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Sin batuta en el frente

Por Jordi Ripoll - Domingo, 9 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Sin batuta en el frente

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Sin batuta en el frente

la Banda Municipal de Música de Madrid bajo la dirección del maestro donostiarra Pablo Sorozabal realizó una gira de conciertos en plena guerra civil, una historia prácticamente desconocida que después de ochenta años debería ser puesta en valor.

Las circunstancias que provocaron dicha gira y que se realizó por la zona de Levante con el objetivo de recaudar fondos para el pueblo de Madrid, fueron plasmadas por el maestro Sorozabal en el libro Mi vida y mi obra(Fundación Banco Exterior, 1986)

Las aventuras vividas por casi un centenar de hombres entre músicos y tres empleados administrativos desde febrero del 1937 a marzo de 1938 son dignas de una película.

En mayo de 1936 después de la muerte del maestro Villa el año anterior, el Ayuntamiento de Madrid propone a Pablo Sorozabal (que a sus 38 años había cosechado grandes éxitos como director y compositor de las zarzuelas La del manojo de rosas, La tabernera del puerto o Katiuska) la dirección interina de la Banda Municipal.

Sorozabal acepta el cargo en principio hasta el mes de septiembre, cuando se desplazaría a Berlín para llevar a cabo diversos proyectos artísticos. Como es de suponer, no se imaginaba los trágicos y trascendentales hechos que se avecinaban aquel verano.

El primer concierto el 31 de mayo fue todo un éxito, incluyendo en el programa piezas de la envergadura de Petrushka de Strawinsky, la Rapsodia Húngara nº2 de Listz o Las Golondrinas de Usandizaga entre otras. Se congregaron miles de personas en el Parque del Retiro aplaudiendo con entusiasmo, incluso una multitud acompañó al maestro hasta la puerta del parque al finalizar la actuación.

La prensa de la época después de dedicarle múltiples elogios comentaba con sorpresa que el maestro dirigiera sin batuta y escribía con esa gracia madrileña a modo de sugerencia que “un palito en la mano derecha es considerado indispensable en los tiempos que corremos o nos corren...”

El 18 de julio del mismo año se produce la sublevación de una parte del ejército contra el gobierno de la República provocando una guerra civil de fatales consecuencias, truncando la vida, proyectos e ilusiones de millones de españoles.

Un mes antes, se organizó un banquete para celebrar el XXVII aniversario de la creación de la Banda Municipal, asistiendo diversas personalidades del mundo de la cultura y la política entre ellos el Alcalde de Madrid D. Pedro Rico.

A los postres tomó la palabra entre otros el Maestro Sorozabal transmitiendo a los presente los tres puntos que le interesaban como director, y fueron los siguientes:

“En primer lugar que la labor artística está por encima de todo, porque es lo que más nos preocupa y lo que más importancia encierra, a nuestro juicio”.

“El segundo punto es la cuestión económica, porque la Banda necesita que se la considere y atienda con decoro, que no es cosa fácil ni barata llegar a ser un buen músico”.

“Y el tercero se refiere a la política, la Banda Municipal no puede ni debe ser de éste o aquel partido. Debe ser apolítica y con este convencimiento si las circunstancias la colocaran alguna vez en trance difícil, nosotros serviremos únicamente al pueblo de Madrid”.

Alegato premonitorio que cumplió como vasco de palabra.

El golpe de estado no logró triunfar en Madrid pero el concierto del 19 de julio en el Paseo de Rosales fue suspendido, el programa advertía “si el tiempo lo permite” pero no cayó ni una gota. Más adelante llovió pero no precisamente agua...

Sobre aquellos convulsos días el maestro escribió “todo Madrid parecía un carnaval trágico, horrible, incomprensible y cruel”. La banda continúa con los ensayos intentando hacer vida normal pero en el descanso del primer concierto, en el Cine Coliseum, unos milicianos armados se llevaron de la entrada del escenario a un músico, Sr. Horta. Los miembros de la Banda comentaban que iban a darle “el paseo”. Entre el público se encontraba Eduardo Ortega y Gasset (hermano de D. José) que era fiscal general de la República al que acude Sorozabal para que intentase mediar en el asunto pero, al final nada se pudo hacer para salvar la vida del saxofonista.

Más tarde, a instancias del maestro se formó un comité con los profesores más veteranos de la banda y firmaron un acta defendiendo a otro grupo de músicos que, acusados de no tocar cuando se interpretaba La Internacional o estar abonados al ABC iban a ser denunciados por fascistas.

“Así fue pasando el verano del 36, entre sobresaltos, crímenes, odios, atropellos y gestos heroicos, que también los hubo” escribió.

A principios de noviembre la ciudad está prácticamente sitiada salvo por la carretera de Valencia donde el presidente F. Largo Caballero decide situar la capital de la República, encargando al general Miaja ante el temor de la inminente caída de Madrid en manos Franquistas la defensa de la capital “a toda costa”. Constituyéndose así la Junta de Defensa de Madrid y trasladando el gobierno a Valencia.

“No olvidaré jamás el mes de noviembre de 1936, y siento no saber escribir para intentar por lo menos plasmar mis impresiones, aunque estoy convencido que incluso la pluma más hábil no podría llegar a reflejar aquella tremenda situación;cuando todas las autoridades abandonaron la capital y nos encontramos como niños desamparados... que sobresaltos, que angustia cuando de noche había algún bache en el que no se oían las explosiones de las bombas de mano y el tabletear de las ametralladoras, eran silencios dramáticos… No sé lo que sería el famoso dos de mayo, cuando Napoleón, pero estoy seguro de que noviembre de 1936 superó todas las fechas históricas. Contemplar al pueblo madrileño dispuesto a defenderse, era verdaderamente emocionante.”

El alcalde Sr. Rico haciendo dejación de sus funciones huyó de Madrid hacia Valencia escondido en el maletero del coche de un banderillero de Juan Belmonte para más tarde abandonar España.

El invierno se recrudeció, el hambre y el frio sumado a los bombardeos de la legión Cóndor alemana y la artillería franquista convirtió la ciudad en un caos, Madrid estaba a oscuras y el desabastecimiento general no hizo más que agravar la situación.

La evacuación de la población civil (sobre todo niños) ante semejante drama se inicia a finales de 1936 con destino a Levante que permanecía leal a la República y disfrutaba de mejor clima en todos los sentidos.

Sorozabal también traslada a su familia a Valencia. De vuelta en Madrid se le comunica la decisión del Ayuntamiento (con el nuevo alcalde Cayetano Redondo a la cabeza) de organizar una serie de conciertos por las ciudades y pueblos más importantes de la zona Levantina sirviendo los fondos recaudados para sufragar alimentos y ayuda a los hospitales del heroico pueblo de Madrid, que en aquellas circunstancias no tenía oídos más que para los estruendos de la guerra.

El maestro toma esta decisión con entusiasmo, pareciéndole admirable según sus propias palabras. “Respondimos a ella, no con la disciplina de quien acata una orden, sino con el entusiasmo de quien satisface un deseo”.

El día 10 de febrero de 1937 la Banda Municipal de Madrid puso rumbo a Valencia en autobús, un viaje que se prolongaría por más de un año participando en 58 conciertos.

Los ministerios de Instrucción Pública y Propaganda acuerdan con el Alcalde Sr. Redondo y el maestro Sorozabal crear una Junta Musical formada por personalidades de la cultura para la organización de los conciertos, proponiendo que la presentación de la Banda fuera en el valenciano Teatro Apolo accediendo el público con invitación y contando con la asistencia del cuerpo diplomático. Al maestro no le hace ninguna gracia aquella preparación elitista pero tras comunicarle que encima tendrían que pagar el alquiler del teatro porque lo había incautado la CNT, no acepta la propuesta. Estaban allí para recaudar fondos y no para perderlos.

Sorozabal, decide junto al maestro Ayllón que dirigía la Banda Municipal de Valencia actuar con ambas bandas al aire libre en el Kiosko de los Viveros, consiguiendo aquel 21 de febrero de 1937 un éxito de público colosal, un acto de homenaje a Madrid con su música a la que las autoridades presentes pusieron letra con encendidos discursos animando a ayudar al pueblo madrileño y no desfallecer contra la amenaza fascista.

Inmediatamente la Banda es requerida para actuar en Castelló, Alacant, Murcia, Barcelona, Girona, Lleida, Tarragona y los principales pueblos de esas provincias, alojándose la Banda en cuarteles y casas particulares.

Un concierto que supuso el punto de partida de más de medio centenar de actuaciones con innumerables anécdotas (plasmadas en el libro antes mencionado) que retratan la crudeza de la guerra y que alguna de ellas, con la ayuda del tiempo que todo lo desdramatiza puede hasta arrancarnos una sonrisa.

El último concierto de esta gira fue el 10 de marzo de 1938 de nuevo en Valencia, en el Teatro Apolo.

Por otro lado, el Ministerio de Instrucción Pública crea por esas fechas la Orquesta Nacional con sede en Barcelona, donde se traslada el Gobierno de la República desde Valencia para fijar la capital. La presentación fue el 8 de abril de 1938 en el Gran Teatro del Liceo con 120 músicos bajo la batuta de B. Pérez Casas. El maestro Sorozabal no era partidario de esta orquesta ya que muchos músicos de las orquestas de Madrid y de la Banda Municipal solicitaron ingresar en la misma dada la cercanía de la frontera francesa para una posible huida, ya que las cosas no pintaban bien para la República.

Algunos importantes solistas dejaron la Banda para formar parte de la Orquesta Nacional, hecho determinante para que Sorozabal presentase su dimisión, siendo aceptada por el Consejo Municipal el 15 de abril de 1938.

Así, el día 27 de abril regresan a Madrid, ofreciendo el maestro el último concierto con la Banda el 22 de Junio de 1938 en homenaje al Cuerpo de Bomberos en el Teatro Español.

Sorozabal regresa de nuevo a Valencia donde está su familia para volver juntos a Madrid después de la contienda. “Entramos en un Madrid desconocido, invadido y destrozado por una manada de cafres incultos, un rebaño de analfabetos, que se llamaban nacionales”.

Las guerras nunca acaban bien porque las pérdidas humanas y el dolor causado no pueden remediarse, y esta historia es el claro ejemplo de que el juego de ambiciones de unos pocos arrastra a todos al desastre aunque sea con un clarinete debajo del brazo. Una docena de músicos de la plantilla murieron por diferentes circunstancias en aquella aventura forzosa.

La represión Franquista fue un largo proceso de violencia física y psicológica que sufrieron muchísimas personas, también algunos de los protagonistas de esta historia.

Pablo Sorozabal Mariezcurrena tuvo que enfrentarse a una Junta Depuradora en la Sociedad de Autores en la que mandaba un juez militar, gracias a un amigo que también formaba parte de la Junta fue depurado favorablemente “con reparos” no pudiendo ocupar cargos directivos ni de confianza en lo sucesivo. No volvió a dirigir hasta 1944.

Varios miembros de la Banda fueron apartados de la agrupación por su ideología.

Alberto Cañete, percusionista y buen amigo del maestro, fue asesinado de una paliza por un grupo de falangistas y el Alcalde de Madrid que organizó la gira Cayetano Redondo, fusilado en 1940.


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