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“Es un soplo de aire fresco que me da vida”

Mari Carmen Latasa, sin familiares e ingresada en una residencia tras una mala caída, llevaba dos años sin dar un paseo por Donostia. Su sueño, como el de otras personas mayores, se ha visto cumplido gracias a la iniciativa ‘En bici sin edad’.

Un reportaje de Jorge Napal. Fotografías Ruben Plaza - Domingo, 29 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Mari Carmen Latasa, de 83 años, mira al cielo sonriente en compañía de la voluntaria Blanca Orúe, sentadas en el triciclo conducido por Iñigo Martínez.

Mari Carmen Latasa, de 83 años, mira al cielo sonriente en compañía de la voluntaria Blanca Orúe, sentadas en el triciclo conducido por Iñigo Martínez.

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Mari Carmen Latasa, de 83 años, mira al cielo sonriente en compañía de la voluntaria Blanca Orúe, sentadas en el triciclo conducido por Iñigo Martínez.

la mujer llevaba dos años sin salir de la residencia. Es algo que ocurre con frecuencia entre las personas mayores. El caso de Mari Carmen Latasa es el pan nuestro de cada día. Un día sufres una mala caída, no tienes familiares que te acompañen en el trance y, de buenas a primeras, cambia tu vida. Esta mujer, de 83 años, tan conocida en otro tiempo, es la anciana que mira sonriente al cielo, en la foto de aquí a la derecha, la principal instantánea que acompaña a este reportaje. Su rostro le sonará a más de un lector. Regentaba una administración de lotería en la calle Miracruz de Donostia. Luego llegó la jubilación. Había decidido no tener familia, hasta que un mal día sufrió el percance, y vino después el ingreso residencial de urgencia.

A partir de ahí comienza otra etapa, un esfuerzo de adaptación a una vida diferente. De ser una persona autónoma e independiente a necesitar de los demás. Fíjense en la foto. Fíjense en la expresión. Latasa disfruta como una niña del aire fresco. En el centro residencial le tratan de maravilla, pero por mucho que camine por los pasillos con el taca-taca de aquí para allá, mujeres como ella acaban echando de menos algo tan natural como la brisa del mar. “Es lo que estoy haciendo hoy. Este soplo de aire fresco me está dando vida”, sonríe la donostiarra, sentada al triciclo junto a Blanca Orúe, voluntaria que le acompaña.

Tomar un vaso de leche en un bar en vez de hacerlo en la dichosa máquina del centro residencial es de por sí un regalo. Pero Latasa mira al cielo agradecida porque está degustando algo más. Se siente protagonista de un paseo casi mágico. “¡Qué ganas tenía de pisar la calle! ¡Qué contenta estoy con este paseo después de tanto tiempo!”. La frase brota de lo más hondo de su ser mientras se deja hacer en el triciclo adaptado, que avanza conforme Iñigo Martínez le imprime fuerza al pedaleo. Él es el voluntario más veterano de esta novedosa experiencia que llegó a Donostia hace año y medio.

Son cinco triciclos adaptados los que recorren Donostia para sorpresa de viandantes y gozo de mayores, que se reencuentran con calles de la ciudad que prácticamente habían olvidado, por las que hace tiempo que dejaron de transitar.

El proyecto nació en Copenhague en 2013. Hoy está presente en más de 200 ciudades de todo el mundo, siendo la capital guipuzcoana la primera en impulsarlo en el Estado. “Todo empieza como un simple acto de generosidad. Se trata de dedicarles tiempo y cuidado a los mayores, el mismo que nos dedicaron a nosotros en su día”, explica Iñigo Munilla, alma máter de Cwadonostia, el proyecto que brinda la posibilidad de mejorar la calidad de vida de estas personas. No hacen falta grandes dispendios. Tan solo, algo tan sencillo como un paseo en triciclo. La novedosa propuesta, que otorga el protagonismo a los ancianos, ha despertado el interés de entidades como Fundación Matía y la Universidad de Deusto, siempre con la mira puesta en la innovación social a la hora de abordar un reto inaplazable.

En Euskadi hay actualmente 465.174 personas de más de 65 años, que representan el 21,4% de la población vasca. Casi 74.000 superan los 85 años. En Gipuzkoa, en concreto, hay 154.243 personas mayores de 65 años. La necesidad de innovar con un colectivo cada vez más numeroso es crucial y, desde ese punto de vista, iniciativas como En bici sin edad, adquieren una notable relevancia al evidenciar lo mucho que se puede hacer por los demás dedicando tiempo y buenas dosis de ingenio. El proyecto encandila de tal manera a Munilla que poco a poco se ha propuesto desvincularse del negocio familiar para dedicarse de lleno a los proyectos de innovación relacionados con la tercera y cuarta edad. “Queremos sensibilizar a la sociedad, de manera que entiendan que las personas mayores tienen todo el derecho del mundo a que les de el aire. ¡Pero vamos a dejar de hablar y que comience el paseo ya!”, arenga el donostiarra a este singular pelotón ciclista.

Los voluntarios han quedado media hora antes para ultimar los detalles. El triciclo se convierte en estos paseos en un medio de comunicación entre distintas generaciones, del que quiere ser testigo este periódico, que se suma a la excursión. Tabakalera es el punto de encuentro. Poco a poco van llegando los usuarios, en esta ocasión con la colaboración de Adinkide, organización integrada por 25 voluntarios que forma parte de la Fundación Amigos de los Mayores. Su objetivo es paliar la soledad, el aislamiento y las carencias afectivas de las personas de edad.

Leyre García es su responsable en Gipuzkoa. Conoció a Munilla en un acto celebrado en torno a Etorkizuna Eraikiz, esa suerte de laboratorio en el que la Diputación está diseñando el futuro del territorio. Si se trata, como dicen los políticos, de poner el foco a los valores de los guipuzcoanos que nos identifican, la solidaridad se lleva la palma, y el humilde proyecto de En bici sin edades un espejo en el que mirarse. Una iniciativa que cuenta con pocos recursos -cinco triciclos adaptados por el momento, a falta de un sexto aportado por Matía-. Un proyecto que podría crecer mucho más con una mínima ayuda pública.

Aquí no hay tristeza que valga. Todo son sonrisas entre mayores y voluntarios. Munilla va dando las indicaciones del recorrido que les aguarda, mientras los pasajeros van tomando asiento. Iñigo Martínez, el sonriente ciclista que traslada a la, en otro tiempo conocida lotera, se sobrepone estos días de lo que ha sido un duro golpe. Hace un mes que falleció Milagros, la mujer a la que paseaba en bici. “Es ley de vida. Les coges cariño pero el tiempo pasa para todos”. Comenzó a participar el año pasado, y lo único que le mueve es “ayudar a los demás y estar por unos momentos a su lado”, confiesa el hombre.

pistoletazo de salidaNo hay tiempo que perder. Hay que ir a buscar a Trini Molina (76 años) al número 15 de la calle Loiola. Es la primera vez que las bicis acuden directamente a un domicilio puesto que en las 70 salidas previas los ancianos habían acudido siempre desde los centros residenciales.

Este periódico se sube al ciclo y comparte asiento con Maite Balanzategi. Dice que tiene 67 años. “¡Quién los pillara!”, sonríe a su lado Julio Legaz, de 83, un vecino de Lasarte-Oria que se estrena con el triciclo adaptado. Cuenta el hombre, bastón en mano, que ya iba siendo hora de tomar el sol de verano. “No puedo salir solo de casa. Vivo con mi mujer, pero tenemos nuestras limitaciones, y esta compañía es una maravilla”, le dice a Pili Lorenzo, la voluntaria de 48 años que le acompaña y que también se estrena.

Unos y otros hablan de lo estupenda que fue hace unos días la merienda en el bar del Hotel Ezeiza. Ha habido otras escapadas, pero esta es la primera en bici tanto para Maite como para Julio.

Y en esto que llega José Luis Sánchez. “Tengo unas ganas tremendas de arrancar”, confiesa el hombre nada más bajarse del taxi que le ha recogido en la residencia San Ignacio. Presenta problemas de movilidad. Le ayudan a tomar asiento y sigue la marcha.

Desde la cola del pelotón ciclista, Balanzategi explica a este periódico lo que ha sido su vida. Que nació en Gros, que vive en Lasarte-Oria, que tiene un marido y dos hijas y que son varias las enfermedades que han puesto a prueba su resistencia anímica en los últimos años. “La psicóloga me lo dijo. Que más allá de la medicación, lo más importante era que desconectara, y aquí estoy”.

El triciclo es conducido por Andrea Sarasola, de 29 años, voluntaria de PintxoKoop, el programa de cooperación que une la gastronomía con el sector social, y que en una de sus campañas consiguió el dinero suficiente para comprar un triciclo destinado a esta iniciativa.

El solidario pelotón deja atrás la plaza Teresa de Calcuta en dirección a la calle Loiola, donde nos aguarda sentada en un banco Trini Molina (76 años). “Maite, ¿ya se ha fijado que nos mira todo el mundo?”, le pregunta el periodista. “¡Eso es por lo guapos que somos!”, ríe a carcajadas la mujer, mientras hay turistas que hacen fotos y otros se paran a preguntar en qué consiste la actividad.

“Te quedas tanto tiempo parada en casa, que te conviertes en una lectora voraz. Me he leído todos los libros de la biblioteca de Lasarte-Oria, pero psicológicamente necesitas desconectar. Los médicos me lo dicen, que no me quede encerrada en casa. Por eso me da tanta vida todo esto”, señala con el dedo en dirección al Paseo Nuevo. Aquí sí que el mar se siente y se huele. Tras una parada junto al Aquarium toca emprender la vuelta. Dicen que el proyecto no ha hecho más que comenzar y que solo hace falta algún recurso más porque el trabajo estusiasta y altruista del voluntariado se da por descontado.


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