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A través del espejo

La economía de los valores

Por Jon Aldazabal - Sábado, 21 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:03h

me pregunto si Alex Rovira no está en lo cierto cuando dice que la crisis económica de la que aún estamos saliendo fue o es, antes de nada, un síntoma. Un síntoma de una crisis de consciencia y de valores entendidos como los principios subyacentes que guían el comportamiento de las personas en el ámbito económico. Si nos remitimos a los hechos, todo parece indicar que hemos hecho uso de dinero que no teníamos para comprar cosas que en realidad no necesitábamos, pretendiendo impresionar a personas a las que les importamos un pimiento, avalando el gasto con activos que no valían lo que costaban, y dentro de un sistema financiero cuya regulación se ha demostrado peor que el más estúpido de los chistes.

Parece razonable pensar que el tipo de actividad económica depende de la cultura y valores que guíen los comportamientos de quienes la hacen real en el día a día. Dicho de otra forma, “dime la actitud y los valores que tienes y te diré el tipo de economía que generarás”. Si nuestra ambición resulta desmedida y dejamos la integridad profesional y personal como elemento secundario al logro, pues de estos polvos estos lodos. La cuestión es que la actitud es una elección personal intransferible, pero los valores y la cultura, en la medida en que son elementos que se van forjando a lo largo de las distintas interacciones que una persona va teniendo desde su niñez, ya no tanto. José Antonio Marina lo explica de forma gráfica: “A una persona la educa la tribu entera, no solo sus progenitores.” ¿No será que nos hemos obsesionado con el tener y el saber y hemos dejado de lado el ser? Decía el padre Arizmendiarrieta que en economía sólo había dos teorías: “En una manda el dinero y alquila las personas para hacer más dinero, en la otra mandan las personas y alquila el dinero en beneficio de las mismas.” Lo cierto es que uno se hace “la prueba el algodón” y a veces no siempre encuentra las respuestas que le gustaría. Pero es ahí desde donde hay que partir.

Nunca en la historia ha habido generaciones más formadas como las de ahora. Y es fantástico, pero no suficiente. Como dice la curiosa frase de George Steiner, “la cultura y la formación no hace mejores a las personas, una pena.” ¿Será que quizás hemos desenfocado lo elemental? En lo que respecta a los centros de educación superior, el sabio francés Edgar Morin, en su magistral La mente bien ordenada, dio unas cuantas lecciones al respecto. Decía que el término de “formación”, con sus connotaciones de dar forma y conformar, tiene el defecto de ignorar que la misión de la educación consiste en estimular el autodidactismo, despertando, suscitando, favoreciendo la autonomía lejos de enfoques de adoctrinamiento.

Visto lo visto, la forma de hacer ciencia, y la educación superior se ha dedicado generar hordas de especialistas de disciplinas determinadas, muchas de ellas delimitadas artificialmente, mientras que el desarrollo mismo de la ciencia y las problemáticas relacionadas con el bienestar de las personas y el medio piden perfiles con una visión mucho más amplia de lo que cualquier disciplina puede aportar.

En lo que corresponde a las ciencias económicas y empresariales, lo que nos preocupa y ocupa es el tipo de impacto que va a generar la experiencia de aprendizaje en el alumno, y el tipo de discusiones/reflexiones que dicho recorrido va a suscitar mientras aprende haciendo, viendo como hacen personas que tienen experiencia y enfrentándose a retos reales. Desarrollar aptitudes y actitudes, pero sobre todo que el recorrido implique también un desarrollo como personas.

Por ello, quizás no se trata de enseñar ética ni valores al crear y desarrollar actividades empresariales, sino de aprender a reflexionar sobre las consideraciones éticas de lo que hacemos. Quizás no hace falta que reciten de memoria el significado del imperativo categórico de Kant, pero que la experiencia de aprendizaje les exija entender las implicaciones y consecuencias de lo que supondría que ciertas conductas y comportamientos se convirtieran en norma común en nuestra sociedad. Quizás no sea necesario enseñar la parte pedante del intelectualismo semántico de Sócrates, pero sí hacer ver que solo se puede usar con competencia una palabra si previamente se da una definición clara y adecuada de la misma, y que el rigor es un elemento diferencial. Quizás no hace falta que conozcan quien fue Guillermo de Ockham, pero sí que muchas veces las explicaciones más sencillas suelen ser las más probables, lo cual no tiene porqué ser simplista, sino útil para la resolución de los retos a los que se enfrentarán. Quizás no sea necesario hablarles del gran Nietzche, pero si hacerles ver que la forma de hacer crecer las facultades propias es poner esas facultades contra retos y dificultades con posibilidades significativas de fracaso, que obliguen a trabajar a fondo sus recursos innatos, o que el sufrimiento es tan necesario como el placer para una vida plena.

Más allá de eso, análisis económico financiero, marketing, estrategia, organización, calidad, estadística, matemáticas, macro y microeconomía, etc. Pero sobre todo, un recorrido que genere las discusiones y reflexiones necesarias. No es necesario leer a los clásicos, pero sí incorporar las discusiones filosóficas y éticas fundamentales de los mismos a la economía, y a hacer empresa. Proporcionar una experiencia que permita distinguir, contextualizar, globalizar, enfrentarse con los problemas multidimensionales, globales y fundamentales.

¿Sabéis lo bonito de todo este mundo? Que en vez de ver a través del espejo, al final uno se ve a sí mismo, sus carencias y miserias. Por ello me gustaría terminar citando el proverbio chino que dice que “recuerda que cuando señalas a alguien, tres dedos están apuntándote a ti”.


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