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Harold Good | Reverendo metodista y testigo de los desarmes del IRA y de ETA

“Un proceso de reconciliación no acaba nunca, porque es fácil despistarse y retroceder”

Al reverendo Good le preocupa la Irlanda del Norte que quedará para su bisnieto, una mirada a las generaciones que vienen que también aplica a la realidad vasca

Jurdan Arretxe - Sábado, 15 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Harold Good

Harold Good. (Gorka Estrada)

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Harold Good

donostia- Testigo independiente de la destrucción de los arsenales del IRA junto al sacerdote Alec Reid, Harold Good (Derry, 1937) participó en los actos de desarme de ETA en mayo de 2017 en Baiona. Esta semana ha ofrecido una charla en Azpeitia y respaldado en Donostia el V Foro Social, que se centrará en el reconocimiento y la reparación las víctimas para impulsar la reconciliación de la sociedad vasca.

Usted ha visitado Euskadi en incontables ocasiones desde 2005. ¿Cómo nos ve ahora?

-La primera vez fue en 2005 a recoger el premio René Cassin junto a Alec Reid, aunque cuando llegamos nos dimos cuenta de que había un interés del propio lehendakari (Juan José Ibarretxe) en conocer nuestra implicación en el desarme del IRA que hacía poco había acabado. Hoy las cosas han cambiado. Tras el desarme de ETA todo ha mejorado, se ve a la gente con más tranquilidad y mayor compromiso para construir la paz, pero hay un riesgo: puede haber quien piense que tras el desarme todo ha acabado. Pues no, este es un nuevo comienzo que hay que tomarlo como una oportunidad.

¿Esa relajación tras tanta tensión puede invitar a dejar de trabajar en las garantías para evitar que aquellas escenas de violencia se repitan?

“Tengo la impresión de que la cuestión de los presos se alarga, de que buena parte de la sociedad la ignora, pensando que ya desaparecerá”

-Después de una situación semejante, tras dar tantos pasos importantes, existe el peligro de la indiferencia. Es el mayor riesgo. Cuando esto pasa es muy importante recordar cuánto daño, cuánto sufrimiento y cuánto odio ha habido. Ante esto hay que responder, porque no hacerlo supone transmitir ese dolor de generación en generación. Junto a esto, otro problema es que una sociedad se olvide de los presos. En Irlanda del Norte jugaron un papel importante: no solo cuando generaron la violencia, sino después construyendo la paz y la convivencia de manera activa. Es algo que el proceso vasco debería afrontar.

¿Cómo?

-Víctimas y presos no deben abordarse por separado. Ese es el reto. Tengo la impresión de que la cuestión de los presos se está alargando mucho, que está siendo ignorada por buena parte de la sociedad vasca, pensando que será algo que irá desapareciendo. Son personas y, según los testimonios que he podido recabar, su situación no es buena. Creo que urge acabar con el alejamiento y con la política penitenciaria de excepción. La cuestión de los presos corresponde a toda la sociedad vasca porque ignorarlos es en realidad ignorar a sus familias, que forman parte de la comunidad. Una sociedad que actúa con responsabilidad con esa gente que forma parte de la misma sociedad es una sociedad feliz.

El Acuerdo de Viernes Santo fue aprobado en referéndum por la sociedad, pero aquí no ha habido un acuerdo para el final de la violencia. ¿Cómo lograr un respaldo al camino de la convivencia?

-Es una de las grandes diferencias. En el conflicto norirlandés las distintas partes tuvieron la oportunidad de sentarse y llegar a acuerdos, donde también se reflejaron por escrito los desacuerdos. Luego se remitió el Acuerdo a las casas y se hizo el referéndum, que en Irlanda del Norte tuvo un 73% de síes con una participación del 81% y en la República de Irlanda, el 94% con el 56%. La gente hizo suyo ese Acuerdo, que tenía puntos conflictivos como la excarcelación temprana de presos, tener que compartir el gobierno… En los sectores unionistas generó grandes desconfianzas, pero fue un gran paso adelante. Donde no hay algo así, más que un contrato sobre papel, la clave es trabajar las relaciones, que además puede ser más enriquecedor que un pacto. Yo no descartaría la idea de un acuerdo así a futuro, aunque no sea algo similar al Acuerdo de Viernes Santo. Sería interesante una especie de contrato social para seguir haciendo frente a los retos del futuro.

“No descartaría en Euskadi la idea de un acuerdo a futuro, aunque no como el de Viernes Santo. Sería interesante una especie de contrato social”

Hay aquí víctimas y algunos políticos que no quieren saber nada de los presos. ¿Cómo avanzar?

-Es otra de las diferencias con Irlanda del Norte, donde los políticos tuvieron que convertirse en parte necesaria no tanto porque quisieran, sino porque el Acuerdo de Viernes Santo los obligó en cierta manera. En este caso, creo que es imprescindible entender el dolor y el punto de vista de las víctimas. Hay que entender su dolor y trasladarles que se entiende, dejarles que hagan su propio proceso. Conozco a víctimas que han perdido a familiares y requiere una gran sensibilidad el tratar con ellas. No hay que decirles qué tienen que hacer, que tienen que tirar para adelante, perdonar… No, hay que dejarles que hagan su proceso y acompañarles. Para eso hay varias vías, como puede ser reunirse con el victimario. Para algunos ha sido una experiencia muy reparadora.

¿Y los políticos?

-Los hay quienes no funcionan bajo esta lógica y explotan el dolor por otros intereses. Este tipo de discurso, en lugar de ayudar a gente o víctimas que están en posiciones inmovilistas, les anima a mantenerse firmes ahí. Es indefendible. Hay que intentar no dejar nunca a nadie de lado, teniendo en cuenta cuantas más opiniones mejor, generando confianzas. Es un camino largo y lento, largo y lento...

¿Puede haber reconciliación sin consenso sobre qué es ser víctima?

“Es imprescindible entender el dolor y el punto de vista de las víctimas. Hay que dejarles que hagan su proceso y acompañarles”

-Ahora mismo en Irlanda se debate esto. El Gobierno ha enviado una encuesta sobre memoria y pasos a dar a diversos agentes y, entre las preguntas, está la definición de víctima. Hay muchos desacuerdos. Una parte de la sociedad defiende una posición que para mí es simple y fácil: personas que no han formado parte de la organización armada pero han resultado muertas, heridas, etc., incluidos los policías, pero no los de grupos paramilitares. Es la manera más sencilla de entender la lógica víctima-victimario, pero deja realidades fuera.

¿Por ejemplo?

-Un joven de 17 años que entra en un grupo paramilitar, va a poner una bomba y pierde los dos brazos y un ojo. ¿No es víctima? No estoy del todo de acuerdo. ¿Deberían ser víctimas los que con esa edad han entrado en un conflicto así, en una época de grandes errores políticos y decisiones que han dividido a la sociedad? Me parece más importante ver qué ha pasado, ver el contexto, que quién era. Entrar en un grupo paramilitar jamás soluciona un conflicto, pero no todo es negro o blanco. Hay muchas dificultades y conviene encontrar el camino para atender a todas las realidades porque todos hemos sufrido por acción o inacción.

De esto también dependen las ayudas administrativas.

-También se está debatiendo este tema. Hay una propuesta, pero depende de qué consideración de víctima se dé, el joven de 17 años sin brazos -que no podría tomar el café ahora como lo estoy tomando yo- quedaría excluido. Creo que a la hora de conceder ayudas debería tenerse en cuenta a los que han sufrido las consecuencias del conflicto, no tanto según lo que uno ha hecho. Cuando sufrimos un accidente, el sistema atiende a los ocupantes de ambos coches, cuida de ambos, sin mirar quién lo ha provocado o no. Sería interesante extrapolar esta lógica. He conocido victimarios presos que han sido torturados, cuyos derechos han sido vulnerados… Sea cual sea la razón por la que estaban presos, hay que reparar la vulneración.

“Decirle a quien sufre por un caso sin resolver que no se va a descansar hasta que se sepa, es levantar falsas expectativas, hay casos imposibles”

En nuestro caso, hay centenares de asesinatos sin resolver. ¿Cuánto condiciona la reconciliación ese querer saber quién y por qué mató a un ser querido?

-Las víctimas tienen derecho a saberlo, y si existe esa verdad, ha de ser compartida y publicada. Lo que hay que tener cuidado es en el para qué de esa verdad. Puede ser para conocer lo ocurrido o por venganza, encarcelamientos… Desde mi experiencia, el primer caso es el mayoritario. Conocer la verdad ayuda a la gente a vivir más tranquila: su verdad ha sido reconocida. El foco es importante: te entiendo. Ese reconocimiento y comprensión del daño no supone conocer qué ocurrió, pero sin obviar que hay un factor muy importante con el que hay que tener cuidado.

¿Cuál?

-Decirle a alguien que sufre por un caso sin resolver que no se va a descansar hasta que se sepa qué ocurrió es levantar falsas expectativas: hay casos en los que va a ser imposible saber. Hay que preocuparse y ayudar a esa persona, entender y reconocer qué le pasa a esa víctima. Ahí debería estar el foco.

¿Cuándo se puede dar por acabado un proceso de reconciliación?

-No acaba, evoluciona constantemente. Esa reconciliación es algo que hay que apoyar, porque es fácil despistarse y retroceder. Hay que ser constante en esa relación recuperada, que es lo que significa la reconciliación. Un proceso de estos, más que para la generación actual, responde a las que vienen. Para darnos cuenta de esto no hace falta irnos muy atrás. No conozco mucho su historia, pero seguramente convendría reparar en los últimos 50 años, desde la época de Franco, porque han tenido sus consecuencias a posteriori. En un conflicto son los más jóvenes quienes más sufren y en Irlanda se está viendo que es la tercera generación, que no sufrió directamente el conflicto, quienes sufren las consecuencias: hijos de asesinados, de presos… Es el reto de toda una generación. Debemos seguir vigilantes y no dar las cosas por hechas.


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