Tribuna abierta

Una mirada al mundo: otras enseñanzas de Kosovo y Austin

17.03.2021 | 00:19
Una mirada al mundo: otras enseñanzas de Kosovo y Austin

En estos momentos, la realidad dista mucho de estar cerca de un mayor acercamiento y entendimiento entre generaciones; la fotografía que recorre el mundo ilustra una inmensa brecha intergeneracional, similar a la existente entre campo y ciudad, dos mundos que se ignoran y se menosprecian, dos lenguajes incapaces de entenderse

En el nuevo escenario están aflorando procesos de reflexión que sirven para encontrar respuesta a retos de inédita complejidad aunque, como bien argumenta la activista canadiense Naomi Klein en su último libro En llamas la normalidad, era ya una crisis.

La carta de presentación de la activista canadiense nos sirve como plataforma para las reflexiones que a continuación se comparten. La redacción de este artículo coincide con la gran ola de frío que ha sufrido Texas y que ha traído problemas de abastecimiento de energía, inimaginables e inesperables en el estado de la opulenta Dallas. En este contexto, sin embargo, las referencias a Austin, una de las ciudades que más ha sufrido con la inesperada llegada de la nieve y el frío, se mantienen como uno de los hilos centrales del relato.

La pandemia, en cualquier caso, ha acelerado procesos, tendencias y dinámicas que asomaban con fuerza. Incluso la globalización o el multilateralismo que parecían entrar en barrena resurgen con más fuerza que nunca. La globalización ha venido para quedarse, es imparable y el virus es su mejor estandarte. No cabe duda de que la pandemia ha desacelerado los flujos migratorios, pero como señalaba el autor indio Suketu Metha (This land is their land, Foreign Policy, 2017), la inmigración es inevitable.

En el mundo están pasando muchas cosas que nos pueden ayudar a entender y afrontar el análisis del escenario postpandémico que se abre en Euskadi. Más allá de las particularidades locales, la tipología de los fenómenos muestra una tremenda similitud en sus causas, en su plasmación y en las consecuencias que se derivan de ella. Más que nunca, alzar la mirada se convierte casi en una exigencia.

Dos ejemplos, de los muchos que podría traer a estas líneas, nos sirven para testar el termómetro de los acontecimientos. Dos paradas, Kosovo y Austin (Texas), en dos focos, alejados uno del otro, pero con enseñanzas válidas de cara a los procesos que se han abierto aquí.

Kosovo es la primera de las paradas. Siguiendo el relato cronológico, por ejemplo es interesante acercarnos a las recientes elecciones de Kosovo e intentar interpretar lo que pasó en ellas. Sin entrar en el terreno de la geopolítica, en su conflicto con Serbia, en su reconocimiento-no reconocimiento internacional, en su modelo de independencia o en otros aspectos que quedan para otro tipo de análisis, hace unas semanas se produjo un fenómeno similar al que ocurrió hace exactamente un año en la República de Irlanda. Le generación joven, que no conoció la guerra de los Balcanes, que tampoco ha sufrido el desagarro, odio u otros elementos colaterales que todo conflicto armado conlleva, ha dado un paso al frente y va a posibilitar un cambio generacional sustancial en el país balcánico. Es una generación europeísta, jóvenes estudiantes de Erasmus, que hoy reparten sus proyectos vitales y profesionales a lo largo y ancho de Europa pero que todavía quieren contribuir a articular otro futuro para un país donde el hartazgo y la falta de esperanza lo ponen en riesgo.

La segunda parada nos lleva a Austin (Texas), otra referencia de interés. Aunque la dimensión de la propia ciudad y de su área metropolitana hacen difícil una comparación con el elenco de ciudades vascas, en la ciudad tejana se están produciendo fenómenos a tener en cuenta.

El debate sobre si puede convertirse en la alternativa a Silicon Valley está servido (Texas Monthly, 2021). Pero algunos datos son elocuentes. El traslado de la compañía Oracle es un icono del éxodo que se está produciendo desde la bahía de San Francisco a Austin; también lo es el reciente anuncio de Elon Musk (Telsa y Spacex) de su mudanza a la ciudad tejana.

Otro tipo de cansancio (diferente al de Kosovo) está entre las causas que explican el proceso de abandono que se está produciendo en la bahía de San Francisco, pero también en otras zonas de California (los flujos migratorios a Idaho, Montana o Texas). La imposibilidad real de acceder a una vivienda para los miles de emprendedores del ecosistema de Silicon Valley o la excesiva regulación que aducen las empresas estarían detrás de los movimientos.

Aunque el riesgo de que el acceso a la vivienda pueda empezar a ser tan inalcanzable como en San Francisco, Austin es todavía uno de los grandes focos de atracción para los jóvenes de entre 25 y 35 años, una franja –y es otro dato– que explica la victoria de Biden en entornos históricamente conservadores. Austin es una de las escasas islas azules que se distinguen del color rojo del estado.

Pero conviene además añadir otro dato que explica la capacidad de atracción de Austin. Autodenominada como la Live Music Capital (conocida también como City of the Violet Crown), todos los estudios realizados avalan que su oferta cultural, elenco de festivales, vida nocturna y el tono vital que transmite la ciudad sirven de gancho para emprendedores, estudiantes o jóvenes profesionales que anhelan entornos amables y empáticos, términos y conceptos que hoy se han asumido como recetas de las respuestas antipandémicas. Austin es un ejemplo más de que los ecosistemas que integran tanto aspectos tangibles de subsistencia (el acceso a la vivienda y la ocupación profesional) como otros de índole más emocional (ocio, sociabilidad, comunidad) son aquellos que van a sobrevivir en el futuro.

Entre las muchas enseñanzas que nos dejan Kosovo y Austin, cabría destacar la que hace a la necesidad de buscar un pacto intergeneracional que busque una vía de integración beneficiosa para el conjunto de la sociedad, pues no cabe duda que la tensión intergeneracional no augura nada bueno.

En estos momentos, la realidad dista mucho de estar cerca de un mayor acercamiento y entendimiento entre generaciones; la fotografía que recorre el mundo ilustra una inmensa brecha intergeneracional, similar a la existente entre campo y ciudad, dos mundos que se ignoran y se menosprecian, dos lenguajes incapaces de entenderse.

Cuando los números ayudan, la tendencia es la de imponerse con las fuerzas con cuenta cada generación. Kosovo, con una población más joven, ha asistido al sorpasso y, de alguna manera, a un modo de revancha generacional. En Irlanda, a pesar de la enorme movilización juvenil, los números no dieron para forjar una alternativa a la alternancia clásica que domina el tablero político irlandés desde hace cien años.

La victoria de Joe Biden, por el contrario, se ha sustentado en una histórica movilización de los jóvenes que ha aupado a un presidente octogenario, técnicamente no perteneciente a la generación de los baby boomers. En cualquier caso, es un modelo interesante de alianza intergeneracional y que marca una senda que puede convertirse en una referencia válida, más allá del ámbito político.

La querencia por imponer agendas generacionales sirve bien poco a la hora de cohesionar las sociedades y, sobre todo, no garantiza el futuro y la propia supervivencia de estas. Las victorias pírricas tienen escaso recorrido y no dejan vislumbrar con claridad estrategias de largo alcance. La imposición de parte de una generación trae además el abandono y la huida de la generación que, con razón o no, siente una sensación de incomprensión y, en definitiva, una pérdida irreversible en su compromiso social. Países como Croacia y otros muchos asisten a la sangría de la salida de las generaciones más jóvenes.

En Kosovo la juventud ha posibilitado un cambio, pero el camino se antoja largo. Los jóvenes de Kosovo comprometidos con su país no están dispuestos a renunciar al desarrollo de sus proyectos en aquellos escenarios donde sí se garantizan la libertad y la democracia. Si las cosas volviesen a torcerse, el mundo les espera. En países autocráticos como Hungría, Polonia, Rusia, Bielorrusia y en otros países de rasgos iliberales, las élites añoran el estilo de vida de los países y ciudades de la Europa occidental liberal, de las denostadas democracias liberales. Añoran las terrazas de London y ansían disponer de las posibilidades que ofrece Erasmus para sus hijos e hijas.

Aunque partiendo de realidades ciertamente diferentes, en los dos casos analizados existe un relato que galvaniza los procesos de cambio. Y, en el lado contrario, existen modelos en los que se garantizan las condiciones objetivas para el éxito de los proyectos, pero se carece de ese relato convincente, sólido, atractivo y emocional. En otras palabras, tan importante es que se atraigan empresas tecnológicas como dotarlas de un espacio vital amable, democrático y libre.