Atrapados en la jaula de Hebrón

A 30 kilómetros al sur de Jerusalén y enclavada en los Montes de Judea, la única ciudad en Cisjordania con asentamientos judíos en su interior ha hecho de la resistencia su modo de vida

11.01.2020 | 06:34

ahamed habla de lo que era la vida al otro lado de la alambrada, donde el tránsito habitual de paisanos se ha convertido en un recuerdo lejano. Durante muchos años esta zona hoy desierta había sido uno de los focos comerciales más bulliciosos y populares en Palestina. Nada de ello queda en Shuhada Street, la Calle de los Mártires, donde el hombre detiene sus pasos a escasos metros de la zona militarizada. "Antes pasábamos por aquí sin ningún problema. Ahora la ciudad está dividida en dos por una política de aislamiento y separación racial que atenta contra los derechos humanos. Es imposible circular libremente y es preciso dar un rodeo de doce kilómetros, cuando antes solo eran dos pasos. Muchas familias han sido separadas, lo que impide que puedan ver a sus hijos". Sigue lloviendo y hace frío en Hebrón, una de las poblaciones habitadas más antiguas de Oriente Medio. A 30 kilómetros al sur de Jerusalén y enclavada en los Montes de Judea, se trata de la única ciudad en Cisjordania con asentamientos judíos en su interior.

Entre puestos de dulces, ropa y la lluvia que se mezcla con sangre de pollo, todavía se adivina lo que fue el comercio gracias a la colorida estampa que ofrecen sus calles adyacentes. Pero la restricción de movimientos y el acoso sistemático provocan que miles de personas se vean obligadas a abandonar sus hogares y cerrar sus negocios. "No, no es fácil la vida en este lugar", saluda afectuosamente Islam, un joven palestino que estudió en Zaragoza y Barcelona y que ha regresado a su tierra natal para impartir clases de economía en la universidad.

La ciudad quedó dividida en dos en 1997: H1, bajo jurisdicción de la Autoridad Palestina, y H2, que incluye el casco antiguo y los asentamientos ilegales, bajo control militar israelí. "Aquí siempre hay hostilidades", admite Ahamed. "Nos dividen por categorías, nos dan diferentes credenciales según el lugar de residencia, y con ello buscan que perdamos una identidad común". El hombre acompaña por la vieja ciudad a la delegación del Ayuntamiento de Donostia desplazada estos días a Palestina y se detiene frente a la mezquita Ibraimi de Hebrón. Indica el lugar por donde entró un colono que abrió fuego en 1994 sobre una multitud de musulmanes palestinos que se habían reunido para rezar, provocando una masacre de 29 muertos y 125 heridos. El atacante, en este centro espiritual también conocido como Tumba de los Patriarcas, fue desarmado y golpeado hasta la muerte por los supervivientes.

Este es el ambiente que se respira en la ciudad fantasma, donde la violencia es casi una forma de vida. No hay más que ver la red de seguridad que cubre la que es hoy una arteria principal de la vieja ciudad. La malla está colocada para evitar el impacto de piedras y productos químicos que han llegado a lanzar los colonos desde lo alto. "Quienes viven ahí arriba son americanos y no suelen permanecer aquí por más de dos o tres meses, hasta que son reemplazados para continuar con la ocupación", explica un vecino.

Lo más fácil sería ceder y marcharse, pero hay quien no está dispuesto a cerrar su negocio, a pesar de haber recibido incluso importantes cantidades de dinero por ello. Ese es Abu Muhammad, al frente del único comercio que permanece en la zona desde que la ciudad quedó divida en dos. La delegación donostiarra desplazada a Palestina tiene ocasión de comprobar que este establecimiento comercial, rodeado de fuerzas militares, es poco menos que el último reducto frente a una fuerza imparable en Shuhada Street.

Cerca de este lugar, Maizar y su prima Iman abren las puertas de lo que fue su hogar. Han preparado con mimo unas exquisitas lentejas con arroz y cebolla. Ya no residen aquí porque, según explican, las canalizaciones de agua que reventaron los israelíes provocaban inundaciones de agua que llegaban a alcanzar los dos metros de altura. "Cada sábado los colonos pasaban por aquí", señala esta joven de 27 años, que también combate el sistema patriarcal tan arraigado en su ciudad, con la creación de una cooperativa de 150 mujeres que luchan por sus derechos y tratan de ganarse la vida con la venta de bordados.