Diario de GipuzkoaDiario de Noticias de Gipuzkoa. Noticias de última hora locales, nacionales, e internacionales.

Saltar al Contenido

Períodico de Diario de Noticias de Gipuzkoa
Tribuna abierta

La escuela pequeña

De acuerdo a la foto oficial de este año de arranque de década en el siglo pasado, un centenar largo de niños y adolescentes, varones todos, componen el enjambre. Sus coetáneas se educan en las monjas, en un colegio que solo admite varones hasta los 8

Por José Félix Azurmendi - Jueves, 16 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Alavés, cuarenta y tantos, casado, tres hijos, es el maestro de la escuela pequeña de este pueblo arrinconado de la Bizkaia euskaldun un hombre severo, que no arbitrario. Chaparro de complexión fuerte, exhibe maneras de leñero en un fútbol que sigue practicando con entusiasmo en el recreo de sus alumnos. Echa mano de clases particulares fuera de horario para completar un modesto sueldo de maestro nacional. La suya es la escuela pequeña, que comparte edificación con la mayor, la que pastorea desde sus gafas de cristales gruesos y cigarrillo entre los dedos otro maestro, cincuentón, nada deportista y menos trabajador, que echa mano de sus hijos y otros alumnos adolescentes para arrancar frutos a una pequeña huerta robada a la parte trasera del recinto escolar. De acuerdo a la foto oficial de este año de arranque de década en el siglo pasado, un centenar largo de niños y adolescentes, varones todos, componen el enjambre. Sus coetáneas se educan en las monjas, en un colegio que solo admite varones hasta los ocho años.

La escuela -nacional- limita a babor con la larga pared exterior de un gran frontón y, a estribor, con el bosque y la casita de té de uno de los jauntxos del pueblo, un hombrecito de bigote exagerado que se mueve en un Topolino mínimo conducido por el abuelo de uno de los niños de la escuela;tiene al frente un espacio abierto en el que juegan los chavales cuando no llueve, seguido de una carretera casi siempre desierta y un gran prado rodeado de robustos árboles. Los niños y niñas de este pueblo tranquilo y recoleto siempre tienen dónde jugar, haga bueno o haga malo, al aire libre, o al abrigo del frontón pequeño y la plaza cubierta que sirve al mercado de los jueves y al baile de los domingos por la noche. Son muy felices aquí hasta que la naturaleza demanda otra clase de juegos y entretenimientos menos bucólicos. Más que romper la placidez, las campanas de las iglesias y conventos de media docena de órdenes diferentes le añaden a este pueblo ritmo, orden y método. Tampoco agrede su tranquilidad la sirena de la fábrica que marca entradas y salidas de los trabajadores. El pueblo, la villa, rompe su aislamiento con unos escasos autobuses de línea que traen personas, mensajes y mercancías, pero casi nunca sorpresas. Que un familiar se haya desplazado a la capital para visitar al médico, al proveedor o a la autoridad, es motivo suficiente para que el maestro acceda a conceder un permiso especial que haga posible la espera a pie de parada.

El dictado de hoy en la escuela pequeña versa sobre Sagunto. Lee con voz pausada el maestro y los alumnos copian en sus cuadernos de pasta dura que “Aníbal no se daba cuenta de que Sagunto estaba poblada por españoles que amaban su independencia”. Copian que “los saguntinos resistieron todos los ataques y entonces Aníbal sitió la ciudad, hasta que sus defensores, viéndose perdidos, decidieron morir antes que rendirse: hicieron en el centro de la ciudad una inmensa hoguera en la que arrojaron todas las riquezas de las casas, echándose muchos en el fuego y saliendo otros de la ciudad para luchar hasta morir”. “Aquellos españoles primitivos -dicta el maestro- dieron de un modo bárbaro la primera lección de independencia española”. Asoma el otoño, no es tiempo todavía para montar la estufa de leña que templará la sala, no han aparecido todavía sabañones en las manos de los escolares. Se filtra por la puerta olor a burro y manzanas. Nunca pasa nada aquí, pero hoy algo ha sucedido, porque los niños hablan en voz baja y se miran con temor. El hijo del jardinero, camino de la escuela, ha visto a un hombre tumbado boca abajo junto al río, al pie de la escalera del puente que abraza los dos cuerpos de la villa. La curiosidad vence al miedo y son unos cuantos los que se asoman al río y certifican que sigue allí el hombre tumbado, muerto, boca abajo, y arriba, guardias civiles nerviosos, un cura y un empleado del juzgado a la espera de algo o alguien. Llega a oídos de los niños que una pareja de guardias civiles que investigaba robos de gallinas le han dado el alto y, puesto que no se detenía, le han disparado y le han matado. Es el primer muerto violento de estos niños pacíficos de un lugar al parecer tranquilo y sin historia. El maestro se hace el desentendido, sigue con su rutina, sus dictados y deberes, que en esos días de otoño tratan de Agustina de Aragón, los indefensos españoles que morían gritando Viva España, y la Virgen del Pilar.

Ha dibujado un medio círculo en la pizarra el maestro, rodeado de las banderas de los 20 países en los que 150 millones hablan castellano, para celebrar la hispanidad: los alumnos deben colorear sus banderas, deben destacar en el centro la roja y gualda, la de la Madre España. La Virgen del Pilar, la que no quiere ser marxista sino capitana de la tropa falangista, es la patrona de la Guardia Civil, que en este enclave olvidado de Bizkaia ocupa una edificación de piedra noble con aspecto de fortín, muy cerca de todo y de todos. La guía escolar por la que se rigen los maestros nacionales les recuerda que se acerca el Día de Los Caídos. El de este pueblo lo anuncia diciendo que “con motivo de la conmemoración de mañana, asistiremos a la Parroquia, en unión de las autoridades locales, a una misa seguida de responso solemne en sufragio por todos los Caídos por Dios y por España;iremos también ante la Cruz de Los Caídos, donde se darán los gritos de ritual. Se celebra mañana esta conmemoración porque el día 29 de octubre de 1933 pronunció José Antonio el discurso fundacional de la Falange en el Teatro de la Comedia de Madrid, en el cual expuso la verdad de España y afirmó la voluntad de la Falange de salvar a la Patria. Al día de mañana se le llama también día de la Fe”.

Las conmemoraciones patrias se suceden en este noviembre que huele ya a invierno. “Mañana veremos en algunas fachadas ondear la bandera a media asta y con crespones negros” dicta el maestro, y los alumnos copian rutinariamente. “La bandera representa a la Patria y el color negro significa dolor, luto”, explica. “Mañana -sigue-, la Patria está triste porque recuerda que el 20 de noviembre de 1936, hombres sin corazón quitaron la vida a José Antonio Primo de Rivera, que se había entregado por completo a dirigir a aquella juventud dispuesta al salvar a España. Mañana asistiremos a una misa en sufragio del alma de José Antonio”. Los cuadernos de pasta dura en los que se recogen los deberes a limpio, no dan abasto: “Hoy, 3 de diciembre, es el cumpleaños de nuestro Caudillo, ya que nació el 3 de diciembre de 1892 en el Ferrol del Caudillo: hoy cumple Franco 59 años. Su vida es un constante servicio a la Patria, ya que desde que ingresó en la Academia Militar para empezar sus estudios a los 14 años ha servido a España en todos los aspectos, como soldado, como organizador, como libertador de la nación, y desde el 1 de octubre de 1936, en el difícil cargo de Jefe de estado Español”. A no tardar, serán el Día de la Madre, del Seminario, de la Inmaculada Concepción, en franca armonía, las conmemoraciones que cerrarán el círculo formativo, la instrucción de estos niños de la Bizkaia arrinconada.

Nada recuerda lo que fue este pueblo de poco más de 3.000 vecinos unos pocos años antes, una plaza militar a 40 minutos a pie del frente estabilizado entre septiembre del 36 y abril del 37. 400 de sus jóvenes tomaron parte en la guerra en ambos bandos. 53 de ellos murieron en el frente, y a otros los fusilaron los vencedores, entre ellos a un par de jovencísimos sacerdotes. No están sus nombres entre los celebrados caídos por Dios y por España. Viven y callan y solo se dejan sentir en la iglesia cuando cantan Agur, Jesusen ama, algunas de las once mujeres a las que les cortaron el pelo al cero por separatistas y republicanas. Algunas y algunos se fueron al exilio o las américas. Estos niños felices e inocentes no conocen nada, no saben lo que pasó y sus padres así lo quieren, por vergüenza unos, por miedo los más. Había sido este pueblo en República un lugar verdaderamente tranquilo, cohesionado y equilibrado entre tradicionalistas y nacionalistas que compartían lengua, costumbres y una fuerte religiosidad. La guerra acabó con la cohesión social, el gran jauntxo, que había visto peligrar sus derechos en vidas y haciendas de más de medio pueblo, recuperó y reforzó todos sus privilegios, entre ellos el de tener capilla propia dentro de la iglesia parroquial y el de elegir a los párrocos de su pueblo y del pueblo vecino, en el que también tenía tierras, caseríos y servidumbre.

Fue él, hombre de capa y crucifijo, quien rompió en otra ocasión la monotonía de los niños de este pueblo silenciado cuando invitó al príncipe Juanito, que se formaba por esos años en el Palacio Miramar de Donostia, a visitar su pueblo y sus mandados y privilegios, entre ellos el de hacerse introducir por el párroco en la iglesia junto a su invitado de honor, mientras un organista amigo lo solemnizaba con sus marchas. No tenían por qué saber aquellos niños de la escuela pequeña de dónde venía y quién era aquel jovencito atolondrado ni podían imaginar qué papel terminaría jugando en sus vidas de adultos. Tampoco hubieran imaginado aquellos rectores de vidas y conciencias en que pararían las de aquellos catequizados niños.


COMENTARIOS:Condiciones de uso

  • No están permitidos los comentarios no acordes a la temática o que atenten contra el derecho al honor e intimidad de terceros, puedan resultar injuriosos, calumniadores, infrinjan cualquier normativa o derecho de terceros.
  • El usuario es el único responsable de sus comentarios.
  • Noticias de Gipuzkoa se reserva el derecho a eliminarlos.
  • Avda. Tolosa 23 20018 Donostia
  • Tel 943 319 200 Fax Administración 943 223 900 Fax Redacción 943 223 902