Tribuna abierta

Europa : Nos vemos en 2026 (I)

10.01.2021 | 00:45
Europa : Nos vemos en 2026 (I)

Lo hecho hasta ahora en Europa, en la UE, aun siendo encomiable, resulta insuficiente. En un horizonte cercano es preciso avanzar en una unión bancaria y una unión fiscal. Todo ello sin escatimar recursos y esfuerzos en ampliar sus competencias en materias relativas a pandemias y grandes retos sanitarios, así como aquellas que se consideren necesarias para una adecuada gestión, -con criterios de eficacia y humanitarios-, de los procesos migratorios y de asilo

En nuestras vidas y de manera más significativa de lo que creemos, existen varias circunstancias, pero sobre todo dos, que tienen una incidencia contundente en lo que respecta a nuestro futuro.

La pandemia y el devenir de la Unión Europea (UE) no solo condicionado por el brexit. Ambas fuerzan la conveniencia de pensar y concebir estos asuntos de diferente manera a como se ha hecho hasta el momento, incluyendo esa concepción diferente, la puesta en valor, de nuevo, de la multilateralidad junto con una aclaración de los grandes retos de la UE. En este sentido, diversas organizaciones de ámbito europeo, como el Club de Roma, vienen aportando una batería de sugerencias respecto a los cambios que la UE debe experimentar con perspectiva de futuro.

El presidente del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo, Francisco Aldecoa, en concreto, explicitaba varias. La imperiosa necesidad de eliminar la unanimidad en el seno del Consejo Europeo y del Consejo de la Unión, amén de reducir el tamaño de la Comisión Europea, incrementando, en paralelo, sus atribuciones.

Lo hecho hasta ahora en Europa, en la UE, aún siendo encomiable, resulta insuficiente. En un horizonte cercano es preciso avanzar en una unión bancaria y una unión fiscal. Todo ello sin escatimar recursos y esfuerzos en ampliar las competencias de la UE en materias relativas a pandemias y grandes retos sanitarios, así como aquellas que se consideren necesarias para una adecuada gestión, –con criterios de eficacia y humanitarios–, de los procesos migratorios y de asilo. Perfeccionado, todo ello, con el impulso decidido al desarrollo del modelo de bienestar social y colaboración público-privada, englobando unas condiciones laborales enmarcadas en dicha economía del bienestar. El colofón vendría dado por la ampliación de las atribuciones de la UE relacionadas con la política exterior, la seguridad y la defensa.

Como ocurre a menudo, el enunciado de los objetivos y actuaciones a desarrollar comportan una mayor facilidad que la puesta en marcha de todo ello. En ese sentido, la manera de lograr los cambios se basarían en tres dinámicas:

1.- Puesta en marcha intensa y consensuada de los procedimientos contemplados en los tratados para las modificaciones necesarias de dichos procedimientos.

2.- Complementariamente, y en su defecto, poner en práctica la vía contemplada en los tratados y explicitada en el Manifiesto por un Presupuesto Europeo (Para una política fiscal y presupuestaria europeas), mediante la cual dos o más estados pueden pactar entre ellos medidas y acuerdos de actuación, no contrarios a los Tratados, que involucren, afecten y comprometan a los firmantes de esos acuerdos, pudiendo adherirse los demás estados con posterioridad. Probablemente, esto generaría la Europa de la multivelocidad, que se estima mejor que la inacción.

3.- Puesta en marcha de un contundente proceso de I+D+i, llevado a cabo por la Academia –entendida como un ámbito constituido por personas independientes del campo universitario y del conocimiento de gran prestigio–, y que afecte a los espacios civil, fiscal, administrativo y jurídico, renovando conceptos provenientes del derecho romano y napoleónico en demasiados casos y ámbitos. La optimización y racionalización del desarrollo y uso de la educación, sanidad y tecnología, centradas en la persona, debería constituir el objetivo de todos los cambios a implementar.

Parte de lo que estamos planteando tiene una incidencia próxima en el tiempo, inmediata diría yo, y, además, de un volumen económico considerable.

Nos referimos, en primer lugar, al asunto brexit, que a pesar de su reciente firma son muchas las dudas y la deriva, especialmente económica, que conlleva. En esto también el año 2021 resultará, en la perspectiva histórica, extraño. Muy extraño.

El segundo tema es el Fondo de Recuperación Económica. Tras algunas dudas razonables surgidas, podemos esclarecer algunos elementos que configurarán dicho fondo y su aplicación.

La pandemia está teniendo un efecto económico destructor, del cual, aún, se desconoce su alcance. Por dar algún dato indiquemos que las previsiones más fiables sobre el crecimiento en la UE auguran que en el año 2023, en el mejor de los casos, se alcanzará el nivel de PIB (recordemos que para España este es de 1,2 billones de euros) obtenido en el año 2019. Para el empleo, la riqueza, y el bienestar –teniendo en cuenta el coste de oportunidad–, las expectativas son sencillamente demoledoras.

En términos de deuda pública conviene resaltar –por aquello de las referencias y el entorno–, que en Francia y Portugal se encuentran, aproximadamente, en el nivel del 124% de su PIB; si nos fijamos en Grecia e Italia, dicho nivel alcanza el 200%.

Pero vayamos al plano más positivo. El Fondo de Recuperación Económica, producto de un acuerdo histórico en el seno de la UE, admitía su endeudamiento en los mercados financieros internacionales. ¡La UE como uno de sus estados miembro!

Los fondos adoptarán la figura de créditos y subvenciones, se solicitarán por parte de los estados durante los años 2021, 2022 y 2023. El año 2024 no existirán estas ayudas, ahora bien, los proyectos aprobados y, por lo tanto, ayudados, podrán desarrollarse hasta el año 2026.

Utilizando la terminología comunitaria podemos indicar que el objetivo macro de la aplicación de esos fondos es lograr, o al menos avanzar, hacia una economía más verde, más digital y más resiliente –en el sentido de resistir adaptándose permanentemente a los cambios–, estructurándose la aplicación de los flujos financieros con la siguiente distribución: un 37% de los fondos han de aplicarse a inversiones destinadas a lograr una transición ecológica en el aparato productivo, en particular, y en la sociedad, en general; un 20% deberán destinarse a la transición digital y un 43% a la modernización de las estructuras productivas.

La previsión hecha sobre el reparto de los fondos se concreta en un 22,2% a Italia, un 13% a Francia y un 18,5% a España, entre el conjunto de los destinos. Para este último caso, España, supone un total de 140.000 millones de euros, de los cuales 70.000 millones serán subvenciones, y otros 70.000 millones adoptarán la forma de créditos a devolver. Hasta abril de este año podrán presentarse proyectos.

La UE aprobará en junio aquellos que cumplan una serie de requisitos estrictos alineados con los tres objetivos citados, momento en el cual se procederá a aportar el 10% del importe de cada proyecto aprobado.

El inédito acuerdo de la UE contempla y habilita, además, dos medidas hasta ahora inexistentes e impensables:

a) La UE podrá fijar algunos impuestos nuevos de ámbito europeo, fundamentalmente indirectos, a determinados productos y en frontera europea.

b) La UE puede y decide endeudarse, como tal Unión.

De golpe, caen dos grandes tabúes comunitarios. Las circunstancias han forzado tal decisión, junto con la aceptación de las asimetrías en el seno de la UE.

Economista