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Colaboración

¿Hacia una nueva política forestal?

Por Kiko Alvarez - Jueves, 4 de Octubre de 2018 - Actualizado a las 06:03h

En los últimos meses, estamos asistiendo a una sucesión de noticias relacionadas con una enfermedad que está azotando las plantaciones forestales de pino radiata en el País Vasco. Unos lo ven como un problema generado como consecuencia de la aplicación de las políticas forestales intensivas que se han desarrollado desde nuestras administraciones públicas;otros, como un problema socioeconómico;y otros aprovechan para revivir viejas rencillas y discusiones entre forestalistas y ecologistas. En cualquier caso, hay dos elementos indiscutibles: la imparable extensión por las plantaciones forestales de pino radiata de la enfermedad de la banda marrón, y la incapacidad que, hasta la fecha, están mostrando nuestras administraciones públicas para hacer frente al problema.

Respecto al primer elemento, es importante señalar que un modelo forestal basado casi exclusivamente, desde mediados del siglo pasado, en la explotación de una sola especie (pino radiata) facilita la aparición de plagas y enfermedades. Por tanto, si tenemos en cuenta que poco más del 50% de la superficie de Euskadi está cubierto por arbolado y que, aproximadamente el 50% de esta superficie está ocupada por plantaciones forestales, mayoritariamente de pino radiata, parece claro que este tipo de consecuencias eran, cuando menos, previsibles. Basta con mirar un poco hacia atrás para ver que llevamos años tratando de combatir sin éxito la procesionaria del pino, o el problema que se generó con el hongo Fusarium, por ejemplo.

Es sobradamente conocido por la ciencia que cualquier masa forestal es más resiliente y resistente ante plagas, enfermedades o los efectos producidos por el cambio climático, cuanto más rica y diversa es

El problema de las administraciones es otro. Hasta la fecha, y desde hace varias décadas, han basado sus políticas forestales en el reparto de ingentes cantidades de dinero público con el objeto de impulsar el sector forestal, pero curiosamente sin establecer criterios técnicos estables o directriz alguna. Se han destinado generosas subvenciones para plantar pinares, para cuidarlos, para tratarlos y, ahora, también hay que subvencionar su tala. En este escenario, al margen de tratar de controlar los efectos de esta enfermedad, la lógica nos dice que se debería definir una nueva política forestal, que supere las recientes propuestas de continuar con el mismo modelo, pero cambiando de especie forestal. Quienes realizan esas propuestas se olvidan, de nuevo, de las especies autóctonas y orientan sus esfuerzos hacia la plantación de otras coníferas exóticas como el abeto Douglas, la sequoia americana, o la criptomeria japonesa como especies de elección, por lo que no es muy difícil adelantar posibles consecuencias.

Es sobradamente conocido por la ciencia que cualquier masa forestal es más resiliente y resistente ante plagas, enfermedades o los efectos producidos por el cambio climático, cuanto más rica y diversa es. Por ello, esta nueva política forestal debería apostar por la diversificación de especies y por el uso de especies autóctonas, adaptándose a los nuevos retos y demandas que emanan de la sociedad. Una sociedad que, por cierto, está evolucionando hacia un mayor cuidado de los bienes y servicios que genera la naturaleza. Es en este escenario donde cobra especial importancia el conocimiento científico y su aplicación en la definición de la mencionada nueva política forestal.

Por otra parte, si consideramos los aspectos económicos no hay que obviar dos factores clave. Primero, que el precio de la madera se ha desplomado en los últimos años y que, sin entrar a valorar los factores que han incidido en esa caída de precios, no parece claro que vuelvan a subir, ni está claro el valor que en el futuro va a tener la madera producida en Euskadi, tanto la destinada a sierra, como la destinada a la producción de papel. Y segundo, que son los grandes propietarios forestales los principales beneficiarios de las ayudas públicas y los principales interesados en el mantenimiento del sector desde un punto de vista exclusivamente económico, utilizando al pequeño propietario -al baserritarra- como instrumento para justificar la necesidad de subvencionar su actividad.

Las soluciones no son fáciles, ya que hay que considerar numerosos puntos de vista, pero lo que parece evidente es que es necesario abrir un debate sobre el tema que permita integrarlos todos de la manera más efectiva posible en la definición y establecimiento de una nueva política forestal. En ella, se debe considerar no solo el interés económico de unos pocos, sino también el interés general de toda la ciudadanía. Un modelo que no base sus líneas de trabajo únicamente en los metros cúbicos de madera, sino que tenga en cuenta la recuperación y conservación de la biodiversidad y el paisaje, y que maximice los bienes y servicios que los sistemas forestales generan para el conjunto de la sociedad.


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