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Tribuna abierta

Choque generacional: Peio, June y la evidencia

Por Josu Montalbán - Lunes, 10 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Peio y June, poco a poco, me van mostrando lo que es la evidencia, es decir “la certeza clara, manifiesta y perceptible, de la que nadie puede, racionalmente, dudar”. Les veo ir y venir, traquetear sin asustarse por el ruido que producen sus movimientos y empiezo a dudar en torno a los conceptos y principios en los que sustento mi valoración de los nuevos tiempos.

Peio y June han nacido algo más de cincuenta años después que yo y, del mismo modo que yo no era responsable de cuanto había ocurrido antes de que yo naciera, tampoco ellos lo son de lo acontecido antes de que nacieran. Sin embargo yo me siento dotado de una experiencia que intento enseñarles e imponerles. Mi intento de imposición es tan absurdo como equivocado.

Peio y June, igual que yo cuando tenía sus mismos años, me escuchan con una mezcla de rabia y de cautela, como yo practicaba cuando mis padres pretendían imponerme sus principios con vocación de irrenunciables. Yo sé mucho más sobre la vida que ellos, pero no me cabe ninguna duda de que ellos saben vivir, como hijos de este tiempo que son, aceptando y sufriendo cuantos recursos pone el nuevo tiempo en sus manos.

Peio y June almacenan en sus desordenados anaqueles juguetes sofisticados, reproducciones de vehículos y artefactos que se mueven mediante cables o baterías eléctricas. A ninguno de los dos le falta su teléfono móvil o su pantallita electrónica de juegos, que les sirve para estar comunicados pero, sobre todo, les sirve para estar entretenidos en todo momento. Hasta tal punto es para ellos más importante el entretenimiento que la comunicación, que cuando alguien les llama coincidiendo con un momento álgido de su entretenimiento, desatienden la llamada para seguir disfrutando de su diversión.

Peio y June entienden la obediencia y la disciplina a su manera. Sus padres y abuelos no son sus “superiores”, sino sus responsables. La jerarquía derivada de un orden organizativo -en este caso la familia-, se diluye de tal modo que su obligación de obedecer a sus superiores cede ante la responsabilidad de los cuidadores de educarles mediante el convencimiento y no mediante imposiciones. Y allí, donde priman otros órdenes jerárquicos, por ejemplo la escuela en la que el educador ha de ser guardián y guía, los cánones al uso han impuesto formas de autoridad nada decisorias ni contundentes.

A ellos les irá conformando

la evidencia de los tiempos venideros y posteriores como a mí me viene conformando el tiempo actual que les pertenece

a ellos más que a nadie.

Peio y June han nacido algo más de cincuenta años de

Peio y June ni juegan ni juguetean. Se entretienen ocupando el tiempo mediante habilidades manuales que muestran su destreza y agilidad dactilar persiguiendo avioncitos, o dirigiendo proyectiles, en el ámbito de una pantalla de cinco por diez centímetros, en el que tiene lugar una especie de guerra de las galaxias en la que los extraterrestres caen destruidos, o muertos, al fondo infinito y negro de la pantalla. Tampoco juguetean demasiado porque sus juguetes obedecen a estructuras sofisticadas que solo entretienen y divierten la primera vez que son utilizados. Ya nada está en vigor: no se improvisan campos de fútbol en las praderas ni se pintan cuadrículas en las plazas o en las aceras para jugar al truquemé. No se juega a pillar ni al tócame, ni se juega al escondite, que era un juego de chiquillos que se desarrollaba mejor al atardecer, con luz escasa, por aquello de que todos los gatos son pardos a esa hora.

Peio y June son para mí un quebradero de cabeza saludable, pero son sobre todo un manantial de felicidad. Algo así como lo que yo debí ser para mis padres y antecesores, aunque fueran otros tiempos, quizás mejor acomodados a las medidas y apetencias exclusivamente humanas. Empeñado en hacer prevalecer lo antiguo, porque se acomoda mejor a mi capacidad de comprensión o, sobre todo, mi facilidad de adaptación, encuentro una y otra vez un escollo insalvable, como es la tozudez y contundencia de los hechos. Una y otra vez son ellos los que acuden en mi auxilio cuando una vicisitud adversa me pone en un aprieto. Ellos reactivan mi ordenador atascado, o vuelven a dar vida a mi teléfono inalámbrico después de que un WhatsApp inoportuno o una búsqueda de datos o imágenes innecesaria me haya condenado a ser rehén de la brutal cibernética, o de la informática procaz y atrevida, que no duda en demostrarme con todos los medios a su alcance que “el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos”, como reza Pablo Milanés en una de sus canciones.

Peio y June, por lo demás, son niños con todas las propiedades inherentes a su condición. No se parecen a mí -¡más les vale!-, o quizás son iguales a mí porque yo también suscité en mis padres y antepasados las mismas inquietudes que ellos en mí. El tocadiscos estereofónico convirtió las viejas gramolas en muebles oscuros usados posteriormente como soportes de tiestos y adornos diversos. Las televisiones fueron invadiendo las casas. Las lavadoras se convirtieron en lavadoras-secadoras, y las casas necesitaron habilitar huecos en los que los electrodomésticos residían mientras asistían en nuestro auxilio.

Peio y June hacen cosas que no alcanzo a comprender pero, más allá del inmenso amor que me provocan, ya han conseguido algo de gran valor: me han rendido a la evidencia. Aunque no se lo diga a ellos la evidencia me dicta que toda lucha que enfrenta a lo antiguo con lo nuevo es tan absurda como desequilibrada. La verdad es que me he pasado la vida rindiéndome a evidencias que han ido apareciendo. Ha sido esa la única sumisión que he sido capaz de admitir, aunque lo haya hecho a regañadientes. ¿Lo entiendes ustedes? Pues yo no: se trata, por tanto, de una evidencia más.

Por cierto, Peio y June son mis nietos. Diez años y ocho años que sumados hacen dieciocho, aunque se trate de cantidades insumables entre sí, porque responden a condiciones y cualidades bien diferentes. Él es el trabajo manual, la fuerza que mueve los instrumentos que transforman la materia, un instrumento humano al servicio de la Naturaleza, un currante aún escasamente disciplinado aunque siempre dispuesto al sudor y a la fatiga… Ella es una virtuosa, improvisadora de ritmos, danzarina cubierta de velos que simula duendes y vírgenes ocultas… Y ambos son dos niños sometidos a las fluctuaciones del tiempo y sus caprichos… A ellos les irá conformando la evidencia de los tiempos venideros y posteriores como a mí me viene conformando el tiempo actual que les pertenece a ellos más que a nadie.

Peio y June forman parte y justifican todas mis evidencias.


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