Crítica de Juan Zapater: "Dune", Star Walks

01.10.2021 | 00:35
Timothée Chamalet, un actor demasiado joven para saber del humor y demasiado ensimismado para relajarse, lastra el despliegue pirotécnico en el que Villenueve ha convertido a 'Dune'.

'DUNE'

Dirección: Denis Villeneuve. Guion: Eric Roth, Denis Villeneuve y Jon Spaihts. Intérpretes: Timothée Chalamet, Rebecca Ferguson, Oscar Isaac, Josh Brolin y Jason Momoa. País: EEUU. 2021. Duración: 155 minutos.

Declaraba recientemente Denis Villeneuve que "demasiadas películas de Marvel no son más que un corta y pega". No le falta razón. Especialmente en los últimos tiempos en los que la fábrica de superhéroes ha entrado en un peligroso declive por culpa de ese "más difícil todavía" que busca en el ruido lo que no sabe cultivar en el texto. Lo que no cabía esperar es que la entrega del primer episodio de Dune, se llenase solo de barahúnda y ensimismamiento buscando en la música, la acción y la fotografía lo que sus personajes no aportan: consistencia dramática y emoción. Mueran o sobrevivan se siente por ellos el mismo estremecimiento que por las víctimas de un videojuego. Cambio de pantalla y a seguir jugando.

Villeneuve aparece como un director tan ambicioso como sobrevalorado. Película a película, el canadiense ha tejido un espejismo de calidad y éxito que, de momento, le sigue dando un crédito y un rédito a todas luces excesivo. Director camaleónico, su estilo ha mutado en función de sus modelos de referencia. En su cuaderno de bitácora los nombres se suceden. De Stanley Kubrick a David Fincher; de Cristopher Nolan a David Lynch, muchos rostros diferentes para ocultar la carencia de un estilo propio.




 

Tan pronto presume de los estilemas de una pieza de autor, Enemy (2013), como se abraza a un cine mainstream de alto voltaje y escaso contenido, Prisoners y Sicario.

Ahora, con la primera parte de Dune, trata de cerrar la cuadratura del círculo. De entrada ya incomoda que Dune, al que acometer la densidad de su extenso libreto tantos quebraderos de cabeza le ocasionó a Lynch, llegue de manera fragmentada; Villeneuve detiene su primera parte en el capítulo 10 de los 12 que tenía la versión de Lynch. Si hubiera suprimido los tiempos muertos, las imágenes de Chanel y los spots circense-publicitarios, hubiera tenido tiempo de sobra en los 155 minutos, pero el negocio hubiera sido menos beneficioso.

Nacido el 3 de octubre de 1963, Villeneuve tenía 14 años cuando se estrenó el primer episodio (cuarto en su cronología interna) de Star Wars. El imperio contraataca y El regreso del Jedi le cogieron con 17 y 20 años respectivamente. O sea, su imaginario de adolescente supo del hacer de George Lucas y creció con sus productos. Un año antes de El regreso del Jedi se estrenó Blade Runner y uno después, Dune y con él, el final de una época. Esa es la época que desde hace cinco años ocupa Villeneuve con la pretensión de superar a todos ellos.

Ahora, Villeneuve ha conseguido su sueño. Ha hecho sus propias versiones de la película que consagró a Ridley Scott y del desastre que provocó la refundición, el renacimiento, del Lynch de Terciopelo azul. Superar Blade Runner entrañaba dificultades y riesgos. Mejorar Dune era un partido ganado de antemano.

Lynch, demasiado bizarro para ajustarse a las reglas del género, buscó para Dune la estética de su propia infancia, una especie de Flash Gordon desquiciado lleno de cartón piedra y humor cáustico. El Dune de Villeneuve, no sigue la estela de Lynch, ni le interesa ni era necesario. El autor de Incendies apunta hacia Star Wars y Mad Max. De ellos se nutre y del hacer de Christopher Nolan con los personajes de la DC saca casi todos sus planteamientos. En ellos hallarán la estética, la ética, sus aciertos y sus desaciertos. De ahí sus críticas a Marvel sin reparar que su Dune no está muy lejos.

Ahora bien, en Dune, Villeneuve se parte en dos porque ni consigue replicar el aspecto lúdico del Lucas de los 70 y 80, ni logra la precisión del Nolan de la pasada década. Quebrado, su película se precipita en la figura de Timothée Chalamet, un actor blando que no ve a nadie, convencido de que todos le están mirando.

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