La asociación Musika Bulegoa ha presentado este viernes el balance del ejercicio pasado, un 2025 que se movió “entre grandes éxitos y retos pendientes”. Esta valoración, remitida a la prensa, se ha confeccionado a partir de las aportaciones de asociaciones, industria, compositores y músicos. Muchos de los que han participado en este proceso perciben los macroconciertos –el mayor exponente de ellos podrían ser los multitudinarios bolos que Zetak protagonizó con Mitoaroa I y II en el Nafarroa Arena e Illunbe– como una amenaza. Por ejemplo, la presidente de Musika Industriaren Elkartea, Amaia Ispizua, comenta cierta paradoja, dado que 2025 “ha sido un año histórico para la música en euskera”, con proyectos capaces de llenar grandes estadios; no obstante, la venta de entradas y la asistencia “no se reparte de forma equitativa” y acaba concentrándose en dichas citas. El problema es que se ha dado ese crecimiento de la música en euskera en grandes recintos, los grupos pequeños y medianos “que sostienen el tejido musical desde abajo” presentan verdaderas dificultades para vivir de la música.

Desde la industria cinematográfica también han observado esta cuestión. El informe de Musika Bulegoa recoge también el testimonio de Julen Caminos de Bidean Produkzioak, que define 2025 como un año “muy activo, pero vivido con preocupación”. Caminos también comenta que el público tiende a concentrarse en los grandes eventos, “lo que dificulta la viabilidad de los proyectos pequeños y medianos”. “La dificultad para vender entradas en salas y la progresiva desaparición de espacios de pequeño y mediano aforo generan un escenario complicado para los grupos que están empezando”, comentan desde Musika Bulegoa.

Desde la asociación de los/as profesionales de la música Musikari, las guipuzcoanas Sara Azurza y Marina Landa también ven un problema en esto. Azurza habla de un proceso de “polarización”, en el que el protagonismo creciente de los macroconciertos choca con la realidad de los recitales de tamaño pequeño y mediano, que carecen de “recursos suficientes, espacios y circuitos estables”.

Por su parte, Verde Prato, nombre artístico de Ana Arsuaga, insiste en que el sector musical vasco está lejos de garantizar unas condiciones económicas para sostener “una vida profesional digna” y que los artistas siguen siendo “el eslabón más débil de la cadena”. En este sentido, desde Musikari reclaman “un mayor respaldo específico para quienes sostienen la creación desde posiciones más precarias”.

Las salas privadas

Desde la asociación de salas de conciertos privadas de Euskadi, Kultura Live, comentan otros problemas, como su “situación de indefensión” frente a la programación pública financiada con dinero público en auditorios, pabellones, espacios abiertos o grandes eventos. Ante el incremento de la propuesta pública, proponen “la creación de ayudas económicas directas por parte de la administración destinadas específicamente a las salas, tanto para la programación como para equipamiento".