Cuando los cristianos comenzábamos el Adviento, los representantes de Confebask avisaron: hay que recuperar la cultura del esfuerzo. ¿Qué es esto de que los trabajadores cojan tantas bajas, sobre todo en lunes y puentes? Cuando se hablaba claro, esto se llamaba resaca. Los faraones solían repetir lo mismo por los esclavos que empujaban las piedras de las pirámides. Pero han olvidado otra norma cultural: el reparto justo. Y los sindicatos están en esta onda. El pobre lehendakari –lo que hay que hacer por recuperar votos– también se lo ha recordado: pagad mejores salarios, a ver si así vuelve a casa el talento que marchó al extranjero, nuestros emigrantes.

Es cierto que muchas normas culturales están en crisis. ¿Cómo recuperarlas? La escuela, dicen muchos, allí se aprende todo. ¿Y qué tal “en casa y en la calle”, como se canta en Behin betiko, de Imanol Urbieta? Difícil, porque hoy el totum revolutum es la característica cultural más generalizada. Por ejemplo, ¿desde cuándo se ha hecho norma que los jóvenes acudan a las fiestas de todos los barrios y pueblos, se queden hasta las horas más tardías y al día siguiente todos los de casa tengan que andar de puntillas para que no se despierten? ¿Y que no colaboren en las tareas domésticas porque están muy cansados? Habría que crear un movimiento juvenil que gritara a los padres: “No nos maleduquéis, que nos volvemos tontos”. 

Dice la prensa que hay un resurgir de la espiritualidad entre los jóvenes. Y las Rosalías, Orejas y otros vendedores se han dado cuenta. La última de los vangogueanos es buena: “Yo creo en Dios”. También lo dicen Trump y Putin. Aquí, al enanito del bosque firmante, que se esfuerza por ser buen cristiano, estas cositas le dan mucho miedo. Entender los evangelios, aceptarlos e intentar vivir según ellos no es cuestión de consumo, sino un auténtico latigazo en las entrañas. Y rezar no se parece a plantarse ante las clínicas que practican abortos con pancartas murmurando fórmulas repetitivas para amedrentar a quienes allá acuden, aunque los jueces españoles digan lo contrario. Estos señorones nos tienen acostumbrados a escuchar sus tonterías varias. Últimamente la han tomado con el euskera. No se han percatado de que hablar euskera no es gracia de Dios y que, con cultura del esfuerzo, también se puede aprender, como otras muchas cosas que se exigen en las oposiciones. Servidor es ejemplo de ello. 

Estaría bien asimismo que la Iglesia Católica, a menudo Caótica, dejara de hacer el ridículo y abandonara, discretamente si lo prefiere, muchos criterios sin sentido adoptados por empuje de las fuerzas ultra-ultrísimas (casi todos en torno a cuestiones sexuales y reproducción). Recuerdo lo que un amigo misionero vasco en África me contó hace ya años: “En nuestras parroquias una tarea principal es convencer a las mujeres de que exijan a los hombres la utilización de preservativos en las relaciones sexuales y repartírselos gratuitamente. Lo contrario es una fuente enorme de contagio de enfermedades”. ¡Qué lejos está Camerún… de Roma!

Cerca está la fiesta de San Sebastián y recordaré un pequeño suceso relacionado con ella del franquismo que ahora nos quieren descafeinar. Un entonces joven vecino nuestro, Satxa, hizo una petición escrita al Gobernador Civil: “El abajo firmante, Alejandro Arregui Altuna, con domicilio en la Plaza del 18 de julio, nº 13–4º izq, queriendo celebrar este año, junto con veinte amigos más, con una cena íntima, la festividad del Santo Patrón de este nuestro querido pueblo, con el debido respeto a V. E. SOLICITA de V.E. la necesaria autorización para esta clase de reuniones. Gracia que no duda alcanzar del recto proceder de V.E. cuya vida guarde Dios muchos años. San Sebastián, 18 de enero de 1940”.

A la semana llegó la respuesta: “En uso de las atribuciones que me han sido conferidas he acordado imponer a usted la multa de mil pesetas por pretender organizar una cena en el “Bar España” el día 20 del corriente. Cuya cantidad se servirá Ud. hacerla efectiva en esta Secretaría de Orden Público en el improrrogable plazo de ocho días, abonándola íntegramente en metálico. Dios guarde a Ud., muchos años” (sic). Gracias a que estaba escrita en español, citaba la Plaza del 18 de julio, al bar, originariamente Intza, los facciosos los habían rebautizado como España y Dios aparecía por medio, si no…

Hacía falta humor para enfrentarse a estos fenómenos. También para ver el planteamiento de Umore, el Festival Internacional de la Comedia 2026, que ha pergeñado la Sociedad de Fomento, dependiente del Ayuntamiento de San Sebastián, y no enrabietarse. Era fácil, para darle carácter internacional, colocar en el centro del programa espectáculos de humor en euskera. Los hay para regalar. Pues no. Se piensa y organiza todo en español castizo y, ante las quejas, prometen dar unas pinceladitas vascófonas para disimular. Estas Excelencias medio municipales siguen la ruta de los jueces: no hay que fomentar el euskera sino la pasta. Lógico, el sentido del humor y pensar adecuadamente también son fruto de la cultura del esfuerzo y, como dice Confebask, se está perdiendo. 

Por cierto, Maduro estaba ya maduro y el nuevo Hitler ha hecho una nueva barbaridad. La cultura del esfuerzo no va a bastar para pararlo.