Me encantó, desde que me lo propusieron, el titular de la mesa redonda que me tocó moderar en el evento Gure Sukaldea, Gure Ondarea, organizado por Noticias de Gipuzkoa el pasado 29 de octubre: Gastronomía que define un territorio.

Y es que, parémonos un poco a pensar: ¿Hay algo más bonito que ser un territorio definido por su gastronomía? Si miramos a nuestro alrededor, si seguimos las noticias, nos encontramos con territorios definidos por el hambre, por las guerras, por la pobreza… o yendo al lado contrario hay países definidos por su riqueza, su poder, su frialdad, su economía… Hay regiones definidas por su ignorancia, su racismo, su hermetismo hacia el resto del mundo…

Pero, ¿ser definidos por nuestra gastronomía? En estos tiempos en los que social y políticamente nos encontramos en una situación relativamente estable, al menos comparándola con tiempos pasados, resulta alentador que nuestro pueblo sea conocido por mantener una de las gastronomías más interesantes del mundo, una gastronomía que lo define y lo destaca, que lo engrandece y lo enriquece.

Porque si nos ponemos a pensarlo fríamente, no hay tantos países en el mundo que puedan ser considerados “naciones gastronómicas”. Sin duda, todos los rincones del mundo tienen su gastronomía, mayor o menor, y como dice el dicho popular, más bienintencionado que realista, “en todas partes se come bien”. Sí, pero poder ser considerado una “potencia gastronómica” es algo de lo que muy pocos países del mundo pueden alardear: Francia, Italia, China, Japón, La India, México, Perú… y paremos de contar.

¿Qué importancia tiene en los medios, en la cultura popular, en los círculos culinarios… la gastronomía inglesa, la gastronomía rusa, la gastronomía canadiense o la griega? ¿Quién ha oído hablar de la gastronomía sueca, la vietnamita, la chilena, la portuguesa? ¿En cuántos suplementos gastronómicos encontramos platos alemanes, daneses, egipcios, brasileños, congoleños, suizos??

Sin duda, en Estados Unidos estarán algunos de los mejores restaurantes del mundo, pero la mayoría de sus habitantes se alimenta de comida basura o practica en casa una gastronomía pobre y rudimentaria. Dubai o Noruega contarán con restaurantes que atraen a gourmets de todo el globo… pero en sus casas nadie o casi nadie cocina y lo que comen es, cada vez más, productos procesados o precocinados.

En Euskal Herria, todavía, nos podemos considerar unos afortunados. Dicen que los vascos somos el único pueblo en el que, cuando comemos, estamos hablando sobre lo que vamos a cenar, y en la cena hablamos de la comida de mañana o rememoramos la de hace unos días. Comer es nuestra pasión y nuestra gastronomía no define solo nuestro país,  sino que define nuestra cultura, nuestra manera de ser, nuestra determinación e incluso nuestra tozudez. Porque hasta comiendo somos cerrados, puristas, tercos, obstinados, perfeccionistas, orgullosos

Somos lo que comemos y, afortunadamente, comemos muy bien, pero tenemos que estar alerta y no bajar la guardia, porque poco a poco, lo queramos o no, nuestra fuerza culinaria va decreciendo. La globalización, el turismo, las tendencias alimentarias modernas, la situación económica y laboral… diferentes factores están afectando a nuestra gastronomía y nuestra alimentación y empezamos a parecernos, gastronómicamente hablando, a otras partes del mundo en las que la gastronomía no solo no es remarcable, sino que es la menor de sus preocupaciones.

Miro de nuevo al título, pero no el de la mesa redonda que menciono al inicio de este artículo, sino al de la jornada Gure sukaldea, gure ondarea (Nuestra cocina, nuestro patrimonio), y me viene otra idea a la cabeza. Hasta la fecha, la Unesco tan solo ha reconocido tres cocinas locales como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad: la francesa, la mexicana y la japonesa, aparte de la dieta mediterránea. Soñar es libre, así que me permito abstraerme y pensar en qué podría suceder si ahora, que todavía contamos con una gastronomía definida, cargada de historia, de tradición, de productos de todo tipo, de cocineras y cocineros de bandera, decidiéramos unirnos y pelear para ser considerados Patrimonio Inmaterial… ¿Qué pasos tendríamos que dar? ¿A qué puertas tendríamos que llamar? Pelear por un reconocimiento superior de nuestra gastronomía ayudaría a su pervivencia, su potenciación y su revalorización. Ilusionaría a los cocineros y cocineras, nos enorgullecería como pueblo y animaría a los jóvenes a inmiscuirse en su acervo gastronómico y culinario. Y, por supuesto, dotaría de mucha más fuerza y sentido al ya de por sí potente título de Gure sukaldea, gure ondarea… ¿Alguien sabe por dónde tendríamos que empezar?