Crítica de cine de 'La Hija': niños prestados

26.11.2021 | 01:11
Martín Cuenca evidencia un buen olfato para descubrir a jóvenes actrices. Aquí, Irene Virgüez parece recoger el testigo de la, entonces, jovencísima María Valverde de 'La flaqueza del bolchevique' (2003).

'LA HIJA'

Dirección: Manuel Martín Cuenca. Guion: Manuel Martín Cuenca y Alejandro Hernández. Historia: Félix Vidal. Intérpretes: Javier Gutiérrez, Patricia López Arnaiz, Irene Virgüez, Darien Asian y Sofian El Benaissati. País: España. 2021. Duración: 122 minutos.

Manuel Martín Cuenca cultiva evidentes virtudes y con ellas ha conformado un singular y reconocible verbo cinematográfico. Sin embargo, por diferentes razones, su figura y su obra no ocupa el lugar del escaparate que merece orillado por nombres de menor interés pero de mejores envoltorios. Eso le pasó en la última edición del Zinemaldia, donde se le dejó entrar en la sección oficial, pero se le negó el derecho a competir por la Concha de Oro.

 

Probablemente no hubiera recibido nada de un jurado demasiado obsesionado con restañar heridas eternas, pero el caso es que su filme coloca en la pantalla una obsesión anclada a un tema inagotable e inagotado y también vinculado a la mujer: la maternidad. Da igual, los premios abonan la vanidad de sus autores y estremecen a los traficantes de sueños pero nada aportan a la calidad, interés e incluso reconocimiento de lo que llevan dentro. En el caso de La hija, el filme desarrolla una pantanosa historia y ratifica el libro de estilo de su narrador.

En La hija, Martín Cuenca vuelve a llamar a Javier Gutiérrez, un actor de registros poliédricos y de aspecto discreto, capaz de representar todas las piezas de un ajedrez con la misma e inequívoca sensación de sencillez. Si en El autor (2017) bordaba un ensayo sobre la creatividad, el talento y el reconocimiento, en La hija se reflexiona y se especula con lo que el cine del director almeriense lleva haciendo desde su origen.

En torno al síndrome del nido vacío, no porque las crías hayan volado sino porque nunca han nacido, se escenifica el camino hacia la perdición de una pareja de mediana edad, sin posibilidad de procrear. Ambos están dispuestos a tener un bebé a cualquier precio.

Y de eso va La hija, del precio que se pagará para resolver ese nudo angustioso sobre el que se cimenta la película. Como en Caníbal, (2013), los espacios abiertos y los personajes discretos marcan las lindes de un vía crucis que se desarrolla con parsimonia. A Martín Cuenca le gusta cocer a fuego lento sus melodramas. Ni se da prisa, ni busca impactar al público con sobresaltos. La violencia, siempre presente, siempre contenida con mordazas que saltan como picaduras de escorpión, se ve venir a cámara lenta. Y ese paso suave, quedo, redunda en su innecesaria irrupción. ¿Se evitará finalmente, o no?

Ubicada en el Jaén de laberintos rurales y extrema soledad, La hija representa el desvarío de un educador social decidido a coser una herida abierta. Cuenca lo retrata como un profesional competente, sabe tratar a los adolescentes a su cargo, tiene empatía y derrocha humanidad. Es un profesional casi perfecto pero... Martín Cuenca, desde aquel ensayo documental titulado El juego de Cuba, gusta conjugar el tiempo verbal hasta vaciar su sentido y desnudar su significado. De lo antagónico hace dialéctica. Entre juzgar y tratar de entender opta por esto último. En La hija, un filme en cuyos recovecos parece sustanciarse la sombra de La buena estrella de Ricardo Franco, le traiciona la tensión interior y le pierde la distancia emocional.

De todos los personajes inmersos en esa espiral de pesadilla y muerte, es el de Patricia López Arnaiz quien carga con los silencios más molestos. En su voluntad de dar cuerda a sus personajes, en su deseo de regatear las obviedades y desterrar la concesión sentimental, la frialdad habitual de la prosa de Martín Cuenca alcanza aquí temperaturas de congelamiento. Pese a ello y por ello, en determinadas secuencias, La hija perturba al espectador y reivindica la autoría de un cineasta comprometido. Cuenca elabora con aparente facilidad sacudidas repentinas que llenan de zozobra al público. Pero como en todo su cine, no se trata de impresionar por la vía del sentimiento, sino de presionar por la vía del intelecto.

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