendo únicamente de su sueldo parroquial, rechazando cualquier beneficio de las empresas que ayudó a crear. Esta pobreza no era una pose, sino la libertad necesaria para servir sin servirse. Lejos de ser un líder de masas que arengara desde el púlpito –tarea que, de hecho, le suponía un esfuerzo costoso–, Arizmendiarrieta optó por la pedagogía del trato personal y la reflexión escrita. Su confesionario, su despacho y sus numerosos escritos fueron los verdaderos lugares donde forjó las conciencias de sus feligreses y colaboradores.
Arizmendiarrieta tomó así el testigo de la inquietud social que la Iglesia venía madurando desde la encíclica Rerum Novarum (León XIII, 1891). Pero no se limitó a predicar sobre la justicia; se empeñó en construirla, ya que, como le gustaba decir, “las buenas ideas son las que se saben traducir en obras, y las buenas palabras las que cada uno sabe avalarlas con hechos”. Si en épocas anteriores muchos santos fueron fundadores de obras asistenciales –hospitales, residencias, colegios–, en Arizmendiarrieta vislumbramos un itinerario de santidad genuinamente moderno e inspirado por la Doctrina Social de la Iglesia: la fundación de empresas e instituciones sociales que sitúan a la persona en el centro.
Al comienzo del Arizmendiarrietaren Urtea. Año de la Empresa Humanista que se celebra en 2026 con motivo del 50 aniversario de su fallecimiento (29 de noviembre de 1976), la actualidad de su legado ha sido puesta de manifiesto por el reciente magisterio del Papa León XIV. Al explicar la elección del nombre el pasado mayo, el Pontífice trazó un paralelismo histórico revelador: si León XIII afrontó la cuestión social de la primera revolución industrial, hoy la Iglesia debe responder, con su patrimonio doctrinal y su acción evangelizadora, a otra revolución marcada por la inteligencia artificial. Arizmendiarrieta se anticipó proféticamente a este desafío, demostrando que humanizar la empresa es la vía para garantizar que el progreso económico y tecnológico estén al servicio de la dignidad de la persona y no a la inversa.
El testimonio de Arizmendiarrieta radica en haber demostrado que la mística no está reñida con la economía. Su vida nos interpela a todos, creyentes y no creyentes, a entender que la transformación del mundo comienza por la transformación del corazón humano y la coherencia de vida. En este aniversario, recordar al coadjutor de Mondragón es aceptar el reto de que otra economía y otra humanidad son posibles a la luz del Evangelio.