Aita Mari | "Echen el ancla y paren el motor"

22.02.2021 | 00:49
Momento del desembarco de Yahid y Ali.

100 de los náufragos rescatados por el 'aita mari' no entienden por qué no han podido desembarcar

Eran las 8 de la mañana del domingo cuando el Aita Mari entra en aguas del puerto de Augusta, en Sicilia. Nada más acceder a las instalaciones, un crucero de grandes dimensiones con varias alturas da la bienvenida a la ciudad. Los huéspedes del barco vasco vislumbran ojipláticos aquel navío tan grande, seguro y con todo tipo de lujos de una famosa empresa de cruceros.

Paradójica la comparativa con aquella embarcación de madera que transportaba a las 102 personas a bordo. Pronto comienzan a asomar varios buques fondeados en el puerto.

En proa, acompaña un remolcador al barco con nombre del arrantzale vasco. En aquellos instantes hizo acto de presencia la policía portuaria: "Echen el ancla y paren el motor", les ordenan. Inmediatamente, Rober, marinero de máquinas, comienza a mover los mandos para elevar el ancla. Mientras, Edu se encarga del molinete apoyado por Iñigo y Samu. Las cadenas empiezan a caer rápidamente.

Llega la respuesta desde el barco policial; levantan el pulgar. Ya está el barco fondeado. Enfrente se vislumbra el pueblo de Augusta, tan cerca y tan lejos. A la vera, un viejo conocido en los rescates en las aguas del Mediterráneo, el Oceans Viking de la organización humanitaria francesa SOS Méditerranée.

El 25 de enero, 373 migrantes a bordo del barco fueron desembarcados en el puerto de Augusta. Y aquí sigue, fondeado mientras realiza la cuarentena. Los galos saludan al barco vasco desde la distancia, mediante una foto por Whatsapp. Mientras tanto Sam comienza a repartir el desayuno, té y unas barritas energéticas acompañadas de galletas. Le ayudan Ane y Rober. En fila van pasando por la puerta de estribor uno a uno.

en movimiento Comienzan las preguntas. "¿Por qué hemos parado?, ¿cómo es que no vamos al puerto?". Difícil responder. Son las 15.30, levan el ancla, les dan permiso para acceder al puerto. Los invitados del barco se muestran entusiasmados. La policía los escolta al lugar donde atracarán. Pronto se visualizan en tierra dos furgonetas de caravinieri, en una zona bastante apartada del puerto, rodeado de altas grúas.

Comienza la maniobra de atraque, el muelle es demasiado alto para el Aita Mari, está destinado para barcos más grandes. Las enormes defensas hacen que el barco quede muy apartado del muelle. Oscar, el capitán, salta del barco a una defensa y de ahí al muelle. Charla con uno de los caravinieri y a su vuelta al barco, Oscar les comunica que solo podrán desembarcar las dos personas que sufrieron quemaduras en el viaje por la mezcla de agua y gasolina. Yahid y Ali.

El resto, los otros 100 pasajeros a bordo, aguardan en la popa del barco a recibir indicaciones. Un coche policial aparece a gran velocidad escoltando a una ambulancia. Tres sanitarios descienden de ella perfectamente protegidos contra el covid. Resulta surrealista que sean los tripulantes del barco quienes tienen que improvisar una especie de pasarela segura, para que así puedan desembarcar. Entre Rober, Edu, Samu y Oscar consiguen amarrar la pasarela de forma segura.

Primero es Yahid quien abandona el barco, ayudado por Izas. En el momento del rescate, presentaba síntomas de hipotermia y estaba totalmente empapado en gasolina. Sus lesiones son graves, tiene quemaduras por toda la espalda, brazos, oreja y ojo izquierdo. Yahid tiene 16 años y es somalí como la mayoría de las personas que navegaban en la patera. En la improvisada pasarela, son Edu y Samu los que ayudan a cruzarla y tras despedirse de Adrián (el médico) y el resto de la tripulación, entra en la ambulancia.

Ali sigue el mismo camino, también con quemaduras en el trasero, camina con menos dificultad. Una segunda ambulancia acude al lugar y Ali entra en ella. Son las dos únicas personas que desembarcaron ayer. Les han hecho mover el barco para ir a puerto a evacuar a Yahid y Ali. Es cruel e innecesario. Como si estas personas no tuvieran ya suficiente con todo lo sufrido. Las ambulancias abandonan el lugar y tienen que volver a la posición de fondeo.

Sus huéspedes no entienden nada. Es la primera vez que oyen llorar a Madia, su invitada de nueve meses. Ni siquiera en el momento de sacarla de aquel bote de madera dejó de sonreír. La estampa en dantesca. Vuelven las preguntas. Difícil de nuevo responder, y mirarles a la cara. Toca esperar. La tripulación esperaría lo que fuera necesario, pero no se les puede tratar así. Supervivientes de sus países de origen, las mafias, Libia, el Mediterráneo y ahora la poca humanidad de Italia y Europa. No hay derecho.