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Esperanza

Por Alberto Atxotegi - Miércoles, 10 de Octubre de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Resulta complicado encontrar el tono y las palabras a la hora de definir esa desesperanza contemporánea que nos invade con excesiva frecuencia en Euskal Herria. Se asemeja a un gas tóxico que inhalamos día tras día en pequeñas dosis tal como el maremagno mediático nos lo envía. Este flujo suele resultar tristón y a menudo alarmista. Se reviste frecuentemente de tonos grisáceos, pero puntualmente salpimentado con las consabidas pinceladas de “buenas noticias” y abundantes toques de histrionismo. Una anestesia perfecta para que la masa se entretenga y deje de pensar. Sin embargo, la realidad raras veces es tan sombría. Está hecha de luces y sombras, mezclando lo peor y lo mejor. Insistir únicamente sobre lo sombrío es pecar -e incluso mentir- por omisión. Hace ya un tiempo que los ideales abertzales optimistas no marcan “tendencia”. La desesperanza o el buen conformar de hoy en día, teorizado e incluso valorizado, pesa más que una lápida sepulcral. Disfrutar con avidez del presente y no esperar apenas nada del futuro forman el estribillo de las cantinelas en boga. En cualquier caso, el hecho de renunciar a la esperanza no acarrea ningún plus o beneficio en términos de hedonismo. Si así lo fuera, los pueblos o comunidades, unidos en torno a un proyecto de futuro, serían menos felices que aquellos sin esperanza alguna que se entregan a la ebriedad del presente. Permanecer en el actual estoicismo del mal menor no es más que bajar los brazos, seguir sometidos y aceptar dócilmente la granizada sin paraguas ni chubasquero. Dice Régis Debray que la sociedad ya no es un todo (un tout) sino un montón (un tas), y no le falta razón. Prevalecen partidismos, corporativismos, individualismos e impenitentes cinismos.

Catalanes, vascos, corsos y demás pueblos debemos hacernos oír y adoptar una estrategia del optimismo con una dimensión reflexiva y voluntariosa que nos haga caminar con esperanza

Aun sabiéndonos cercados por todo tipo de corruptelas y unos estamentos judiciales, en gran parte serviles a los más bajos intereses políticos, volvamos a la esperanza, fuerza motriz de nuestra independencia. Todo indica que vamos a vivir un episodio histórico complejo, pero apasionante. A los que anteayer nos tachaban de euroescépticos porque propugnábamos Otra Europa, la de los pueblos en contraposición a la de los estados-nación soberanamente contaminados, hay que demostrarles que podemos convertirnos en la alternativa europea ante la melancolía, la vacuidad y la extenuación moral de tanto proeuropeo de guante blanco. Para muchos de ellos, nuestro viejo continente no supone otra cosa que un escenario donde, al igual que en sus respectivos parlamentos, escenifican (excelentemente retribuidos) la comedia del vacío, la ausencia de autodeterminaciones para los pueblos y la desigualdad social. De ahí el resurgir de tanto movimiento jacobino nacionalista o neofascista xenófobo por sus cuatro puntos cardinales. Francia, España, Italia, Austria, Polonia y algunos más al este son buenos ejemplos de lo que se prepara a cortísimo plazo.

No me cabe la menor duda que las actuales soberanías de los Estados de la Unión Europea deben someterse a profundas metamorfosis incorporando a los pueblos que actualmente abarcan en sus senos, para que éstos puedan decidir soberanamente el devenir de sus futuros en Europa, sin injerencia alguna. Pienso que catalanes, vascos, corsos y demás pueblos debemos hacernos oír y adoptar una estrategia del optimismo con una dimensión reflexiva y voluntariosa que nos haga caminar con esperanza. Se trata de un optimismo no solo justificado sino pertinente. Eso sí, toca volver al militantismo básico, haciendo abstracción de los mensajes demagógicos soberanistas, lanzados en días señalados, que únicamente sirven de soporte para que en unas próximas elecciones, algunos se perpetúen en el poder autonómico, tan solo en cuatro herrialdes de nuestro país. Llevamos décadas esperando transferencias acordadas hace más de 40 años, observando comisiones transfronterizas norte-sur de pura fachada y dos Estados-Nación que nos siguen… con el mazo dando. Somos un mismo pueblo a ambos lados del Bidasoa, pero si no espabilamos podemos acabar arrinconados en la hemeroteca. Los arreglos con Francia y España para el derecho a decidir hace ya un tiempo que pasaron del estatus utópico al de la imposibilidad absoluta judicial y constitucional. Habrá que intentarlo desde la Comunidad Europea con listas unidas abertzales de los pueblos europeos, y presentar batalla desde ese continente roto, débil, dividido y depauperado, donde ahora cada Estado no hace más que barrer hacia su propia cocina nacionalista. Los pueblos de Europa no necesitamos de reyes o presidentes ajenos, sencillamente, porque no somos ni sus bufones ni sus vasallos.


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