Un grupo de amigos participamos hace ya unos cuantos años en una media maratón en Lisboa. Viajamos en furgoneta y, tanto a la ida como a la vuelta, nos pusimos finos a embutidos varios y cervezas.
Una vez instalados en el destino, probamos, entre otros platos, el clásico arroz con bacalhau, bebimos más cervezas y conocimos unos cuantos bares de Lisboa la nuit muy recomendables.
Uno de los corredores fumaba como un descosido. Adivinen quién hizo el mejor tiempo entre todos los del grupo. El que le daba al fumeque.
Hacer deporte y disfrutar de comer y beber suelen ir en el mismo pack. Si no cometes excesos, es incluso bueno para la mente y para el estómago.
Como ahora a todo se le pone nombre, esto que hemos hecho toda la vida pero practicado a lo bestia se llama wellness anarchists, o sea, anarquistas del bienestar, gentes que lo mismo disputan una ultramaratón de 100 kilómetros y en los avituallamientos se meten un cocido maragato, o hacen una prueba en bici de 200 kilómetros y luego enfilan directos a una rave.
Un estilo de vida contrario a lo que marca la ortodoxia, con algún hábito como el de fumar en el que no son precisamente precursores. Juanito Oiarzabal ya fumaba cigarritos en las cimas de los ochomiles allá por los años 90. Genio y figura.