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Francisco y Gonzalo

Por Gabriel Mª Otalora - Sábado, 25 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h

un grupo nutrido de militares españoles destinados en Marruecos obtuvieron rápidos ascensos en la escala de mando por méritos de guerra en el Rif contra los bereberes autóctonos que se oponían al protectorado colonial español de Marruecos. Aquellos sabían lo que se hacían empleando armas químicas desde el aire contra la población civil rifeña, que por algo España fue una de los primeros Estados en utilizarlas de manera indiscriminada.

Estos militares se enfadaron mucho contra el presidente Azaña porque consideró excesiva la rápida promoción de dichos oficiales aprobando una ley que ignoraba la antigüedad en los ascensos por méritos de guerra. Curiosamente, los militares cabreados fueron casi los mismos que propiciaron el golpe de Estado después de foguearse a lo bestia en Marruecos: Mola, Varela, Sanjurjo, Queipo de Llano, Yagüe, Alonso Vega, Franco... En su día me referí a Mola y Sanjurjo en estas mismas páginas cuando fueron desalojados del Monumento a los Caídos (Navarra a sus muertos en la cruzada);hoy toca recordar a Francisco Franco y Gonzalo Queipo de Llano, ambos enterrados muchos años en sagrado con honores militares, civiles y religiosos.

¿Cómo se vería que un dirigente de ETA con abundantes crímenes a sus espaldas estuviera enterrado en un lugar preferente de la basílica de Begoña? Teniendo en cuenta que todas las víctimas de todos los comandos en la historia de ETA no suman 900 muertos, solo a Queipo de Llano se le atribuye la responsabilidad del fusilamiento de 48.349 personas en Andalucía, aunque él murió de muerte natural en su cama de un cortijo andaluz. Y desde 1951, sus restos yacen en la basílica de la Macarena -frente al Parlamento andaluz- en un lugar preferente junto a su mujer y el auditor militar Francisco Bohórquez, el que firmaba las sentencias de muerte de su jefe. Gracias a la presión popular serán retirados a un lugar más discreto dentro del templo para cumplir la ley andaluza contra todo símbolo de exaltación de la sublevación golpista del 36.

Después de tantos lustros de democracia, Francisco y Gonzalo han estado enterrados en recintos religiosos, con todos los honores posibles. Leo que Antonio Bahamonde fue el secretario obligado del genocida Queipo de Llano. En sus vivencias con el genocida, llegó a presenciar la desaparición de todos los varones de pueblos enteros, enterrar a personas vivas en fosas comunes llenas de cal viva, amputar piernas y brazos, fusilar a boleo a los hombres y mujeres que caían en poder de los fascistas, violar a mujeres en masa a plena luz del día en el Parque de María Luisa (Sevilla)... Todavía se exhibe en Sevilla el lugar de las 600 arengas radiofónicas de Gonzalo Queipo de Llano llenas de crueldad e incitación a la violación de mujeres. Bahamonde huyó ante tanta aberración y murió escapado en el exilo mientras que a su jefe, Franco le condecoró por sus resultados.

Lo de Franco es de otro paño. Obligó a construir el complejo del Valle de los Caídos a mayor gloria del nacionalcatolicismo con los trabajos forzados de prisioneros de guerra. Y se hizo enterrar al lado de José Antonio Primo de Rivera, a quien no soportaba por el liderazgo que hacía peligrar sus planes dictatoriales. El hispanista Stanley G. Payne sostiene que Franco maniobró para no salvar la vida de José Antonio porque al dictador la muerte de José Antonio le “vino al pelo” y encima lo convirtió en un mártir de su cruzada. Como palmeros menores, están enterrados en fosas comunes los restos de 33.847 personas de ambos bandos. El Valle de los Caídos no es un lugar de la memoria sino del genocidio.

Franco cometió crímenes de lesa humanidad, de igual dimensión a los que ya con esta terminología se usó por primera vez en 1945: asesinatos, torturas masivas, 150.000 fusilamientos directos, exilios y desapariciones forzadas en número cercano a los 200.000 muertos, cinco o seis veces mayor que en Chile o en Argentina. Lo que no existe en España es cultura de la justicia universal y de los crímenes internacionales, como ocurre en otros países que han padecido dictaduras (Argentina, Perú, Chile...), por lo que muchos no sienten rechazo a la figura de Franco y su obra.

La ocupación franquista se hizo siempre dejando un montón de cadáveres por las calles. Un ejemplo es lo que hizo el general Varela en su avance militar: asesinaba prisioneros por centenares al rebasar cada pueblo. La caballería mora cercaba los pueblos y cortaba el paso a los republicanos que corrían hacia Madrid, como hacían las demás columnas de camino de la capital. Se fusiló masiva e indiscriminadamente a civiles, se violó a mujeres indefensas, destrozaron poblaciones como Gernika y Durango. Esto no es fruto de un conflicto bélico, son crímenes que planificó y alentó el franquismo con apoyo de Mussolini y de Hitler.

Pero no se trata solo de que Francisco y Gonzalo reposen sin reconocimientos oficiales, sino de reflexionar sobre dos temas de calado: el primero, que tenemos derecho a una memoria histórica centrada en las víctimas que se quedaron sin ella y sin gestos oficiales contra una injusticia humillada por un mar de mentiras insoportable. No se trata de abrir la lata del genocidio cerrada por la Transición. Todos aquellos criminales de guerra franquistas han muerto, y los juicios quedan ya para la historia. Pero las víctimas y sus descendientes tienen derecho al menos a la reparación anímica en forma de reconocimiento y memoria pedagógica de una realidad que no cabe en ninguna democracia;después de Camboya, España es el país con mayor número de desaparecidos. El segundo, es que por la tibieza interesada de tanta crueldad en nombre de valores pisoteados sin compasión (libertad, democracia, evangelio, convivencia...), no es en absoluto descartable que si un partido franquista puro se presentase a las próximas elecciones generales, sacaría un excelente resultado electoral. Ojo, porque la historia no se repite pero los comportamientos humanos, sí.


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