Durante más de una década, Oihana Lozano dirigió su propio centro de estética. Un espacio dedicado al cuidado del cuerpo que, con el tiempo, se transformó en algo más profundo: un lugar de escucha, de confidencias y de heridas invisibles. Hoy, su trayectoria profesional ha dado un giro decisivo. Formada como coach, centra su labor en acompañar a personas atrapadas en relaciones tóxicas, un ámbito que, asegura, la encontró mucho antes de que ella lo eligiera conscientemente.

“En el centro de estética aprendí que la piel no es lo único que se cuida; las personas venían a hacerse un tratamiento, pero acababan desnudando su alma”, explica esta donostiarra. Tras años de conversaciones en cabina, comprendió que su inquietud iba más allá del bienestar físico. “Me di cuenta de que mi verdadera vocación no era mejorar el exterior, sino acompañar en la reconstrucción del interior. Sentí que se me quedaba corto el escuchar y necesitaba herramientas reales para ayudar a esas personas que veía apagarse por culpa de relaciones que las consumían”, cuenta.

Ese descubrimiento implicó un proceso de reinvención profesional nada sencillo. Dejar atrás un negocio consolidado, estable y seguro no fue una decisión impulsiva. “Mi mayor resistencia fue el vértigo de renunciar a una empresa que funcionaba y me daba seguridad por perseguir un sueño y una pasión”, reconoce. El cambio se gestó lentamente, a lo largo de más de un año, en un ejercicio de maduración y cierre consciente. “Ese tiempo fue necesario para poner punto y final a la etapa de la estética con respeto, y poder volcarme ahora en profundidad y al 100% en el coaching”, apunta Lozano, cuya especialización en relaciones tóxicas no surge de una única experiencia concreta, sino de una observación repetida y dolorosa. “No fue una sola cosa; fue el cúmulo de momentos en los que veía cómo personas brillantes y fuertes se convertían en sombras de sí mismas”, señala.

"Las personas venían a hacerse un tratamiento, pero acababan desnudando su alma”

Pero habla también desde la honestidad personal: “Para poder identificar el dolor ajeno, primero tuve que reconocer las grietas en mi propia historia”. Ese momento de conciencia fue clave. “Entender que el amor no debe doler ni anularte fue un 'clic' vital”, afirma.

Caminar de puntillas para no molestar

Muchas personas permanecen durante años en dinámicas dañinas sin llegar a percatarse plenamente de ello. Los indicios suelen ser sutiles y, a menudo, normalizados: el control disfrazado de cuidado o las pequeñas faltas de respeto camufladas de humor son algunas de las primeras señales de alerta. A ello se suma un aislamiento progresivo, cuando la persona deja de hacer cosas que disfruta por no generar conflictos, hasta que llega un momento en que “empiezas a caminar de puntillas para no molestar a tu pareja”; un síntoma definitivo de la toxicidad de la relación, tal y como destaca Oihana.

“Que no es su culpa” 

En su trabajo como coach acompaña a personas que se encuentran en procesos emocionales especialmente delicados. Y hay un mensaje que considera imprescindible en las primeras fases: “Que no es su culpa”. La manipulación emocional –insiste– termina “erosionando la percepción de la realidad”. “Acabas creyendo que tú eres el problema. Necesitas escuchar que no estás locas, que la intuición no nos miente y que, aunque ahora parezca imposible, hay vida, y muy buena, al otro lado del miedo”, añade.

"Para poder identificar el dolor ajeno, primero tuve que reconocer las grietas en mi propia historia”

Salir de una relación tóxica no es solo una ruptura; es, sobre todo, un proceso de reconstrucción. Según Lozano, “el contacto cero es la medicina básica, pero sanar de verdad requiere volver a conocerte”. Recuperar hobbies, retomar la red de apoyo y aprender a poner límites forman parte de ese camino para no repetir patrones.

Ayudar a limpiar la dependencia

Cita tres elementos determinantes que mantienen este tipo de vínculos: el miedo, la culpa y la dependencia emocional. “Son el pegamento de estas relaciones: el miedo te paraliza, la culpa te hace volver y la dependencia te convence de que no eres nada sin la otra persona”, precisa. Por eso define estas dinámicas como una auténtica adicción emocional. “Mi trabajo es ayudar a limpiar esa dependencia para que la persona vea que su valor es intrínseco”, indica.

Las redes sociales se han convertido en una herramienta fundamental para su labor divulgativa. Junto a su pareja está al frente del perfil 'Viviendo sin ataduras' en Instagram y TikTok. “Muchas personas se sienten mal, pero no saben identificar exactamente qué falla; incluso llegan a dudar de ellas mismas antes que de su pareja”, comenta. Un post o un vídeo puede ser el inicio del cambio, porque les ayuda “a poner nombre a lo que les pasa y a comprender, por fin, que ellas no son el problema”.

"Que no salga solo del bache"

Su enfoque trasciende la ruptura: “Sanar no es solo salir de la relación, sino aceptar que existen heridas de la infancia, patrones y creencias que nos unen a este tipo de vínculos”. Desde ahí, Oihana orienta su trabajo hacia un proceso de transformación personal que permita comprender la experiencia y no repetirla. Este acompañamiento profundo se concreta a través de sesiones individuales con charlas y programas formativos para dotar de herramientas prácticas. Su meta final, recalca, es que la persona “no solo salga del bache, sino que lo haga fortalecida, con un autoconocimiento sólido que transforme para siempre su modo de relacionarse”.