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Tribuna abierta

¿Quién concibió e impuso la “socialización del sufrimiento”?

Por Joxan Rekondo - Sábado, 8 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:03h

en la entrevista final que concedió al director de Gara, Iñaki Soto, ETA quiere fijar rotundamente sus posiciones ante la batalla del relato. Para sus últimos dirigentes, “ETA es más que una organización”. Es símbolo del compromiso por Euskal Herria y representa el origen de la identidad de la izquierda abertzale. El mensaje de la última ETA está publicado en junio de 2018 y contiene las dimensiones de su legado que sus sucesores de Sortu no deben abandonar. Para que la izquierda abertzale no abjure de sí misma, no puede caer en la deslegitimación social de la lucha armada y habrá de trasmitir un balance positivo de las consecuencias de la actividad terrorista.

Sobre estos tres ejes (identidad, legitimidad y balance) se desarrollan las respuestas al larguísimo cuestionario planteado por Gara, que mantienen el característico tono arrogante y mesiánico que ha utilizado tradicionalmente la vanguardia armada de los socialistas revolucionarios vascos, a pesar de la inclusión de algunos pocos guiños autocríticos. Uno de estos es el referido a la “socialización del sufrimiento”, del que ETA se desentiende cínicamente, diciendo que es un concepto que no sabe de dónde provino ni cómo llegó a culparse de su creación a la izquierda abertzale.

En el número de julio 2018 (233) de la revista Larrun, Joxemari Olarra -cuyos mensajes siguen siendo representativos de la línea oficial del movimiento- ha ido más allá afirmando que la “socialización del sufrimiento” es una consigna que creó el “enemigo” para atribuir su autoría a la izquierda aber-tzale. Obviamente, la coartada es falsa, aunque merezca un primer comentario positivo, por ser un claro ejemplo de la hipocresía como homenaje que el vicio que rinde a la virtud. En la izquierda abertzale, nadie quiere hacerse responsable de haber emitido la directriz de extender el sufrimiento. La negación de la responsabilidad en la formulación de la expresión es un reconocimiento implícito de su indecencia. Pero es también la muestra de la medida en que la presión política y social en demanda de autocrítica hace mella en la izquierda abertzale, aunque tal autocrítica sea fingida.

Pese a que pueda leerse como una autocrítica implícita, lo que dicen ETA y Olarra es inaceptable. La verdad es otra muy diferente. Estamos hablando de los años 90 del siglo pasado, cuando, tras el éxito de la campaña del lazo azul, la izquierda abertzale se sintió acorralada. El conflicto político se expresaba en términos de “todos contra el terrorismo”, que seguía actuando y dejaba secuelas trágicas. A partir de las decisiones que ETA y KAS tomaron en el proceso Karramarro, el conjunto del MLNV reprogramó sus planes de actuación con el objetivo principal de ganar la calle al coste que fuera. A la nueva fase le llamaron “ofensiva”, y su desarrollo se sostuvo en el despliegue de todas las formas de lucha, para evitar que las expectativas de avance quedaran a expensas de la capacidad de golpeo de ETA. La ponencia Oldartzen de HB ensalzó especialmente las modalidades de confrontación de calle (kale borroka) como “expresiones de la lucha política de nuestro pueblo”.

En la izquierda abertzale, nadie quiere hacerse responsable de haber emitido la directriz de extender el sufrimiento. La negación de la responsabilidad en la formulación de la expresión es un reconocimiento implícito

de su indecencia.

Diferentes miembros de la Mesa Nacional de Herri Batasuna explicaron y justificaron la estrategia de agudización de la violencia y cotidianizar la intimidación escudándose tras la represión. Por ejemplo, Tasio Erkizia, en el diario Egin (11 de enero de 1996): “La violencia en la calle es expresión de la que existe en la sociedad… esta situación algunos la estamos viviendo y sufriéndola hace años, a otros les está tocando vivirla más cerca ahora”. También Joseba Álvarez en la revista donostiarra Irutxulo (27 de septiembre de 1996): “Lo que estaba pasando en los últimos años era que presos y otros tantos problemas eran exclusivamente de la izquierda abertzale. ¿Cuál es la solución? Socializar las consecuencias de la lucha”. O el mismo Olarra también en Egin (25 de mayo de 1997): “La izquierda abertzale no podía permitir que se volviera a desfigurar totalmente la naturaleza del conflicto que provoca las expresiones de violencia que padecemos”.

Fue, por lo tanto, la izquierda abertzale la que teorizó y aplicó la “socialización del sufrimiento” sobre decenas de miles de vascos de diferente condición. Todos hemos visto los carteles y pancartas con el lema Sufrimendua banandu, que colocaban sus militantes por doquier. Lo que significaba intimidación y persecución, extorsión y asesinatos. Frente al riesgo de que el empuje del proyecto solo dependiera de lo que hiciera ETA, los dirigentes de la izquierda aber-tzale de la época acreditaron a los jóvenes de Jarrai a que asumieran la ejecución de una parte del repertorio de la violencia.

Entre los logros que la estrategia ofensiva habría conseguido, el citado Olarra se jactó entonces de que “una nueva generación se ha enganchado a la izquierda abertzale con un grado de identificación que no se conocía desde hace mucho tiempo atrás” (Egin, 25 de mayo de 1997). Algo parecido al mensaje que la última ETA trasmite Soto, al valorar la importancia de las dinámicas de kalenorroka para la creación de conciencia de lucha. Tristemente, lo que sí es cierto es que fue el despliegue en los años 90 de esa estrategia el nuevo vivero de ETA, al ingresar en la organización terrorista una buena parte de los jóvenes de la generación de la kale borroka, de los que pocos habrá que se hayan librado de las larguísimas condenas aplicadas a partir del endurecimiento de la legislación antiterrorista. Un balance que también hay que endosárselo a los impulsores intelectuales del MLNV, a los “señores X” que formaron parte de su Estado Mayor, para los que la reprobación social habría de ser tanto o más contundente que la que se atribuye a los ejecutores materiales.

Olarra dice que el “sufrimendua banandu” es una expresión acuñada por el enemigo, y que se le achaca injustamente al MLNV. Sin embargo, la expresión también se incluye en el documento Argitzen, del reciente proceso Bateragune de la izquierda abertzale (2009), que asume explícitamente la paternidad de la formulación y aplicación de la “socialización del sufrimiento”, a partir del impulso de “una rápida dinámica de calle, con un claro riesgo de errar en la lucha”.

¿Quieren falsificar la historia real? Seamos sinceros, si algo ha caracterizado al mundo de ETA ha sido, al margen del ejercicio del terror, su natural propensión al engaño. El enmascaramiento de su ideología revolucionaria tras una retórica tacticista que se ha aprovechado del factor nacional, la justificación de su actuación en una legitimidad situada por encima de la voluntad popular y el recurso a una moral dialéctica (de doble rasero) prueban suficientemente que ETA, además de matar, siempre buscó engañar a la sociedad vasca y valerse de ella.

Aquí se ha jugado a experimentar una Revolución Socialista vasca que, como acusaría el poeta Xabier Lete, sólo podría dejar el balance que ha dejado, de dolor, sufrimiento y miseria moral. Como conclusión, podría decirse que difícilmente podrá regenerarse la convivencia entre vascos sin sanar los daños que la intimidación y el terror, en una campaña de tormento a gran escala, han provocado durante todo este tiempo en todas las dimensiones de la vida social. Ahí se sitúa el valor regenerativo del “fue injusto”, que se presenta como presión moral para la izquierda abertzale. Confiemos finalmente en que sea esta presión la que les lleve de aquella arrogancia característica del momento Oldartzen al punto en el que reconozcan su pasada trayectoria político-criminal con auténtica vergüenza propia.


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