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Cartas a la Dirección

Apuntes a la muerte de Setién

Aitor Castañeda Profesor de comunicación institucional de la UPV/EHU - Domingo, 22 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Tras el fallecimiento del que fuera cuarto obispo emérito de Donostia, José María Setién, quien comenzaría su labor en los abruptos inicios de la última etapa constitucional en 1979 y la finalizaría en el 2000, destapada pocos años atrás la llamada guerra sucia contra ETA y en los prolegómenos de la Ley de Partidos del 2002;se me hace inevitable dirigir unas líneas a parte de su trayectoria, que incluso después de su fallecimiento ha sido tildada de escandalosa y hasta proetarra por los sectores más recalcitrantes del nacionalismo español. Para muestra, las declaraciones del presidente de la pequeña delegación guipuzcoana del PP, Borja Sémper, quien ha llegado a tuitear que aquél prelado no creía en Dios.

No es necesario escribir aquí un compendio sobre la relación de los estados y el nacionalismo con la religión, en tanto que resulta evidente que los estados se apropian de culturas, lenguas y costumbres para erigir su unidad y permanencia. Ni qué decir tiene que uno de esos elementos es la religión o la negación de la misma -recordar el “España hoy deja de ser católica” de Azaña-, y que en el caso que nos atañe no son pocos los momentos en que el Estado se ha adueñado de la religión católica. Buena muestra de ello es el rey Alfonso XIII consagrando España al Corazón de Jesús en 1919, fruto de lo cual es, por ejemplo, la escultura del Sagrado Corazón en Bilbao. Sea como fuere, la población católica española -un 80% de la ciudadanía, según el CIS, y solo un 10% practicante- ha asumido desde hace décadas que la fe cristiana y la unidad nacional son intrínsecamente inseparables, aunque en ningún caso ello se haga explícito en el catecismo universal de la Iglesia. Es por ello que no deja de ser controvertido para algunos que un obispo, afincado en el territorio más rupturista de España, optase desde el primer momento por entender que el terrorismo de ETA era tan belicoso y canalla como el del Estado o la represión franquista, algo con lo que sus detractores al parecer no estaban de acuerdo. En tal eje están los diversos Roucosy Cañizares que han dogmatizado sin pudor posturas políticas -casi siempre de derechas- desde el púlpito, subrayando su aversión al socialismo o a los nacionalismos periféricos, pasando por alto la tradición cristiana de algunos de estos, e incluso las recomendaciones pastorales de la propia Conferencia Episcopal o CE (El cristiano ante las elecciones, 1977), en las que, de acuerdo con la postura inmóvil del Vaticano, solo se recomendaba no votar partidos capitalistas y marxistas (p.6), mientras Fraga, durante el mismo año, apelaba a votar a su partido para liquidar sin contemplaciones al “marxismo” y al “separatismo”, ensalzando de paso la economía liberal y el desarrollismo del que él mismo fue precursor con Franco.

Quizá el no apoyar explícitamente a Fraga y al PP fue lo que costó a Setién, y por rebote a los obispos vascos de su época, ser tildados de seguir a Arzalluz antes que a Dios, como declaró el también popular Carlos Itugaiz en el 2002 tras la carta pastoral que publicó aquel prelado junto a los obispos de Gasteiz y de Bilbao, Asurmendi y Blázquez realizando sus propuestas para la pacificación en Euskadi. Hay que recordar que Blázquez, natural de Ávila, fue previamente obispo de Palencia y hoy presidente de la CE, y que ninguno de aquellos tres obispos dijo jamás ser afín al PNV. La razón de aquellas críticas estaba pues más enraizada en el rebote personal de don Carlos de que los prelados siguiesen a Arzalluz y no a Aznar, mientras que un año después monseñor Cañizares ofició una misa en Toledo durante la Festividad de la Inmaculada delante del Arma de Infantería del Ejército y jurando fidelidad a la unidad de España, algo sobre lo que por supuesto ni Iturgaiz, ni el PP, dijeron una sola palabra.

Llegado ya el fin de ETA, y ahondando en la pacificación en Euskadi, conviene volver a la figura de Setién y a su solidaridad con las víctimas de todos los bandos, no solo de uno, y a volver a comprender que el Estado y la Iglesia requieren de una sana y natural autonomía que diferencie los diversos aspectos de la vida en sociedad y deje en manos de los fieles su decisión propia, y por qué no, unánime, de decidir las soluciones a los problemas comunes desde su propia libertad, sin que esta se deba mezclar con doctrinas estatalistas de ningún tipo que parecen clamar aquellos que han tildado a nuestra iglesia de atributos infundados, casi siempre más cerca de sus propios intereses que de los propios de su condición.


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