Arana y el despertar de una nación

Un reportaje de Míriam Vázquez

El fundador del PNV, Sabino Arana (1865, Abando-1903, Sukarrieta), fue pionero a la hora de despertar la conciencia de ser vasco y no español en un momento de profundos cambios y riesgo para la identidad, como la abolición foral y el flujo migratorio de trabajadores. Dotó a Euskadi de símbolos (el nombre y la ikurriña) que todavía hoy son ampliamente aceptados, y puso en marcha el PNV, partido hegemónico en la CAV.

EL nacimiento del PNV hace 125 años provocó el despertar de la conciencia nacional vasca, que ha sido determinante para la puesta en marcha de instituciones propias y la protección del euskera. El proceso lo desencadenó su fundador, Sabino Arana. Los lazos históricos, sociales y el euskera existían a ambos lados del Bidasoa, pero no había una conciencia activa entre los ciudadanos. La reflexión de Arana se vio propiciada por el contexto de la época, con la sensación apremiante de que la identidad vasca y el euskera se encontraban en estado crítico, al borde de la desaparición, amenazados por el proceso de españolización tras la derrota carlista, la abolición de los fueros que daban soberanía a los vascos, y el importante flujo de trabajadores españoles hacia la industria y la minería. Sabino Arana (1865, Abando-1903, Sukarrieta) dio el paso decisivo de considerarse vizcaino y no español e impulsar la fundación del PNV en 1895. Despertó la conciencia nacional y la dotó de símbolos, como la ikurriña o la propia denominación Euzkadi.

Pese a su muerte prematura por la enfermedad de Addison a los 38 años, con tan solo diez de ejercicio en política, alumbró dos símbolos ampliamente aceptados, que perduran y son asumidos con carácter oficial como representativos de la comunidad autónoma vasca en el Estatuto de Gernika. La ikurriña y el término Euzkadi, reformulado después como Euskadi, tienen la virtud poco habitual de ser respetados por partidos centralistas estatales que demonizan a Arana y, al mismo tiempo, despertar un sentimiento de identidad más allá de la CAV en sectores abertzales de Nafarroa y de Lapurdi, Nafarroa Beherea y Zuberoa. Se ve también la mano de Arana en el himno, Euzko abendaren ereserkia, aunque él redactó la letra, y la música se compuso más adelante. Con el ideal de formar un Estado vasco, dejó sentadas las bases del PNV, el partido hegemónico en la CAV y principal referencia abertzale, con un profundo arraigo social a través de los batzokis. El PNV ha impulsado un proceso gradual para dotar a Euskadi de instituciones, formar el primer Gobierno vasco desde la comunidad autónoma vasca con el lehendakari Aguirre en 1936, y profundizar en el autogobierno y la colaboración con Nafarroa e Iparralde, respetando sus ritmos.

Guerra carlista. El Reino de Navarra, los territorios de Bizkaia, Gipuzkoa y Araba, y los situados en el Estado francés habían perdido sus fueros y su soberanía. Los fueros suponían no pagar impuestos ni ser llamado a filas en el Ejército. La Corona, además, debía comprometerse con las leyes vascas. Ese sistema se vio seriamente amenazado por aquellos que, escudándose en la Revolución Francesa, se amparaban en la igualdad de todos los españoles como pretexto para apostar por el café para todos. La familia Arana se había posicionado a favor de los carlistas en la guerra (su aita participó en ella y vivieron el exilio), no porque tuviera un especial interés en el devenir de la Corona española al tomar partido por Carlos en la sucesión, sino porque veía en ese bando la garantía de que continuaran los fueros frente a la visión centralista de los liberales. La derrota carlista y la abolición foral en 1876 dejó desolados a los partidarios de la soberanía.

Sabino Arana era carlista. El empujón definitivo hacia el nacionalismo se lo dio una conversación con su hermano Luis en los jardines de Albia, delante de su casa, en el solar que ahora ocupa la sede central del PNV en Bilbao. En 1882, Luis le relató un viaje en tren, donde un santanderino le reprochó que los fueros vizcainos no podían ser compatibles con la idea de una España de ciudadanos iguales. El relato de su hermano fue una sacudida para Sabino y provocó que anidara en su mente una pregunta que le azuzaba como el aguijón de una avispa: ¿Se podía ser vizcaino y español a la vez? Se sumió en los estudios vizcainos, se afanó en aprender euskera (él mismo lo desconocía), y experimentó una conversión personal hasta abrazar un discurso nacionalista. En una primera fase, solo para Bizkaia, aunque pronto articularía la idea de Euzkadi. “Euzkotarren aberria Euzkadi da (Euzkadi es la patria de los vascos)”, decía.

En 1893, pronunciaba su conocido Juramento de Larrazabal. Expuso el lema Jaungoikoa eta Lagizarra, y su idea de organizar un partido. “No quiero nada para mí, todo lo quiero para Bizkaya; ahora mismo, y no una, sino cien veces, daría mi cuello a la cuchilla sin pretender ni la memoria de mi nombre si supiese que con mi muerte había de revivir mi patria”, dijo. En 1894, fundó Euskeldun Batzokija, izó la primera ikurriña, y el PNV se puso oficialmente en marcha el 31 de julio de 1895 con la constitución del Bizkai Buru Batzar. La bandera la ideó con su hermano Luis, en sus inicios como símbolo de Bizkaia por su idea confederal (pensaba que cada territorio tenía que diseñar su enseña), aunque acabaría extendiéndose como símbolo de Euskadi. Apostaron por un fondo rojo, la cruz blanca cristiana, y el aspa verde en alusión al Árbol de Gernika y también a la cruz de San Andrés por la batalla de Padura (ahora Arrigorriaga) donde los vizcainos derrotaron a los asturleoneses. La actividad del PNV se desarrolló en un clima de represión y clandestinidad, con la incautación de la ikurriña en 1895 y la clausura del Euskeldun Batzokija.

El PNV extendió sus raíces por los territorios vascos y, ya fallecido Arana, se formó la Ejecutiva nacional, el EBB. Arana evolucionó desde una apuesta inicial centrada en Bizkaia hasta la idea de Euskadi. También había mostrado su solidaridad a Nafarroa durante la Gamazada ante los intentos de atropellar su régimen fiscal. Desarrolló un intenso activismo político y periodístico desde sus comienzos en Bizkaitarra, que le costó ser procesado y pisar la cárcel. Fue carismático y provocador, y todavía se discute qué quiso decir en el ocaso de su vida cuando apostó por un partido no abiertamente nacionalista. Dejó un legado de frenética actividad que incluyó su trabajo como diputado por Bilbao tras las elecciones de 1 898.

Sabin, el vasco que luchó por no ser el último y acabó siendo el primero

Luis de Guezala
Doctor en Historia de Sabino Arana Fundazioa

Cuando Sabin tenía dos años de edad, en 1867, en la Revue des Deux Mondes, Élisée Reclus publicó un artículo titulado Los vascos, un pueblo que desaparece. No le faltaban razones al geógrafo. A lo largo de aquel siglo XIX, las élites políticas e intelectuales del Estado español desarrollaron un proceso por el que pretendieron que en todo el territorio bajo su control quedara una única nación, la española, eliminando todas las demás, su cultura, idiomas e identidad. Algo similar a lo que pasó también en el Estado francés. La nación hegemónica se pretendía superior y suprema, y todo lo que no fuera ella se consideraba inferior y atrasado, justificando así un proceso genocida similar al que fuera de Europa harían las principales potencias en sus colonias y posesiones. Este discurso calaba entre los propios vascos de la época, convenciéndoles de que lo mejor para ellos y sus hijos era dejar de serlo. La propaganda era incesante, desde medios de comunicación y academias. En el mismo Bilbao se pudo oír a un distinguido académico bilbaíno: “Eres un pueblo que te vas (…); estorbas a la vida de la universal sociedad, debes irte, debes morir, transmitiendo la vida al pueblo que te sujeta y te invade.” “(…) esa lengua que hablas, pueblo vasco, ese euskera desaparece contigo; no importa porque como tú debe desaparecer; apresúrate a darle muerte y enterrarle con honra, y habla en español”. Sabin llegó a pensar: “Patria mía ¿he nacido yo para verte morir?”.

La mitad de la breve vida de Sabino de Arana y Goiri, desde que adquirió conciencia nacional vasca, fue una lucha para que el pueblo vasco no desapareciera. Se enfrentaba a un intento genocida por asimilación, en el que la desaparición no se pretendía por eliminación física, sino procurando que los vascos pensaran que para ellos y sus hijos la vida iba a ser mejor si dejaban de considerarse como tales y pasaban a identificarse como españoles, abandonando su lengua, cultura e identidad. Lo vasco era un estorbo, como razonaba el académico citado, y solo había futuro con la nueva identidad española que se le imponía. Por eso, la labor de Sabin comenzó con la valoración positiva de su propio país y el ataque al que se pretendía imponer, dando la vuelta a los estereotipos: ensalzó a los vascos y denigró a los españoles que se pretendían superiores. Frases de esta primera etapa descontextualizadas le han generado muchas antipatías, como es fácil comprender. Su labor fue ingente en muy pocos años: estudió la historia vasca y su cultura, aprendió el euskera y realizó un gran trabajo filológico sobre él, escribió libros y folletos, fundó periódicos y creó un partido que le ha sobrevivido más de un siglo y ha acabado siendo el más importante del país.Su lucha fue muy difícil, enfrentado con muy pocos medios a la fuerza y recursos de todo un Estado, haciendo lo que no le convenía, sin ningún beneficio personal y solo en favor de su comunidad, para que tomara conciencia de su existencia y no desapareciera.

Dejó vida y hacienda en ello, pero su obra fue fecunda. Sabin no fue al final, como había temido, el último vasco cuando falleció sino que, gracias a su entrega y sacrificio, acabó siendo el primero de los vascos con conciencia nacional. Siglo y medio después del fatal pronóstico de Reclus, los vascos seguimos existiendo y Sabin ocupa un lugar destacado y merecido en nuestra memoria porque, como dijera Manu de la Sota en referencia a los gudaris, “el premio de la inmortalidad se otorga a los hombres que mueren para que los pueblos vivan”.