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‘Nacional-populismo’: objetivo vaciar Europa

La meta ya no es destruir la UE, al menos en primera instancia, sino mantenerla mientras se la vacía de poder

Un reportaje de Nacho Alarcón/Aquí Europa - Miércoles, 10 de Octubre de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Los líderes de la ultraderecha europea mantienen unas relaciones cada vez más estrechas.

Los líderes de la ultraderecha europea mantienen unas relaciones cada vez más estrechas. (Foto: CPDV)

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Los líderes de la ultraderecha europea mantienen unas relaciones cada vez más estrechas.

El tiempo de los golpes de Estado es pasado para la Unión Europea. Eso no significa que haya pasado el tiempo de la construcción autoritaria. Los euroescépticos también tienden a no decir tan claramente que el objetivo es abandonar la UE. En cambio prefieren hablar de reformarla para hacer lo que todo líder liberal desea hacer con una democracia: vaciarla, eliminar las instituciones y los contrapesos para mantener la apariencia democrática aunque se consume la mutación autoritaria. Las democracias ya no colapsan, mutan. Ya no mueren con un estrepitoso crujido, pero el hecho es que igualmente mueren. Esa mutación es más peligrosa que el colapso: en la transición de una democracia liberal hacia un país autoritario donde el Gobierno se funde poco a poco con el Estado, controla las instituciones para luego despojarlas de su sentido real, y finalmente, se instala de forma indefinida en el poder, con el control total sobre todo el sistema. Eso les permite mantener la carcasa de la democracia y sostener por tanto esa falsa legitimidad mientras de forma efectiva la democracia ya ha pasado a ser una autocracia. Esa mutación es en la que profundizan Thimoty Snyder en Road to Unfreedom o Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en otras obras como How democracies die.

Es un proceso en el que hoy se encuentran varias democracias occidentales y que es el nuevo camino hacia el autoritarismo. Los euroescépticos han descubierto que los ciudadanos europeos ya no premian el caos. No quieren una destrucción total de la Unión Europea de una forma agresiva y frontal. Ese mensaje no tiene cabida en el electorado. Pero sí que tiene encaje otra idea: la UE ha creado problemas que podrían haberse resuelto con gobiernos soberanos, como la crisis migratoria. La UE es por tanto un problema, no una solución. Y lo es porque un grupo de burócratas dirigen el designio de la nación, ya sea Italia, Hungría o Polonia, que impide al país cumplir con su papel heroico y eterno en la historia.

Es el nacional-populismo en estado puro. De ahí que los nuevos líderes euroescépticos no muestren rechazo a la idea de Europa, sino que centren sus críticas en personajes y en procedimientos: en que un grupo de funcionarios aten las manos a un Gobierno soberano. El objetivo ya no es destruir la UE, al menos en primera instancia, sino mantener sus instituciones y organismos mientras se les vacía de sentido, poder y utilidad.

Matteo Salvini, viceprimer ministro italiano y titular de Interior, líder de la xenófoba Lega, un partido históricamente euroescéptico y antieuro, abandonó sus tradicionales críticas contra el proyecto europeo durante las últimas elecciones nacionales. En cambio se centró en la inmigración, en hablar de una “invasión” de la que Bruselas era cómplice y que la solución era un hombre fuerte en Roma. Otro ejemplo más es Viktor Orbán, primer ministro húngaro que ha estrechado sus relaciones con Salvini: él nunca ha hablado de destruir la UE, sino de ser el líder de una nueva Europa, un proyecto conservador, identitario y con el centro en los valores que él considera centrales, que es la identidad cristiana europea.

La construcción del discurso no es fácil. Pero hay un par de países en los que el caldo de cultivo es perfecto. La receta siempre tiene como ingrediente principal el victimismo. En Polonia es la teoría conspiranoica entorno a la estructura comunista del Estado, lo que permite al Gobierno polaco minar la independencia del Tribunal Supremo al asegurar que hay jueces comunistas;en Italia es el estancamiento económico del que Salvini y otros culpan a la Unión Europea en vez de a su falta de iniciativa por reformar su economía;y en Hungría, con una visión más europea, es el relato de que existe un intento internacional, encabezado por el magnate de origen húngaro George Soros, de acabar con la cultura húngara y su identidad cristiana inundando el país con refugiados musulmanes.

El caldo de cultivo alemánEn Alemania hay otro caldo de cultivo: los alemanes del este, los que habitaban en la antigua República Democrática Alemana antes de la reunificación, se sienten de segunda división. Tienen menos riqueza, menos industria y, en general, más problemas sociales. La extrema derecha lo sabe y explota ese problema: encima de que el este salió perdiendo con la unificación, ahora Angela Merkel, canciller alemana, abre las puertas a millones de refugiados. El efecto de ese discurso ya empieza a ser más que visible en sitios como Chemnitz.

Siempre es el mismo esquema: un país, que siempre ha sufrido el castigo de fuerzas externas, es víctima, otra vez más, de un intento extranjero de ahogar el Estado. Por eso al Gobierno no le queda más opción que protegerse ante ello. Y así se inicia el relato.

El plan a seguir a nivel de la Unión Europea está claro: Polonia y Hungría señalan el camino. El objetivo consiste en vaciar de sentido las instituciones, obstruir el sistema para, finalmente, mantener la carcasa, la idea de la Unión Europea, pero vaciarla de sentido: frenar la integración y cambiar el sentido de los valores, de defender el Estado de derecho a defender la identidad, la soberanía y todos los otros elementos que conforman el nacional-populismo. El proceso presenta varias ventajas para los euroescépticos: lo hacen con la legitimidad democrática de los votos, eliminan la UE y su utilidad a través de las mismas instituciones europeas, y les permite hacerse cada vez más fuertes en casa. Además hay otros Estados miembros, como son Países Bajos, que aunque no entran dentro de la esfera nacional-populista, sí que querrían que la UE fuera un mero espacio económico. En otros países, como en Austria, los partidos moderados de centroderecha han decidido copiar el discurso extremista de la ultraderecha para evitar ser superados electoralmente, y eso también podría atar las manos de Viena a la hora de frenar esa lenta conversión.


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