En mayo de 2016, mientras Gipuzkoa seguía pegándose por la guerra de las basuras, judicializada ya, el bitcoin, la criptomoneda por excelencia, cotizaba a 396 euros. Y hoy, ni diez años después, los inversores lloran porque solo vale 58.600. ¡Hay que joderse! La revalorización de esta nueva y descentralizada moneda virtual desde que nació, es tal que ni sé cómo se calcula.

Por suerte, hoy tenemos ChatGPT, una herramienta que evita pensar lo más mínimo y justifica que el mundo se vaya a la mierda. Así que ya no necesito la calculadora para saber que si hubiese invertido 6.000 euros en enero de 2009, hoy tendría la friolera de 703.200 millones de euros.

Sin embargo, la gente se tira de los pelos, porque, claro, el 6 de octubre el bitcoin superó los 107.000 euros, su máxima cotización, con lo que esos 6.000 habrían valido 1,29 billones, con “b”, balón. Y sin embargo, se ha dado una hostia morrocotuda y tiembla Moscú.

Los insultos también cotizan

Este es el mundo actual, en el que los insultos también fluctúan en su cotización. Un día lo peor es llamar “zorra” a una mujer, y al siguiente cotiza cero. Hoy, lo puto peor es decirle un “insulto racista” a Vinicius. Palabra polisémica, por cierto, que también se usa para los guapos, pero cae como bomba atómica en pleno intercambio de improperios entre dos millonarios. Así está el patio. Y yo, sin bitcoins.