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La riqueza que aportan Rashid y Badar

El deambular errante de migrantes convive con otras realidades, como la de quienes deciden asentarse. Uno es de Ghana, el otro de Marruecos. Una distancia de 5.000 kilómetros que confluye en Donostia, donde nació su amistad y compromiso social

Un reportaje de Jorge Napal. Fotografías Ruben Plaza - Domingo, 12 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h

El marroquí Badar, sonriente y locuaz, mira de frente a su amigo Rashid, más reservado, que estudia soldadura y sueña con un próspero futuro.

El marroquí Badar, sonriente y locuaz, mira de frente a su amigo Rashid, más reservado, que estudia soldadura y sueña con un próspero futuro.

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El marroquí Badar, sonriente y locuaz, mira de frente a su amigo Rashid, más reservado, que estudia soldadura y sueña con un próspero futuro.

“Los niños nos quieren, saben quien tiene buen corazón. Luego vienen los prejuicios” “Me pasé un año en la calle durmiendo bajo un puente. La clave es no darte por vencido”

en la penumbra de aquella singladura incierta, en la bodega lúgubre del barco que zarpó desde Ghana para atracar en el puerto de la capital condal, cualquier desenlace iba a ser bueno. Salvo a sus padres, nada dejaba atrás. “Si moría, pues moría”. Asumir esa realidad le dio fuerza, imprimió carácter y le despejó la mente en los momentos de flaqueza. Rashid se aventuró como polizón en las tripas de un buque mercante que dejó para siempre el Golfo de Guinea. Badar era un niño cuando se propuso algo similar, pero a 5.000 kilómetros de distancia. Este “puro norteño” de Tetuan, se aferró a la mano de una mujer cuya complicidad resultó vital. El marroquí se hizo pasar por su hijo, entró en Ceuta y, entre patadas al balón, asentó su infancia.

Y fueron pasando los años, y llegó a ser una joven promesa en el Málaga Club de Fútbol, iniciando una gira que le llevó por muchas ciudades, incluyendo un encuentro en Zubieta “donde nos endosaron un 6-1”. Pero amaba más el deporte que el alto rendimiento, y se cansó de tanta disciplina. A partir de ahí, el destino, la vida -“nunca se sabe cómo ni cuándo”-, el caso es que la aventura que ambos emprendieron a 5.000 kilómetros de distancia acabó por converger un buen día en Donostia, en Tabakalera, donde coincidieron casualmente en unas jornadas interculturales. Dos años han pasado ya desde que se hicieron colegas.

Ambos rondan la veintena, estudian, salen de fiesta, juegan a fútbol, ríen, lloran, ligan -“cuando nos dejan”- y sueñan con un futuro. Nada fuera de lo común que no haga ni sienta cualquier otro joven guipuzcoano de su edad. Un canto a la vida y a la normalidad tras un mes y medio de sobresalto, con migrantes de tránsito que desean atravesar la frontera. Jóvenes que buscan llegar como sea a Francia, Bélgica o Alemania en un intento desesperado de alcanzar su destino. Un trasiego que, quizá, vela esta otra realidad, la que representa ese porcentaje de personas, más reducido, que hacen un alto en el camino y deciden asentarse en el territorio, aportando a la sociedad guipuzcoana una extraordinaria riqueza multicultural.

Hay muchas maneras de poner los pies en el suelo. Rashid y Badar, que tomaron esa decisión hace años, no son sujetos pasivos ni delincuentes, como en ocasiones les han tratado. Sentarse en el autobús y ver cómo la mujer o el hombre de al lado se aferra al bolso o a la cartera es algo que “molesta”, y que han vivido “millones de veces”. Que ellos sepan, su único delito es “ser negro y marroquí”.

Si algún lector tiene ocasión de compartir plaza con ellos en algún transporte público, que pruebe. Que charle por unos minutos para descubrir a dos jóvenes con ganas de comerse el mundo, que participan en un sinfín de actividades. “Somos musulmanes, pero no te lo pierdas, que hemos cubierto ya tres etapas del Camino de Santiago, desde Iruñea hasta Los Arcos. Tenemos amigos de todos los colores y de todas las religiones”, sonríen ambos.

Lo mismo se lanzan sin pensarlo a caminos polvorientos con la mochila a las espaldas, que participan en talleres o le pegan patadas al balón con tanto acierto. Pero por encima de todo, son dos jóvenes jatorras que interactúan y congenian con menores de los municipios de Gipuzkoa que visitan de la mano de la Asociación Intercultural Kolore Guztiak, que gestiona siete pisos de emancipación para estos chavales de entre 18 y 23 años. “Los niños nos quieren. Ellos son transparentes, y saben quien tiene buen corazón. Con la edad surgen los prejuicios, pero los pequeños saben mejor que nadie vivir sin fronteras mentales. Desde luego que en cuanto me ven se me acercan sin dudarlo”.

Badar da muestras de su incontinencia verbal. Y en la medida que habla y habla se perfila un chico que, pese a sus dificultades, va de cara por la vida, al dictado de su corazón, sin agachar la cabeza ante nada ni nadie. Quizá sea todo ello lo que encandila a los niños y niñas que, como esponjas, absorben siempre a la gente de bien que les presta atención. En cualquier caso, la delicadeza que muestra con los menores contrasta con la crudeza de su relato. “Uno aprende a vivir a pesar de todas las penalidades. Hacemos cualquier cosa por salir del país. He visto a paisanos tratando de subirse a los cabos de un barco y caer desde muchos metros perdiendo la vida. He visto a otros tratando de escapar en los bajos de un vehículo, e incluso siete compañeros que llegaron en un camión de basura. Haces lo que sea. ¿Alguien se piensa que de haber tenido recursos habría dejado atrás mi tierra y a mi familia? ¿Alguien se cree que me gusta ver cómo la gente se aferra al bolso cuando están a mi lado, pensando que les voy a robar? Llevo ya muchos años aquí, pero sigo siendo 100% africano, y sobre todo persona”, dice golpeando la mesa.

Germen de la asociación

Kolore Guztiak es una asociación que no sería posible sin la financiación y el apoyo del Departamento de Políticas Sociales de la Diputación Foral de Gipuzkoa. Este modelo de atención nació de una realidad emergente, como la que se revive estos días en el territorio. El proyecto se gestó tras el desafío que supuso responder hace una década a la llegada de menores extranjeros no acompañados, que exigió habilitar recursos casi de un día para otro. El centro de menores de Tolosa, clausurado a cal y canto, tan saturado en aquella época, se convirtió en el máximo exponente de las dificultades que surgieron en aquella realidad cambiante. El centro era fuente inagotable de conflictos, y acabó por despertar la preocupación de un grupo de educadoras sociales.

Todo aquello supuso el germen de lo que hoy es Kolore Guztiak. Ha llovido mucho desde entonces. Además de los siete pisos que gestionan, que el año pasado dieron alternativa de vivienda a 71 jóvenes, ofrecen un programa de acompañamiento especializado. Badar es uno de los 71 destinatarios. Se cala la gorra hacia atrás para cubrir su pelo indomable mientras asegura que la vida de calle no es impedimento para participar en todas las actividades que le propongan, como jugar a fútbol en el equipo de la asociación -“Kolore Stars”-, que compagina con la pretemporada iniciada en el Sporting de Herrera.

El chaval, que dentro de dos semanas cumplirá 23 años, también acude a talleres, charlas con niños y lo que le echen. Gracias a la asociación, Badar sigue un programa de acompañamiento, un método de trabajo que le marca un itinerario a pesar de no disponer de vivienda. “Llevo ya más años viviendo aquí que en Marruecos. Tanto es así, que cuando he vuelto a Tetuan no me identifico con muchos de los chavales que dejé hace tiempo. Pero insisto en que soy africano 100%, no como Rashid, que ya es europeo”, le suelta a su colega de bromas, que sonríe tímidamente.

Todo lo que habla Badar calla Rashid, aunque el marroquí dice que el ghanés es de los que las mata callando. Forman una pareja que congenia a las mil maravillas, a los que no les hace falta quedar porque se encuentran por la calle. De lo contrario, tiran de Instagram para saber por dónde andan. El ghanés, de 22 años, estudia soldadura en Fundación Peñascal. “Mi madre no tenía nada y me marché. Me pasé más de un año en la calle, casi siempre solo y debajo de un puente. Se me hace difícil explicar cómo puedes salir adelante después de un año de soledad sin un techo. La clave es no darte por vencido, tener esperanza, no dejarte engañar por la cabeza”.

Así lo hizo en los peores momentos cuando se despertaba en medio de la nada y acudía al entrenamiento con el club deportivo Urnieta... Se hace un pequeño silencio. El chaval sonríe como un niño atrapado en falta. La educadora social, con ánimo de echarle un cable para que no se sienta cohibido, dice que Rashid ha sido siempre un chaval callado y discreto. Pero Badar, que le conoce como si le hubiera parido, no puede reprimirse: “Le teníais que ver bailando bachata”, suelta, recibiendo el codazo de su colega y provocando las carcajadas de cuantos les rodean.

Se desdibuja la sonrisa conforme prosigue la charla. Rashid cuenta que su madre falleció hace dos meses, y que su padre lo hizo hace dos años. “Me fui por ellos, por conseguir un dinero, y ya no están...”. Es la vida, le dice su compañero, que también ha perdido por el camino a muchos amigos. A Rashid, que recibe clases de castellano por las tardes en la Escuela Para Adultos (EPA), le gustaría formar una familia. Badar también quiere sentar las bases de un futuro. Ninguno se pierde los entrenamientos de fútbol de los jueves, llueva o truene. Entretanto, es mucho lo que gana la sociedad con personas como Rashid y Badar.


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