Tribuna abierta

Estado de Identidad

12.05.2020 | 00:35
Estado de Identidad

El común anhelo de decidir libremente su estatus político que defiende la población taiwanesa (o hongkonesa) es comparable a la que mantienen vascos y catalanes, así como la voluntad imperialista de los chinos-han por imponerse es semejante a la de los castellano-españoles

Entre los grupos etno-nacionales de China están los hakka. Según parece, hace cerca de 1.700 años comenzaron a desplazarse desde el nordeste, y hoy se encuentran diseminados por distintas zonas, en especial por el sudeste chino. También hay numerosas comunidades hakka en varios países de los cinco continentes, en los que con frecuencia forman la comunidad china mayoritaria. Es el caso de Filipinas, Indonesia, Tailandia, así como de ciudades de EEUU (San Francisco, Nueva York), Australia (Sídney, Melbourne), Canadá (Toronto), Jamaica, Costa Rica, Hawái o las principales ciudades argentinas. Los hakka tienen su propia lengua, más cercana al cantonés que al mandarín, y en conjunto suman alrededor de 50 millones. Dado que no disponen de un estado territorial que los represente, y que personas ajenas al grupo se han incorporado a él, mientras que otras lo han abandonado, algunos sugieren que los hakka constituyen un estado de identidad.

Uno de los países donde se establecieron es Taiwán, la antigua Formosa, como la bautizaron los marinos portugueses. La identidad de Taiwán resulta también muy azarosa. Su población originaria, de la que sobreviven algunos centenares de miles desplazados a las montañas, comparte raíces con las lenguas y pueblos austronesios diseminados por el Pacífico. Cuando a partir del siglo XVII la isla quedó bajo el dominio chino, comenzó la inmigración desde el continente, mayoritariamente de población de habla cantonesa y hakka. En 1895, Japón conquistó la isla y mantuvo su dominio hasta su derrota en la II Guerra Mundial. En 1945, y en plena guerra civil china, las fuerzas nacionalistas del Kuomintang se hicieron con el control y la derrota del Kuomintang frente a los comunistas impulsó a su generalísimo Chiang Kai-shek a trasladar los restos de su ejercito y administración, junto a miles de ciudadanos leales a la República de China, a Taiwán. Millón y medio de chinos de etnia han y de habla mandarín impusieron entonces una brutal dictadura sobre una isla que contaba con más de 6 millones de habitantes. En 1947, la población autóctona, harta de la corrupción, la discriminación y el mal gobierno de los recién llegados, se rebeló pacíficamente. Sin embargo, la respuesta represiva del gobierno chino fue brutal. Se calcula que entre 20 y 30.000 personas fueron asesinadas en una semana de matanzas. En lo que se conoce como el incidente 228, eufemismo que se vincula con la fecha 28 de febrero, el gobierno del Kuomintang eliminó a aquellos que podrían formar un gobierno alternativo –intelectuales, profesionales...– y se ensañó con las bases de la protesta, muy particularmente con los estudiantes que habían encabezado la reivindicación de una sociedad democrática. Durante casi 40 años, una dictadura de partido único estableció la ley marcial, un estado de sitio permanente, donde la persecución de la disidencia, la tortura y el terror sobre la población fueron la norma. Al corrupto Chiang Kai-shek le sucedió su hijo Chiang Ching-kuo, quien aún manteniendo un régimen autoritario y autocrático, comenzó en los años 80 a dar pasos hacia el multipartidismo.

Desde el reconocimiento de la China Popular por EEUU a fínales de los 70, el reconocimiento internacional de Taiwán se ha ido debilitando. Hoy apenas una docena de países centroamericanos y del Pacífico reconocen a este estado de ya 24 millones de habitantes. La diplomacia de la República Popular, que reivindica la soberanía sobre la isla, hace incompatible el reconocimiento de China y de Taiwán. Pero simultáneamente a este declive, Taiwán experimentó un boom económico. Receptora de grandes inversiones japonesas y americanas, la marca Made in Taiwán se ha hecho muy popular mediante una economía de exportación de productos baratos y una política comercial muy competitiva que han mantenido a Taiwán en el mapa. Hoy, más de un millón de taiwaneses viven en la china continental, donde gestionan cientos de empresas asociadas a su industria.

Hace unos meses, en las elecciones presidenciales, el partido de la independencia taiwanés ganó con claridad sobre el candidato del Kuomintang, favorable a la unión entre las dos repúblicas. La presidenta del Partido Progresista Democrático, Chien-Jen Chen, quiere mantener la independencia e interpreta que los acuerdos internacionales, al no especificar a qué autoridad se transfería el dominio japonés sobre la isla, posibilitan el ejercicio de la autodeterminación. Sin embargo, el Partido Comunista Chino ha amenazado con la invasión si esa consulta se organizase. En consecuencia, el mantenimiento del ambiguo statu quo parece ser la fórmula que la mayoría respalda, temerosa de una nueva invasión han, ahora en nombre de la República Popular.

Durante décadas, la sangrienta dictadura del Kuomintang agitó el fantasma del comunismo para recabar el apoyo occidental y la vista gorda a los abusos de la dictadura. Como brillantemente expone el film Formosa Betrayed, el régimen empleó a la mafia china para eliminar a disidentes en el extranjero y Estados Unidos utilizó Taiwán como base de entrenamiento y armamento para sus operaciones "anticomunistas" encubiertas en América central. Las concomitancias entre las dictaduras de los generalísimos Chiang y Franco, las guerras civiles que las precedieron, su retórica anticomunista, los brutales métodos ante la disidencia, la persecución de las minorías nacionales, o las razones geoestratégicas que les dieron amparo durante décadas, sugieren insospechadas afinidades entre el extremo oriente y la Europa más occidental. El común anhelo de decidir libremente su estatus político que defiende la población taiwanesa (o hongkonesa) es comparable a la que mantienen vascos y catalanes, así como la voluntad imperialista de los chinos-han por imponerse es semejante a la de los castellano-españoles.

En términos geopolíticos, la crisis asociada al COVID-19 ha puesto a China en el centro de la globalización. Mi impresión es que sus consecuencias podrían acelerar la hegemonía asiática sobre el planeta y la influencia del PCCh (Partido Comunista Chino) como la organización más poderosa, en detrimento del GOP (Grand Old Party, Partido Republicano de Estados Unidos). Tal vez para Europa y EEUU el objetivo no sea otro que procurarse un declive sostenible y es posible que por el camino queden muchos estados fallidos. Como los navegantes de hace siglos, nos adentramos en aguas desconocidas, ahora a golpe de bit y armados con inteligencia artificial. Pero el ser humano y sus sociedades siguen siendo frágiles frente a la naturaleza, de la que no se ha independizado. La aceleración del tiempo y la reducción del espacio continuarán y, en ese sentido, la globalización no se detendrá. Pero probablemente será más distópica y hobbesiana de lo que habíamos imaginado, cómodamente instalados en el sofá de la Ilustración.

Profesor de Derecho Constitucional y Europeo (UPV-EHU)