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Mikel Santiago
Mikel SantiagoEscritor

“Esta novela ha sido un reto, una transición hacia otras formas de contar”

El escritor de Portugalete, una de las voces más relevantes del llamado ‘Euskal Noir’, cuenta los entresijos de ‘La chica del lago’ (Ediciones B)

“Esta novela ha sido un reto, una transición hacia otras formas de contar”Iban Aguinaga

Sus primeras novelas discurrían en Irlanda, el sur de Francia, el Mediterráneo... hasta El mentiroso, primer título de la conocida como la Trilogía de Illumbe, con la que regresó a casa y que continuó con En plena noche y Entre los muertos. Tras este cierre,llegaron 'El hijo olvidado' y la antología En plena noche, y, hace apenas unos meses, Mikel Santiago (Portugalete, 1975) volvió con La chica del lago, un thriller en el que se abre a otras localizaciones y en el que ha afrontado el reto de darle más peso al personaje principal que a la trama.

Vuelve con ‘La chica del lago’. ¿En qué momento de su trayectoria diría que ha escrito esta historia?

Creo que llega en un momento en que empiezo a buscar nuevas cosas, nuevas direcciones. La verdad es que en una década vas mudando de piel en varias ocasiones, cambiando de registro y apostando por diferentes maneras de contar. Yo llevaba ya unos años persiguiendo una novela de personaje, una novela en la que las circunstancias de la protagonista, su drama, tuviese a veces incluso más importancia que la propia trama de misterio. Y La chica al lago ha sido ese desafío.

¿En qué sentido?

En el sentido de escribir una novela muy centrada en el personaje de Quintana, dándole mucha riqueza al personaje, a sus aspectos biográficos, a su personalidad. Cada novela es un pequeño desafío, y, en este caso, también he cambiado de escenarios, rompiendo un poco con la costa, que me ha acompañado durante 4 años. Yo creo que esta novela es una transición hacia otras cosas.

¿Está en un momento de cambio?

Sí, totalmente.

¿Hacia un rumbo diferente al thriller?

No, me mantendré en el thriller, pero buscando nuevas fórmulas de contar. En este caso, hay otros giros de acontecimientos y me he ido un poco hacia Madrid, la gran ciudad, con un capítulo completo. La costa vasca ha sido un escenario muy chulo para reutilizar, pero hay muchas otras posibilidades. Ahora le doy vueltas a eso.

De hecho, sus primeras novelas transcurrían incluso fuera del Estado, en Irlanda, en Francia... antes de situarlas en Bizkaia, donde los paisajes han jugado un papel muy importante, y no solo en lo estético, sino en la creación de atmósferas. Y es que, ¿hay algo más asfixiante que un pueblo y sus secretos?

Bueno, los pueblos también son muy bonitos (ríe). Hacen mucha compañía y son sociedades maravillosas, idílicas, y, precisamente por ser lugares donde la gente se siente segura, la sensación de miedo a que todo eso se pueda romper es mayor. Siempre digo que en la ciudad vivimos constantemente midiéndonos con el riesgo. Desde que sales de casa, te puede pasar de todo, pero muchos ya estamos acostumbrados. Y como en los pueblos hay mucha más tranquilidad, son especialmente atractivos como escenarios de sucesos grotescos. Suelen ser comunidades tranquilas en las que dormimos con la casa y la ventana abierta, la llave debajo del tiesto...

Mikel Santiago, escritor de novela negra

En este caso, la protagonista es una escritora, Quintana Torres, que se convierte en investigadora a la fuerza. ¿Piensa, como ella, que las cabezas de los escritores funcionan de una manera especial?

He intentado mantener la distancia con ella, pero sí que es cierto que los escritores tenemos mucha fantasía en la cabeza y, en muchas ocasiones, rozamos casi el delirio. Es el pozo de petróleo del que salen las ideas; tenemos esa capacidad de divagar y de pensar en las posibilidades de cada cosa que nos ocurre. Lógicamente, todo lo que le sucede a Quintana cuando vuelve a Urkizu, con la muerte de su aita y tras lo que le sucede con la muerte de Jokin, resulta muy estimulante para una imaginación vigorosa. Pero esa imaginación y esa capacidad de delirar o de desarrollar fantasía será fundamental para la investigación que va a llevar a cabo.

La protagonista sufre un gran síndrome de la impostora. ¿Eso le ha pasado también a Mikel Santiago?

No, siempre me he sentido muy metido en mis zapatos como contador de historias. Desde que empecé, mi autoimagen está muy conforme con lo que escribo, con lo que publico, aunque sí es cierto que, por ejemplo, la presión, la autoexigencia, saber que te has labrado tu carrera desde abajo te hace consciente de que tienes que escribir buenas novelas sí o sí. Yo no tenía un programa de televisión o 20.000 followers antes de publicar, así que lo hago sin red de seguridad, y saber que tienes a un montón de público esperando tu próxima novela puede ser duro.

En esta novela, uno de los personajes principales está ausente, pero la vamos conociendo a través de su diario. Creo que también el autor escribía diarios.

Sí, el primero lo escribí con 13 años y creo que me sirvió para descubrir el amor por la literatura y por la intimidad que conlleva. Además, el poder de la palabra, de la confesión escrita, y el miedo a que nos lean esos textos, a lo peligrosos que pueden ser, me parecían elementos atractivos. Llevaba tiempo dando vueltas a la posibilidad de introducir un diario como clave para una novela y, al final, con la historia de la venganza que Alba deja plasmada en el suyo, que emerge 25 años después, me vino bien.

Bueno, la escritura también tiene algo de diario, porque pasan muchas horas ante el ordenador y, aun sin querer, reflejan parte de su intimidad, de su estado de ánimo...

Sí, porque si estás metido en una cadena de producción, escribiendo novelas cada año o cada dos años, al final, la ficción es un vehículo para contar cosas tuyas, de lo que te va pasando y de tu propio desarrollo como persona. Y, lógicamente, también los temas que elegimos, cómo escribimos, en qué nos centramos, qué tipos de personajes aparecen tienen mucho ver nuestra vida.

¿Y escribiría sobre un hecho real como hace Quintana?

No, la ficción es muchísimo más poderosa que la realidad. No me atrae porque creo que la novela tiene que ser, además de muchas otras cosas, un entretenimiento, un lugar agradable, divertido, donde la gente quiera quedarse un buen rato. También me gusta tener todo el control sobre los mundos que creo, y, muchas veces, los hechos reales son bastante más mediocres, mundanos o escabrosos que la ficción. Hay personas reales que me han contado cosas que no podría compartir, pero disfrazarlas es otra de las ventajas de la ficción. Hay mucha verdad en la mentira (ríe).