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El inolvidable desconcierto de Orio

Jorge Napal - Viernes, 10 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h

La sensación de haber vivido un mal sueño perdura. Una persona tiene varias opciones cuando se ve superado por la realidad y, habitualmente, se dice que el humor es la más saludable. Por qué no, tiremos de él para tratar de plasmar el desconcierto de Orio. Les advierto que no es empresa fácil rememorar una noche que todavía me asalta de madrugada, y que ha pasado por derecho propio a liderar el ranking de eventos surrealistas organizados en los últimos tiempos.

Cuando aparqué el coche a eso de las 24.00 horas en casa, después de dejar a mis hijas a buen recaudo, apagué el motor, me aferré al volante y cerré los ojos. Las imágenes se sucedían en mi mente como una centrifugadora. ¿Era cierto el deambular errante de miles de adolescentes caladas hasta los huesos que acababa de ver? ¿Había soñado el lío que se montó tras la suspensión de un concierto que los municipales de Orio recordarán para los restos? Tuve que pellizcarme. Sí, era cierto que acababa de regresar del festival veraniego Los 40 Summer Live 2018, un tour que debería convertirse en un manual y proyectarse en todas las escuelas donde imparten cursos de organización de eventos, para que las personas de bien sepan lo que nunca deberían hacer.

Que conste que seguiré tirando de humor, aunque a estas alturas del texto ya me estoy aguantando el bicho. Bueno, al turrón. Miles de adolescentes acudieron en masa el miércoles al concierto que ofrecían en la playa los siete artistas del momento, esos que suenan en el dial de Los 40, como Dani Fernández, la actriz y cantante Ana Mena, Reyko, artistas salidos de la factoría OT, como Aitana y Ana Guerra, y Juan Magán.

No hay que ser ningún lumbreras para saber que, con ese cartel y en pleno verano, el plan iba a seducir a una chavalería entregada de antemano, como así fue. Muchos de ellos, por cierto, con paraguas y chubasquero, más previsores que la propia organización, debido a la alerta amarilla por tormentas que iba a convertir poco después la localidad costera en una ratonera.

Y en esto que a las 22.00 horas empieza a llover. Se podía haber modificado el cartel, o comenzar antes el espectáculo para evitar el aguacero. Pero no. Sonaba el electro-pop de Reyko, el dúo con base en Londres, cuando se bajó el telón y durante más de 40 minutos mantuvieron al público en vilo. ¿Explicaciones? Ninguna. Y a partir de ahí se lía parda, con adolescentes que comienzan a ponerse nerviosas, con riesgo de avalanchas, y sin ninguna medida de seguridad prevista. “Fue horroroso. Estuve haciendo de municipal para ayudar a la gente a salir del pueblo. Se quedaron atrapados, intentando salir por el camino de la playa cuando estaba ya colapsada. No había manera de abandonar el pueblo por ahí, pero era por donde les dirigía el GPS. Me dediqué a indicar a la gente la manera de salir de la carretera antigua, por la plaza del pueblo… fue horroroso para la gente que no tenía manera de salir en coche”.

Este humilde plumilla fue uno de esos conductores que, tras recoger a sus hijas, se quedó atrapado en medio del pueblo, como relata esta vecina de Orio que asistió al concierto. Pero hubo mucha tela que cortar antes. Durante el kilómetro de trayecto a pie por la carretera de acceso a la playa de Orio, hasta llegar al punto de encuentro, fue necesario rascarse los ojos en varias ocasiones. Imaginen que caminan a contracorriente por la calle Easo en plena Semana Grande pocos minutos antes de que comiencen los fuegos artificiales. O que se convierten, de buenas a primeras, en Michael Jackson en el vídeo de Thriller.

La única diferencia es que en vez de muertos vivientes eran miles de adolescentes empapadas y empapados hasta el tuétano de los huesos, muchos atiborrados de alcohol, para quienes la suspensión del concierto parecía casi un aliciente más para disfrutar la inolvidable velada. Salvo tres policías locales que se dejaron los pulmones en un intento infructuoso de poner orden ante tanto desconcierto, no tuve ocasión de ver mayores medidas de seguridad.

La lectura positiva de este despropósito es que mis hijas se lo pasaron pipa. De regreso al coche, tuvimos ocasión de ver a cientos de chicos y chicas llamando a sus padres para que les fueran a buscar. El tramo bajo la autopista A-8 se convirtió en refugio de un público empapado. Llovía a mares, caían las cataratas del Niágara desde la autopista, y muchos amantes de la fiesta, quizá frustrados por el coitus interruptus musical, no dudaron en plantarse bajo el diluvio. Qué diver.

Y me entró la risa. Creo que fue un ejercicio inconsciente de superación. El cuerpo y la mente son muy sabios en estos casos, y ante la adversidad, cuando la realidad supera a la imaginación más desbordante, al parecer, se activa algún mecanismo en nuestro organismo que nos permite salir indemnes de tanto desatino. Aunque no todo el mundo reacciona igual. Pude escuchar a algunas madres indignadas que recordaban cómo se organizó en Orio hace cuatro años Kilometroak (más de 100.000 personas), con la intervención de 1.500 voluntarios en la organización. “Es evidente dónde ha estado el fallo”, decían.

Probablemente no les faltaba razón. Desde la organización se limitaron a emitir un comunicado en el que venían a decir que debido a la lluvia, glups, se habían visto obligados a suspender lo que quedaba de show, “por motivos técnicos y de seguridad”. La alerta amarilla por tormenta, antes de poner en canción a miles de adolescentes, al parecer se había tomado como una chorradilla que no hacía falta tener en cuenta. “Sabemos que muchos estáis enfadados. Nosotros también. Lo que más nos gusta es poder disfrutar con vosotros, y hoy la fiesta se quedó incompleta. Ojalá tengamos una próxima oportunidad para acabar lo que hoy hemos empezado”.

Con todos mis respetos a la organización, me doy por satisfecho. La aventura y el riesgo, como todo en la vida, tienen su punto siempre en su justa medida. Pero bueno, que todo es según se mire. En realidad somos unos afortunados porque este tipo de acontecimientos, como sucede con los eclipses de Sol, ocurren cada 200 o 300 años. ¡Y que nos quiten lo bailado! El bocata de tortilla de patata en el coche, en medio del colapso tratando de salir de la ratonera de Orio, estaba sublime. Y qué decir de las risas que echamos cuando una de mis hijas contaba cómo le pareció ver una rata antes de que suspendiera el concierto. “Es que la gente ha abierto un hueco y parecía que pasaba un bicho”. Era una joven hasta las cejas de marihuana la que había caído desplomada. No se alarmen. Una amiga le dio un filipino y se recuperó en un suspiro. Al parecer, sí que se puso un poco pesada la madre de una tal Carlota, que asistió al concierto con su hija, y que no hacía más que hablar de Mercadona. Como decía Raimundo Amador hace unos días, “antes la gente se estaba callaíta en los conciertos, pero ahora no hay respeto”. La madre de Carlota seguro que se anima para la próxima. Yo, después de recurrir a la medicación para conciliar el sueño, creo que no debo. Bueno, y ya está. Un error lo tiene cualquiera. Que viva la música, Reyko, la madre de Carlota, los filipinos y Mercadona. A ver si nos vamos a enfadar por cualquier cosa, para dos días que estamos de paso. Pues eso, que fluya.


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