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La mayor victoria de Trump

Los demócratas se tomaron la elección de Kavanaugh como si fueran unas elecciones y volvieron a perderlas encaramando al presidente a las más altas cotas de popularidad

Diana Negre - Domingo, 7 de Octubre de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Un policía arresta a una activista en la escalinata del Capitolio.

Un policía arresta a una activista en la escalinata del Capitolio.

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Un policía arresta a una activista en la escalinata del Capitolio.

WASHINGTON- El espectáculo de las últimas semanas en torno al juez Kavanaugh, nominado para el Tribunal Supremo, ha culminado en una gran victoria para el presidente Trump a costa del Partido Demócrata que ha luchado con uñas y dientes para cerrar el camino al juez. Ha puesto otra vez de manifiesto la quiebra entre las dos Américas y, como le ocurrió con las elecciones ganadas por Trump hace casi dos años, ha sido la parte cosmopolita, urbana y progresista la que ha perdido, después de muchas décadas de ir copando posiciones en las universidades, los tribunales, la administración pública y la mayoría de los medios informativos.

Esta América, que considera su oposición a Trump una versión moderna de la “resistencia”, ha logrado éxitos divulgados por todo el mundo con sentencias en varios tribunales que tratan de atar las manos al presidente, ya sea por su política migratoria o comercial. También lo atormenta con un fiscal independiente que podría procesar a Trump por contubernio con Moscú para ganar las elecciones presidenciales. Razonan que, sin semejante traición el millonario neoyorquino jamás habría podido llegar a la Casa Blanca.

incapacidad demócrataEs cierto que las elecciones de 2016 fueron un mazazo para la América progresista, pero la confirmación del juez Kavanaugh como magistrado del Supremo ha sido un golpe mucho más fuerte, algo que el Partido Demócrata quiso evitar a toda costa.

El propio Trump repite en sus discursos que llenar las vacantes para el Supremo es la misión más importante de cualquier presidente. No le falta razón, porque las políticas que pueda o no poner en práctica en sus 4 u 8 años de mandato, pueden desaparecer con su sucesor, pero los cargos del Supremo son vitalicios y las personas que los ocupen pueden influir en la constitución y las leyes del país durante 30 o incluso 40 años. Con Kavanaugh, son ya dos los magistrados que Trump ha colocado en el primer tribunal del país.

Su primer nombramiento, del magistrado Gorsuch, provocó resistencia, pero no llego al paroxismo de estos días: Gorsuch sustituía a un magistrado conservador y no cambiaba el equilibrio del Tribunal, pero Kavanaugh sucede a Kennedy, quien tanto votaba con los conservadores como los progresistas.

Esto explica la cantidad de medios lanzados para impedir el nombramiento de Kavanaugh, quien ya pasó por un escrutinio semejante cuando lo eligieron para el Tribunal de Apelaciones de Washington.

Nuestros lectores han podido ver en sus televisiones la furia de los -generalmente las- manifestantes que le acusaban de intento de violación, de beber con exceso en la universidad y hasta de formar parte de una banda que se dedicaba a emborrachar y violar a la hembra se les ponía por delante. Cuando las acusaciones no se pudieron confirmar, la oposición demócrata presionó al Senado para que pidiera una investigación del FBI. Cuando las pesquisas no confirmaron ninguna de las acusaciones, culparon al FBI. Al ver cerrada esta vía, recurrieron a rasgarse las vestiduras porque Kavanaugh se había mostrado indignado de que le acusaran de semejantes delitos.

La mayoría republicana en el Senado es mínima (51-49) y a los demócratas les quedaba todavía la esperanza de que algunos senadores más centristas abandonaran a sus colegas, como ya han hecho otras veces. Habían puesto sus esperanzas en tres de ellos, de Arizona, Alaska y Maine, pero ya el viernes por la mañana estaba claro que tan solo la senadora Lisa Murkowski, de Alaska se pasaba de bando. Los otros dos votaron “si” con la mayoría del partido.

Esto no significaba que el voto estaba decidido, porque una cosa es permitir la votación, en el proceso de cierre aprobado el viernes por los otros 51 republicanos, y otra es el voto final. En el complicado sistema norteamericano, después de aprobar el voto hay que esperar por lo menos 30 horas para que el Senado abra la votación, algo que quedó para ayer sábado por la tarde.

la deserción que no se produjoPero la situación quedó clara el mismo viernes, cuando la senadora por Maine, Susan Collins, una de las últimas esperanzas demócratas para una deserción republicana, pronunció un largo discurso explicando por qué votaría ‘si’ al día siguiente. Recordó que los demócratas se opusieron a este nombramiento incluso antes de anunciar quién sería el candidato y que ninguna de las acusaciones contra Kavanaugh se había podido confirmar. Todo esto acompañado de manifestaciones ruidosas dentro del edificio del Senado, hasta el punto que la policía del Congreso tuvo que acompañar a los senadores desde sus despachos al hemiciclo para protegerlos de las turbas, al tiempo que se organizaba un fondo de castigo -ya cuenta con un millón de dólares- para financiar una campaña contra Collins en las elecciones de 2020.

Los demócratas reconocieron en sus discursos de ayer sábado que no tenían posibilidad de impedir el nombramiento, pero no se resignan y anunciaban que su resistencia seguirá y que, de recuperar la mayoría en el Congreso en noviembre, la aprovecharán para encausar a Kavanaugh.

No hay duda de que lo harán, pero el panorama les es menos favorable después de esta batalla: a pesar de las manifestaciones organizadas por los activistas, hay una cierta desazón en las filas demócratas, para no hablar del desencanto entre los independientes cuyo voto es decisivo, mientras que el espectáculo ha puesto a los republicanos en pie de guerra y su participación electoral será grande.

Una indicación de las tendencias del momento la dio el senador demócrata Joe Manchin. del estado de West Virginia: es el único en su partido que se sumó a los republicanos para confirmar a Kavanaugh, una posición que obedece más a fines electorales -su estado votó masivamente por Trump-que a consideraciones jurídicas o ideas políticas.

Pero el gran beneficiado es el propio Trump: sus índices de aprobación sobrepasan el 51% en algunas encuestas, por encima, en el mismo momento de sus mandatos, del 44.7% del muy popular Barack Obama, o incluso del todavía más popular Bill Clinton, del 43%.


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